Sky y el trol gruñón (Twinkpocalipsis nº 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Me siento elegante. Puede que sea la ropa más bonita que he llevado en mi vida —bajé la vista hacia los pantalones azules, examinando la hermosa tela de brocado de seda—. Están increíblemente bien hechos.

Él también bajó la mirada. Un leve rubor azul le subió desde el cuello, y archivé el dato. Los trolls se sonrojaban en azul.

Moerrven era innegablemente atractivo, pero no con ese atractivo perfecto de selfie de gimnasio de los tíos que solían gustarme.

Era un monumento andante a la testosterona de más de dos metros.

Su piel gris azulada era cálida y suave, y sus hombros tan anchos que habían rozado ambos lados del estrecho marco de la puerta de la tienda.

Tenía brazos como troncos de árbol, manos capaces de abarcar toda mi cabeza, y unos cuernos de carnero que se curvaban hacia atrás desde las sienes, oscuros en la base y difuminándose hacia el gris en las puntas, que enmarcaban su cara de mandíbula cuadrada y la hacían parecer aún más ancha.

Lo estaba admirando abiertamente cuando terminé el último bocado de empanada, fijándome en cómo los ojos de Moerrven bajaron a mis dedos mientras me los lamía.

Y en cómo apartó la mirada rápidamente al darse cuenta de que lo había pillado mirando.

Cogí una segunda empanada mientras él dejaba la suya y se recostaba.

—Entonces, Sky Liang, ¿cómo acabaste en el condado de Stonedeep?

—Estaba buscando a mi amigo, Pip. Desapareció anteayer por la noche. O eso creo, ¿fue anteayer por la noche?

Moerrven parpadeó.

—¿Desapareció de dónde?

—Los dos somos bailarines de jaula, de ahí los pantalones cortos, y estábamos calentando en el baño cuando simplemente se desvaneció. ¡Puf! Me llevó horas darme cuenta de que el espejo era una especie de portal.

—Hm —dijo Moerrven.

—Al principio pensé que había salido del baño de algún modo y se había ido a la pista, quizás como broma, mientras yo practicaba. Pero cuando fui a mirar, no estaba. Quería seguir buscando, pero mi manager no me dejó, tenía que meterme en la jaula.

—¿La jaula? —Moerrven frunció el ceño y sus pobladas cejas negras se juntaron.

—Es un accesorio para el baile en jaula, que es como un baile sexy, casi desnudo.

La jaula cuelga del techo para que la gente pueda...

vernos desde todos los ángulos. Los pantalones cortos brillantes son mi vestuario, por eso son tan pequeños.

O sea, no me importa la ropa pequeña cuando estoy de caza, pero no suelo llevar lentejuelas por la calle.

Carraspeó, tensándose un poco mientras sus ojos recorrían mis muslos.

—Oh.

—De todos modos, volví al baño después de que cerrara el club y estuve dando vueltas, recorriendo los pasos de Pip, pero entonces me di cuenta de que el espejo parecía muy sospechoso.

Lo empujé, intenté abrirlo como una puerta, nada funcionó.

Y entonces, al final, me di la vuelta frustrado y me apoyé contra él, intentando mirarlo desde el ángulo de Pip, y se...

no sé, ¿derritió? De repente estaba atravesándolo.

—¿Caíste a través de él? ¿Se rompió? ¿Estás herido?

—No se rompió para nada, simplemente me dejó pasar. Creo que era una especie de portal.

Moerrven hizo una pausa, con el ceño fruncido.

—¿Un portal?

—Sí, alguien lo pintó de rosa y lo cubrió de pedrería, lo cual, sinceramente, es icónico, pero ¿qué sabes sobre portales interdimensionales?

Frunció el ceño.

—Nunca he oído hablar de ese concepto. Aunque quizás no esté traduciendo bien tus palabras.

Se me cayó el alma a los pies.

—Es como un camino mágico entre mundos. Hay un montón de teorías, y bueno, mi madre diría que he leído demasiada fantasía, pero estoy hablando con un trol, así que... chúpate esa, mamá.

Mencionar a mi madre me hizo detenerme. Me miré las manos y respiré hondo para tranquilizarme.

—No creerás que es un portal de un solo sentido, ¿verdad?

—Me temo que no conozco esa magia.

Mientras hablaba, se me cerró el pecho. Me costaba respirar. Debió de notar mi pánico, porque su expresión se suavizó.

—Hay muchos tipos de magia, así que tampoco es que mi conocimiento valga mucho.

Seguro que no era de un solo sentido. No podía serlo.

—¿Nunca has oído hablar de eso? De donde vengo tenemos historias sobre el tema. Ya sabes, gente que se cuela por un agujero en el tiempo y acaba follándose a un guerrero escocés bien dotado, ese tipo de diversión.

No respondió, y por un momento pensé que lo había dejado fuera de combate. Di otro bocado a mi empanada y esperé.

—He... —le salió la voz algo estrangulada y tosió—. Nunca he oído hablar de algo así, pero hay una biblioteca en Highmark que guarda registros históricos de toda magia extraña.

—Quizás tenga que ir allí, entonces.

Moerrven abrió mucho los ojos.

—Después de quedarte un tiempo, ¿no?

—No lo sé. O sea, tengo que encontrar a mi amigo. ¿Y si está en peligro?

Me incliné hacia delante, apoyándome en los codos.

—Te debo una. En serio. Me liberaste, me trajiste aquí, me conseguiste este colgante.

No sé ni por dónde empezar a pagártelo, pero quiero hacerlo.

Lo que sea. Lo que necesites. Sé cocinar, limpiar, organizar.

Tengo muy buen ojo para el diseño de interiores y sé bailar.

En serio, Moerrven, lo que sea. Pero primero quiero asegurarme de que mi amigo está a salvo.

Estaba parloteando. Siempre parloteaba cuando me ponía nervioso.

Miró hacia el puesto de flores. Las dos trols se asomaban ahora por el lateral con la sutileza de un tren de mercancías.

—Hay... una tradición entre los troles —dijo.

—¿Una tradición?

Asintió, jugueteando con lo que quedaba de su empanada.

—Una tradición muy respetada. Cuando un trol presta un servicio a un desconocido, el desconocido puede saldar la deuda... residiendo en la casa del trol. Como invitado. Durante un tiempo.

Ladeé la cabeza, intentando decidir si aquello era algún tipo de estratagema.

Y si lo era, ¿por qué? Eché un vistazo furtivo a su entrepierna, preguntándome si lo que le movía era el sexo y era demasiado tímido para pedirlo directamente.

Sospechaba firmemente que Moerrven era proporcionado en todas las áreas, y me moría de ganas de comprobarlo.

Aun así, estaba siendo raro, y no pude evitar tomarle el pelo.

—Pero ¿no es eso otro favor para el desconocido?

—Quizás. Pero a un trol no le gusta nada más que sentarse junto a su hogar y escuchar historias de tierras lejanas.

—¿Como un intercambio cultural?

—Precisamente.

Asintió, quizás con demasiado entusiasmo.

—Un intercambio cultural. Muy antiguo. Muy respetado. Mi gente consideraría de mala educación que pasaras de largo sin quedarte a compartir historias que de otro modo no llegarían a escuchar.

—¿Porque eres autor?

—Sí. El material que me das alimenta mi creatividad mientras escribo mis novelas, y a ellos les encantan mis novelas. Soy bastante conocido en Qoksmere.

Me atraganté un poco.

—Perdona, ¿qué... fue esa última palabra? No creo que se haya traducido bien.

Estaba noventa y nueve por ciento seguro de que acababa de decir algo que sonaba como «esmegma».

—Qoksmere. Es el nombre de nuestro país. Los nombres propios no se traducen, así que lo oyes tal cual.

Lanzó otra mirada al puesto de flores. La grande había salido completamente de detrás y nos observaba con una expresión de deleite descarado. La más pequeña tejía y lloraba.

—¿Está bien? —pregunté.

—Llora por todo. No tiene importancia.

Se enderezó.

—¿Porque le encantan tus libros?

Parpadeó y luego se frotó la frente.

—Porque es mi hermana.

Me reí.

—Ah. Tiene mucho interés en que mojes, ¿eh?

Frunció el ceño, algo confundido.