Sobrevive o muere CAPÍTULO 4 — La memoria condicionada
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CAPÍTULO 4 — La memoria condicionada

La noche había caído sobre la ciudad con una pesadez que parecía personal, como si el cielo supiera que algo oscuro se estaba moviendo bajo su superficie.

En la comisaría, las luces de emergencia teñían los pasillos de un tono rojizo que hacía que todo pareciera más silencioso de lo que realmente era.

MAS estaba sentado en su despacho, con la espalda rígida y los ojos clavados en la pantalla del ordenador, aunque llevaba varios minutos sin leer nada.

El archivo de San Aurelio seguía abierto, pero ya no era un documento: era un espejo.

El inspector respiró hondo, intentando ordenar los pensamientos que se le acumulaban como fragmentos de un sueño que no terminaba de recordar. Había pasado horas revisando fichas, informes, fotografías. Y, sin embargo, lo que más le inquietaba no era lo que veía, sino lo que empezaba a recordar.

El sonido de la puerta lo sacó de su trance. Ana apareció con una taza de café y el gesto cansado de quien lleva demasiadas horas sin dormir.

—No has salido de aquí desde que volvimos —dijo ella, dejando la taza sobre la mesa.

MAS no respondió. Ana se acercó un poco más, observándolo con una mezcla de preocupación y paciencia.

—¿Otra vez el sueño?

MAS cerró los ojos un instante. No quería admitirlo, pero tampoco podía negarlo.

—No es un sueño —murmuró—. Es algo que viví.

Ana se sentó frente a él, sin apartar la mirada.

—Mario… si tú estuviste en San Aurelio, necesitamos saberlo. No solo por ti. Por el caso.

MAS apretó los dientes. Había algo en su pecho que se movía como un animal herido, algo que llevaba años encerrado y que ahora empezaba a despertar.

—No recuerdo nada con claridad —dijo—. Solo sensaciones. Silencios. Puertas cerradas. Y una voz.

Ana inclinó la cabeza.

—¿Qué voz?

MAS abrió el cajón del escritorio y sacó el cuaderno del niño encontrado en el descampado. Lo abrió por la primera página. Allí, con letra infantil, había una palabra escrita con torpeza: “Recuerda”.

—Esta voz —susurró—. La escuché cuando era niño.

Ana no dijo nada. No sabía si debía consolarlo o dejarlo hablar. MAS pasó las páginas del cuaderno con dedos temblorosos. Puertas cerradas. Figuras sin ojos. Llaves. Líneas rojas. Líneas azules. Líneas blancas. Todo repetido, obsesivo, como si el niño hubiera intentado fijar algo en su memoria.

—Mario… —empezó Ana.

Pero MAS ya estaba de pie.

—Necesito volver al orfanato.

El edificio de San Aurelio estaba sellado, pero la orden judicial les permitía entrar.

El aire dentro era distinto al de cualquier institución abandonada.

No olía a polvo ni a humedad. Olía a desinfectante antiguo, del tipo que se usaba en hospitales hace décadas. Un olor que no pertenecía al presente.

Ana encendió la linterna mientras MAS avanzaba por el pasillo principal. Sus pasos resonaban en el suelo como si el edificio estuviera escuchando.

—¿Qué buscas exactamente? —preguntó ella.

MAS no respondió. Se detuvo frente a una puerta metálica al fondo del pasillo. No tenía número. No tenía cerradura visible. Solo una marca casi borrada: un círculo con una línea vertical.

Ana frunció el ceño.

—Ese símbolo… lo vimos en el cuaderno.

MAS apoyó la mano sobre el metal. Estaba frío. Demasiado frío.

—Este símbolo se usaba para clasificar —dijo con voz baja—. No sé cómo lo sé. Pero lo sé.

Ana sintió un escalofrío. MAS empujó la puerta. No se movió. No tenía mecanismo. No tenía bisagras visibles. Era como si no estuviera hecha para abrirse desde fuera.

—Mario… —empezó Ana.

Pero MAS ya había dado un paso atrás. Miró alrededor, buscando algo que no sabía identificar. Y entonces lo vio: un archivador metálico, oxidado, escondido detrás de una estantería caída.

Lo arrastró hacia la luz. La etiqueta estaba casi borrada, pero aún se podía leer:

“Evaluaciones internas — Proyecto Aurelio.”

Ana abrió el archivador. Dentro había fichas amarillentas, cada una con una fotografía infantil y una palabra escrita a mano: “Obediente”, “Resistente”, “Moldeable”.

MAS pasó las fichas una a una. Sus manos temblaban. Hasta que encontró una sin fotografía. Solo un nombre.

Mario Álvarez Serrano.

Ana sintió que el aire se detenía.

—Mario… —susurró.

MAS cerró el archivador con un golpe seco.

—No investigamos el caso —dijo con voz quebrada—. Lo revivimos.

La directora del orfanato estaba en una celda de aislamiento. Ana la interrogó mientras MAS observaba desde el cristal. La mujer tenía el rostro sereno, casi satisfecho, como si todo lo que estaba ocurriendo fuera parte de un plan que ella había previsto.

—¿Por qué lo hicieron? —preguntó Ana.

La directora sonrió con una calma que heló el aire.

—Porque los niños son más moldeables que los adultos.

Ana apretó los puños.

—¿Qué significa eso?

—Que el miedo es más eficaz cuando se aprende antes de hablar.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Y Aurelio?

La directora inclinó la cabeza.

—Aurelio no murió. Solo cambió de nombre.

MAS sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Ana se acercó más.

—¿Qué nombre?

La directora miró directamente hacia el cristal, hacia MAS.

—El suyo.

En el despacho de la directora encontraron una caja de madera con una cinta magnetofónica. Ana la colocó en el reproductor. El sonido era débil, distorsionado, pero las voces eran claras.

“Diecisiete entran.” “Uno sale.” “Los demás aprenden.”

MAS cerró los ojos. La voz del hombre en la grabación era la misma que escuchaba en sus sueños. La misma que había marcado su infancia sin que él lo supiera. La voz de Aurelio.

Ana lo miró.

—Mario… ¿qué significa esto?

MAS respondió sin dudar:

—Que el programa sigue activo.

Esa noche, el teléfono de MAS sonó. Una voz infantil, apenas un susurro.

—No los busques.

—¿Quién eres? —preguntó MAS.

—Uno de los diecisiete.

MAS sintió un escalofrío.

—¿Dónde estás?

Silencio. Luego, una frase que heló el aire:

—Ella dijo que tú vendrías.

La línea se cortó. MAS se quedó inmóvil, con el auricular en la mano y el corazón latiendo como si quisiera escapar del pecho.

Ana lo encontró en el despacho, mirando la ficha con su nombre.

—Mario… —dijo ella con voz suave—. ¿Qué vas a hacer?

MAS levantó la vista.

—Seguir el rastro.

—¿Hasta dónde?

—Hasta donde empiece mi memoria.

Ana lo miró sin hablar. MAS guardó la llave 17B en el bolsillo.

—Si Aurelio me creó —susurró—, entonces yo soy la prueba de que su sistema funciona.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Y si no puedes soportar lo que encuentres?

MAS la miró con una calma que no era humana.

—Entonces sobreviviré.

Ana tragó saliva.

—¿Y si no?

MAS cerró el archivador.

—O moriré.