Sobrevive o muere CAPÍTULO 28 Donde la torre exige un precio
93%

CAPÍTULO 28 Donde la torre exige un precio

Mario estaba frente a ella. De pie. Respirando como si cada inhalación fuera un castigo impuesto por la torre. Sus ojos humanos temblaban, luchando contra algo que quería volver a ser negro.

La figura se movió desde la oscuridad. No caminaba. No avanzaba. Simplemente aparecía más cerca cada vez que Ana parpadeaba.

—La torre ha decidido —dijo la figura.

Ana apretó los dientes.

—No decide por mí.

La figura inclinó la cabeza.

—Siempre ha decidido por ti.

Mario dio un paso hacia ella.

—Ana… no lo hagas.

Ana lo miró.

—Voy a sacarte.

Mario negó.

—No puedes.

La figura habló:

—Él no quiere salir.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario…

Él levantó la cabeza. Sus ojos humanos estaban llenos de algo que no era miedo. Era algo peor.

Era resignación .

—Ana… si tú entras… yo no salgo.

Ana apretó la llave.

—No me importa.

Mario cerró los ojos.

—A mí sí…

La figura avanzó un centímetro. El aire se volvió más denso. La sala más pequeña. El suelo más frío.

—La torre exige un precio —dijo la figura.

Ana levantó la llave.

—¿Qué precio?

La figura respondió:

—El mismo de hace veinte años.

Ana sintió que el aire se le rompía en el pecho.

—No…

La figura habló:

—Uno entra. Uno sale.

Ana retrocedió un paso.

—No. No otra vez.

Mario gritó:

—¡Ana, no escuches! ¡No dejes que te lo diga!

La figura ignoró el grito.

—La torre no admite dos salidas. Nunca lo ha hecho. Nunca lo hará.

Ana apretó la llave.

—Voy a romper esa regla.

La figura inclinó la cabeza.

—No puedes romper lo que te hizo.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué me hizo?

La figura respondió:

—Te eligió.

El suelo vibró. La sala se contrajo. Las paredes respiraron.

Mario gritó:

—¡Ana, sal de aquí! ¡Sal antes de que te cierre!

Ana levantó la llave hacia la figura.

—Voy a sacarlo.

La figura habló con una voz que parecía venir de todas las paredes.

—Si lo sacas… tú entras.

Ana dio un paso hacia Mario.

—Entonces entraré.

Mario retrocedió, aterrorizado.

—¡Ana, no! ¡No vuelvas a hacerlo!

La figura avanzó.

—La torre exige un precio. Y tú ya lo pagaste una vez.

Ana levantó la llave.

—Voy a pagarlo otra vez.

La figura abrió la boca. Un hueco negro. Un hueco imposible.

Mario gritó:

—¡Ana, corre! ¡No dejes que te cierre!

Ana no corrió.

Ana avanzó.

La torre respiró.

El suelo se abrió bajo sus pies.

La figura habló:

—La torre te reclama.

Ana apretó la llave.

—Que me reclame.

La torre respondió.

Y el descenso comenzó.

Ana cayó.

Pero no como cae un cuerpo. No como cae alguien que pierde el equilibrio. No como cae quien tropieza.

Cayó como si la torre la estuviera tragando .

El aire se volvió más frío. La oscuridad más densa. El silencio más profundo.

La llave 17‑B ardía en su mano. El metal vibraba como si tuviera pulso propio.

Ana intentó gritar. No pudo. La torre no permitía sonido. La torre no permitía resistencia.

La torre solo permitía descenso .

La caída se detuvo de golpe.

Ana abrió los ojos.

Estaba en un pasillo estrecho, húmedo, con paredes que parecían moverse. No como piedra. Como músculo.

El suelo bajo sus pies era blando. Demasiado blando. Como si estuviera hecho de carne.

Ana tragó saliva.

—Mario…

La torre respondió.

Un golpe. Lento. Profundo. Desesperado.

Ana avanzó.

El pasillo se estrechó. La oscuridad se volvió más densa. El aire más frío.

Y entonces lo escuchó.

No un golpe. No un susurro.

Un segundo paso.

Detrás de ella.

Ana se giró.

Nada.

Solo oscuridad.

Pero el paso volvió a sonar.

Más cerca. Más claro. Más humano.

Ana apretó la llave.

—¿Quién está ahí?

La torre respondió con un susurro que no pertenecía a ningún ser vivo.

—No estás sola…

Ana retrocedió un paso.

—Mario…

El susurro volvió.

—No es él…

Ana sintió un escalofrío.

—¿Quién?

La torre respondió:

—El que nunca salió.

Ana sintió que el aire se le rompía en el pecho.

—No…

El paso volvió a sonar. Más cerca. Más lento. Más irregular.

Como si quien caminaba no recordara cómo se hacía.

Ana levantó la llave.

—Muéstrate.

La oscuridad se abrió un centímetro.

Solo un centímetro.

Lo suficiente para que Ana viera una mano .

Pequeña. Pálida. Con uñas negras. Con piel que parecía papel mojado.

Una mano de niño.

Ana sintió que las piernas le fallaban.

—No…

La torre habló:

—Él también bajó.

Ana retrocedió.

—¿Quién?

La torre respondió:

—El niño que tú dejaste dentro.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

—No… No puede ser…

La oscuridad se abrió otro centímetro.

La mano se convirtió en un brazo. El brazo en un hombro. El hombro en un rostro.

Un rostro blanco. Sin ojos. Sin boca. Sin expresión.

El niño blanco.

El mismo que había guiado a Ana fuera. El mismo que había hablado con la voz de la torre. El mismo que había dicho que Mario no debía salir.

Pero ahora no estaba quieto. Ahora no estaba esperando. Ahora no estaba obedeciendo.

Ahora estaba bajando con ella .

Ana levantó la llave.

—No te acerques.

El niño blanco inclinó la cabeza. Un gesto lento, calculado, como si estuviera evaluando su valor.

La torre habló:

—Él recuerda lo que tú hiciste.

Ana sintió que el aire se volvía más frío.

—No… No era mi culpa…

El niño blanco dio un paso hacia ella.

Ana retrocedió.

—No te acerques.

El niño blanco habló con una voz que no era suya. Era la voz del niño que había sido. La voz que había golpeado la puerta. La voz que había llamado a Ana.

—Me dejaste dentro…

Ana sintió que el mundo se derrumbaba.

—No… No… No…

El niño blanco dio otro paso.

—Me dejaste dentro… Y ahora vuelves…

Ana apretó la llave.

—Voy a sacar a Mario.

El niño blanco inclinó la cabeza.

—Si lo sacas… yo entro.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué…?

La torre habló:

—La torre no admite dos salidas.

El niño blanco avanzó.

—Uno entra. Uno sale.

Ana levantó la llave.

—No voy a dejar que entres.

El niño blanco sonrió. Una sonrisa imposible. Una sonrisa sin boca.

—Ya estoy dentro…

Ana retrocedió.

El niño blanco avanzó.

La torre respiró.

Y el pasillo se cerró detrás de ambos.

Ana ya no descendía sola.

Descendía con el niño que nunca salió .

El pasillo se cerró detrás de Ana y del niño blanco como si la torre quisiera impedir cualquier regreso. El aire era tan denso que cada respiración dolía. Las paredes se movían con un ritmo irregular, como si estuvieran hechas de músculo vivo.

Ana avanzó con la llave 17‑B apretada en la mano. El niño blanco caminaba detrás de ella, sus pasos lentos, arrastrados, como si no recordara cómo se hacía.

La torre habló desde todas partes.

—No estás sola…

Ana no se giró.

—No me importa.

El niño blanco respondió con una voz que no era suya. Era la voz del niño que había golpeado la puerta. La voz que había llamado a Ana. La voz que había quedado dentro.

—Me dejaste dentro…

Ana apretó los dientes.

—Voy a sacar a Mario.

El niño blanco inclinó la cabeza.

—Si lo sacas… yo entro.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—No…

La torre respondió:

—La torre no admite dos salidas.

Ana avanzó más rápido.

El pasillo se abrió en una sala circular. Una sala que no debería existir. Una sala que parecía respirar.

Y allí, en el centro, estaba Mario .

Pero no como Ana esperaba.

Mario estaba de pie. Inmóvil. Con los brazos a los lados. Con la cabeza baja.

Su respiración era irregular. Su cuerpo temblaba. Sus ojos estaban cerrados.

Ana dio un paso hacia él.

—Mario…

El niño blanco se detuvo en el umbral.

—No te acerques…

Ana ignoró la advertencia.

—Mario, mírame.

Mario levantó la cabeza.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

Sus ojos no eran humanos. No eran negros. No eran blancos.

Eran dos huecos vacíos , como si la torre hubiera arrancado la parte de él que recordaba.

Ana retrocedió.

—No…

Mario habló con una voz que no era suya. Era la voz de la torre. La voz del pasillo. La voz del niño blanco.

—Ana…

Ana apretó la llave.

—Mario, estoy aquí.

Mario dio un paso hacia ella.

El niño blanco gritó:

—¡No te acerques a él!

Ana se giró.

—¿Por qué?

El niño blanco respondió:

—Porque ya no es Mario.

Ana sintió que el aire se volvía más frío.

—No… No digas eso…

Mario avanzó otro paso.

Su cuerpo se movía como si estuviera siendo guiado por algo detrás de él. Como si no recordara cómo caminar. Como si no recordara que era humano.

Ana levantó la llave.

—Mario, mírame. Soy yo.

Mario se detuvo.

La torre habló:

—Él recuerda…

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué recuerda?

La figura apareció detrás de Mario. Alta. Delgada. Inclinada hacia delante.

—Lo que tú hiciste.

Ana retrocedió.

—No…

Mario levantó la mano.

Ana sintió que el mundo se derrumbaba.

Su mano no era humana. No era de niño. No era de adulto.

Era la mano del niño blanco .

Ana gritó.

—¡Mario!

Mario habló con la voz del niño que había quedado dentro.

—Me dejaste dentro…

Ana cayó de rodillas.

—Mario… Yo era una niña… Yo no sabía…

Mario dio otro paso.

—Sí sabías.

El niño blanco avanzó hacia él.

—No te acerques a ella…

Mario se giró hacia el niño blanco.

Y entonces ocurrió.

La torre respiró.

Las paredes se cerraron.

El suelo vibró.

Mario abrió los ojos.

Los huecos vacíos se llenaron de algo que no era luz. No era sombra. No era memoria.

Era torre .

Mario habló con una voz que no pertenecía a ningún ser vivo.

—Ana… No vuelvas a dejarme dentro.

Ana apretó la llave.

—Voy a sacarte.

Mario negó.

—No puedes.

La figura habló:

—La torre exige un precio.

Ana levantó la llave.

—Entonces lo pagaré.

Mario gritó:

—¡Ana, no! ¡No vuelvas a hacerlo!

La torre respondió.

El suelo se abrió.

La sala se inclinó.

El niño blanco gritó.

Mario avanzó hacia Ana.

Y la torre decidió que había llegado el momento de reclamar a uno de los dos .