CAPÍTULO 5 — La directora
La sala de interrogatorios estaba iluminada con una luz blanca que no perdonaba nada.
Ni las arrugas, ni los temblores, ni las mentiras.
La directora del Orfanato San Aurelio, sentada frente a Ana, parecía inmune a esa luz.
Su rostro permanecía sereno, casi satisfecho, como si todo lo que estaba ocurriendo fuera parte de un plan que ella había previsto desde hacía años.
MAS observaba desde detrás del cristal, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
No sabía si quería escuchar lo que aquella mujer tenía que decir o si prefería que guardara silencio para siempre.
Había algo en ella que le resultaba familiar, como si su presencia removiera un recuerdo enterrado en algún rincón oscuro de su infancia.
Ana abrió la carpeta sobre la mesa y dejó que el silencio hiciera su trabajo. La directora no apartó la mirada. Era una mujer que había aprendido a dominar el tiempo, a moldearlo a su favor. No necesitaba hablar para controlar la situación.
—Vamos a empezar —dijo Ana finalmente, con una voz firme que no dejaba espacio para la duda.
La directora sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa que conocía demasiado bien el miedo ajeno.
—¿Qué quiere saber, agente?
Ana mantuvo la mirada fija en ella.
—Quiero saber qué hacían exactamente con los niños.
La directora entrelazó las manos sobre la mesa, como si estuviera a punto de explicar un procedimiento administrativo.
—Lo mismo que hacen todas las instituciones que trabajan con menores —respondió—. Evaluarlos. Clasificarlos. Prepararlos.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Prepararlos para qué?
La directora ladeó la cabeza, como si la pregunta le resultara ingenua.
—Para sobrevivir.
MAS apretó los dientes. Aquella palabra resonó en su cabeza como un eco antiguo.
Ana no se dejó intimidar.
—¿Sobrevivir a qué?
La directora se inclinó hacia adelante, como si quisiera compartir un secreto.
—A ustedes.
Ana frunció el ceño.
—¿A nosotros?
—A los adultos —aclaró la directora—. A sus decisiones. A sus errores. A sus abandonos. A su incapacidad para protegerlos. Los niños siempre pagan las consecuencias de lo que ustedes no saben manejar.
Ana sintió un golpe en el pecho. La directora hablaba con una seguridad que solo podía venir de alguien que había cruzado demasiadas líneas morales sin mirar atrás.
—¿Y Aurelio? —preguntó Ana.
La directora sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa tenía un matiz distinto. Un matiz de devoción.
—Aurelio entendió algo que ustedes nunca entenderán. Los niños son más moldeables que los adultos. No tienen prejuicios. No tienen resistencia. No tienen memoria suficiente para cuestionar lo que se les enseña.
Ana sintió que la temperatura de la sala descendía unos grados.
—¿Dónde está Aurelio?
La directora apoyó las manos sobre la mesa y habló con una calma que heló el aire.
—Aurelio está donde siempre ha estado. En la sombra.
Ana se inclinó hacia ella.
—¿Está vivo?
La directora no respondió de inmediato. Observó a Ana como si estuviera evaluándola, como si estuviera decidiendo si merecía saber la verdad.
—La vida es un concepto relativo —dijo finalmente—. Algunos mueren y siguen influyendo. Otros viven y no significan nada. Aurelio… es de los primeros.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. MAS, desde el cristal, dio un paso hacia adelante.
—¿Qué significa eso? —preguntó Ana.
La directora se acomodó en la silla, como si estuviera a punto de contar una historia.
—Aurelio desapareció hace veinte años. Eso es lo que dicen los registros. Pero los registros solo cuentan lo que alguien quiere que cuenten. Aurelio no desapareció. Se ocultó. Se transformó. Se convirtió en algo más eficiente que un director de orfanato. Se convirtió en un sistema.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Un sistema?
—Un método —corrigió la directora—. Un método para seleccionar. Para moldear. Para crear.
Ana apretó los puños.
—¿Crear qué?
La directora la miró con una expresión que mezclaba orgullo y desprecio.
—Niños perfectos.
Ana sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Perfectos cómo?
La directora se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de una forma inquietante.
—Perfectos para obedecer.
MAS sintió que algo dentro de él se rompía. Aquella frase no era nueva. La había escuchado antes. En algún lugar. En algún momento. En algún recuerdo que no terminaba de recordar.
Ana respiró hondo.
—¿Qué papel tenía usted en todo esto?
La directora sonrió, como si la pregunta le resultara divertida.
—Yo era la mano visible. Aurelio era la invisible. Yo organizaba. Él decidía. Yo ejecutaba. Él seleccionaba. Yo cuidaba. Él moldeaba.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Moldeaba cómo?
La directora apoyó las manos sobre la mesa.
—Con silencio. Con aislamiento. Con obediencia. Con miedo. El miedo es un lenguaje universal. Los niños lo aprenden rápido. Y cuando lo aprenden… ya no necesitan palabras.
Ana tragó saliva.
—¿Qué hacían exactamente en las salas internas?
La directora se inclinó hacia atrás, como si estuviera recordando algo que le producía satisfacción.
—Evaluación. Clasificación. Reeducación. No es tan complicado. Diecisiete entran. Uno sale. Los demás… aprenden.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
—¿Aprenden qué?
La directora la miró con una calma que no era humana.
—A no fallar.
MAS golpeó el cristal con el puño. Ana se giró, sorprendida. La directora sonrió.
—Ah —dijo—. Él recuerda.
Ana se volvió hacia la directora.
—¿Qué sabe de él?
La directora entrelazó las manos.
—Mario Álvarez Serrano. Caso especial. Niño resistente. Niño silencioso. Niño con potencial. Aurelio lo seleccionó personalmente.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué hicieron con él?
La directora sonrió.
—Lo mismo que con todos los demás. Lo moldeamos.
MAS sintió que el mundo se le desmoronaba bajo los pies.
Ana se inclinó hacia la directora.
—¿Qué significa eso?
La directora habló con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.
—Que Mario no está investigando el caso. Está recordándolo.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Qué quiere decir?
La directora la miró con una expresión que mezclaba compasión y crueldad.
—Que Mario no es el investigador. Es la prueba.
Ana se quedó inmóvil.
La directora sonrió.
—Y las pruebas… siempre vuelven al origen.
Ana cerró la carpeta. MAS abrió la puerta del despacho y entró en la sala de interrogatorios. La directora lo miró como si estuviera viendo a un hijo que había crecido según lo previsto.
—Hola, Mario —dijo con una voz suave—. Ha pasado mucho tiempo.
MAS sintió que el aire se volvía irrespirable.
—¿Qué me hicieron? —preguntó con voz quebrada.
La directora sonrió.
—Lo que necesitábamos.
Ana dio un paso hacia adelante.
—¿Qué necesitaban?
La directora respondió sin dudar:
—Un niño que sobreviviera.
MAS sintió que el mundo se detenía.
La directora inclinó la cabeza.
—Y tú sobreviviste, Mario. Por eso estás aquí. Por eso has vuelto. Por eso Aurelio te espera.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
La directora sonrió.
—Bienvenido de nuevo.