Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

“21 de diciembre. 05:00 PM (hora local) – Salamanca, España.”

El invierno castellano había cubierto Salamanca con un manto de niebla densa y húmeda que emergía desde el río Tormes recorriendo las calles del casco antiguo impidiendo ver lo más alto de la Torre de las Campanas de su majestuosa Catedral Nueva.

La luz de la tarde moría deprisa, tiñendo de un dorado mortecino la piedra de Villamayor de sus palacios, conventos y universidades. El frío calaba hasta los huesos, un recordatorio para los héroes anónimos de Kovac Bay de que, a veces, el tiempo se empeña en congelar los recuerdos.

Los cuatro caminaban en un silencio absoluto, con los abrigos oscuros abrochados hasta el cuello.

Roberto encabezaba el grupo, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo de piedra.

A su lado, Elena sostenía un pequeño ramo de flores silvestres.

Lo llevaba apretado contra el pecho como si temiera que el viento del norte deshojara los pétalos antes de tiempo.

Unos pasos más atrás, Martina y Alicia caminaban despacio, manteniendo una distancia prudencial.

Todos ellos inmersos en un silencio sepulcral.

Alicia clavaba los ojos en el asfalto, con las manos temblorosas metidas en los bolsillos.

El dolor que cargaba en el pecho no era tan físico como le querían hacer creer los médicos que la atendieron al llegar a España.

Era el peso de la culpabilidad que sentía por haber estado enamorada del padre de su ahijada y que guardó durante años.

Habían salvado al mundo de una catástrofe biológica sin parangón, pero el precio pagado en el norte seguía siendo una losa demasiado pesada sobre sus hombros.

Cruzaron el umbral de piedra de aquel edificio y se dirigieron hacia el sótano, descendiendo por una escalinata hacia la zona de acceso restringido.

El silencio allí abajo era casi lúgubre, roto únicamente por el crujido de sus pisadas sobre el suelo de granito.

Elena se detuvo un instante, contemplando el cartel metálico que señalaba la dirección hacia los depósitos de armas y las salas de custodia.

Sabía que lo que están a punto de hacer cerraría el capítulo más oscuro del equipo HOSTES.

—¿Estáis listas? — Preguntó Roberto, volviéndose hacia ellas. Su voz sonó ronca, apagada por el eco del pasillo.

Martina asintió en silencio, tragando saliva. Alicia simplemente cerró los ojos y respiró hondo, tratando de encontrar el valor necesario para lo que venía.

Elena adelantó el paso y empujó la pesada puerta que daba acceso a la sala de espera de las salas de interrogatorios del centro. Las más seguras y secretas de todo el complejo.

El espacio era gris, sobrio y frio. Sentada en uno de los bancos de metal, dándole la espalda a las ventanillas de admisión, aguardaba Valeria.

Llevaba una gabardina oscura y el pelo recogido en un moño perfecto.

Valeria se había adelantado para gestionar el estricto código de anonimato que la unidad y el General habían acordado al tratarse de una operación encubierta de máximo riesgo y la eliminación de cualquier rastro oficial en los reconocimientos médicos de los agentes.

En los registros del centro no quedaba ni una sola mención a lo ocurrido en el norte; todo había sido archivado bajo el protocolo de máxima confidencialidad de la agencia.

Detrás de aquella fachada imperturbable de mujer de hielo por la que todos la tenían y temían a partes iguales, latía un fuego idéntico al de Alicia. Un amor profundo, forjado en el barro y la pólvora, que nunca exigió nada a cambio.

Al escuchar las pisadas del grupo, Valeria se levantó despacio.

Sus ojos, habitualmente fríos, reflejaban el cansancio acumulado de quien ha pasado noches en vela custodiando un hilo de vida.

Miró a los cuatro recién llegados y luego fijó la vista en las flores que Elena traía consigo.

Esbozó una mínima apenada sonrisa. Ellos la fijaron en la bolsa transparente que tenía Valeria.

En su interior, un reloj de pulsera y la cartera de cuero de Hugo. El final de todo lo que él había sido.

—Ya ha terminado. — Dijo Valeria con un hilo de voz nunca antes escuchado en ella. —El informe está firmado, los partes y las actas selladas.

Roberto asintió. Valeria guardó la tarjeta que la identificaba como nueva ST-1 en su gabardina y lideró al grupo hacia los ascensores internos. El trayecto vertical se hizo en una tregua silenciosa, con los cinco agentes asimilando que había llegado el final de aquel viaje a Alaska.

El escenario cambió por completo al abrirse las puertas blindadas en la última planta de aquel edificio.

Allí ya no había despachos de analistas, ni salas de armas, sino un entorno quirúrgico de última generación.

El olor a desinfectante, la climatización purificada y el rítmico, casi musical, bip-bip de un monitor cardíaco.

El pasillo de la unidad improvisada de cuidados críticos de Hostes estaba desierto a esa hora.

Elena, sin dudar, caminó directa hacia el box de aislamiento 01 y abrió la puerta.

La luz del atardecer se filtraba por los paneles acristalados iluminando aquella estancia.

Sobre la cama hospitalaria, un hombre miraba una pantalla llena de datos y gráficas.

Tenía barba de varios días y los ojos hundidos en ojeras.

De su clavícula derecha nacía una vía central de tres luces que introducía fármacos de soporte directamente en su torrente sanguíneo, flanqueada por varios sensores adhesivos en el tórax que registraban cada latido en el monitor.

En su brazo, un parche experimental de hidrogel bioactivo ayudaba en la aceleración de la cicatrización de una herida infectada por un impacto de bala.

En el rostro de aquel hombre, sin embargo, su mirada seguía siendo la misma de siempre.

Segura, inteligente, letal, familiar y viva.

Hugo se giró despacio al sentir al grupo entrar en la habitación. Una sonrisa lenta y cansada, pero cargada de su habitual ironía, dibujó sus labios.

—Habéis tardado. — Dijo Hugo con la voz todavía rota por haber tenido un tubo traqueal durante dos semanas. —Empezaba a pensar que me habíais jubilado antes de tiempo en este hotelito con vistas.

Valeria se acercó a la cama y dejó la bolsa con sus pertenencias sobre la mesa auxiliar, justo al lado de una fotografía de Laura y su hija, que descansaba junto al monitor médico.

—¿Estás solo?

—Las acabo de despedir. — Tosió. —Son muy pesadas. A todas horas colocándome la almohada, las sábanas, la temperatura de la habitación… ¿y a mi hija? no se que le ha dado con que beba agua cada cinco minutos. —Todos rieron la broma.

—Eso se lo dije yo. — Apuntó Elena sonriendo.

En uno de los monitores que ya estaba consultando la doctora, se detallaba el milagro que había obrado a miles de kilómetros de allí.

El frio extremo de Alaska había ralentizado las constantes vitales de Hugo lo suficiente como para que la dosis masiva del segundo vial del antídoto del Érebo, Hémera, inyectada directamente en su esternón,

destruyera la toxina antes de que el cerebro sufriera daños por la parada cardiorrespiratoria.

Hugo había estado expuesto a los síntomas de la toxina y sin antídoto o retardante más tiempo que la propia Elena, por lo que las células cerebrales estaban más sensibles a la posibilidad de un derrame cerebral.

Su corazón se había detenido en el permafrost, sí, pero HOSTES no dejaba a nadie atrás.

Rob le chocó el puño. Los espacios clínicos no le gustaban nada, y mucho menos cuando uno de sus compañeros estaba en él.

Martina fue más efusiva y le dio un fuerte abrazo que hizo que se resintiera de su costado.

No le importó. Alicia le dio un beso en la frente.

Valeria se mantuvo un paso atrás, observando la foto de la familia de Hugo.

El respeto por esa mujer y esa niña estaba en su código de honor.

Volvió a clavar la vista en él, forzando a sus ojos a recuperar la firmeza del absoluto respeto profesional.

—Te estás ablandando, jefe. — Dijo Val quedamente usando las mismas palabras que casi le costó la cordura a Hugo en los últimos coletazos de la tormenta norteña. —Un autentico soldado no necesita tanta tecnología para mantenerse en pie y cumplir la misión.

—¿Quién te enseñó eso? — Preguntó Hugo.

—Tú.

Hugo soltó una carcajada limpia que le hizo resentirse de las costillas, pero no le importó, al igual que segundos antes el abrazo de Martina. Miró a los cinco miembros de su equipo con los que había bajado a los infiernos y habían regresado para contarlo.

Alicia, desde detrás de los monitores, le dedicó una mirada cargada de ternura infinita y silencioso respeto.

Aliviada al ver que el padre de su ahijada y esposo de su mejor amiga había regresado con los suyos tras jugarse la vida por salvar la suya.

Le seguiría amando en silencio cada día de lo que le quedara de vida.

Las voces en la cabeza de Hugo se habían callado para siempre. La aurora boreal de Alaska quedaba atrás.

—Bueno, — Dijo Hugo, acomodándose en los cojines con los ojos fijos en su familia. —decidme que Castaño no nos va a despedir.

—Lo estoy pensando. — Añadió el General entrando por la puerta, con ropa civil y una sonrisa en su rostro al ver a todo su equipo al completo.

—General, ¡qué sorpresa!

—Una pregunta General. ¿Nos pagarán un extra de peligrosidad o algo parecido? Porque la próxima vez que me hagan resucitar, pienso exigir que haya una botella de Jack Daniel´s esperándome en la mesa.

El equipo HOSTES rio al unísono, un sonido limpio que llenó la habitación y ahogó para siempre el eco de la tormenta. Habían ganado, Hugo estaba vivo y había conseguido traer a todos de vuelta a casa.

La misión estaba cumplida.

Me gusta contar historias que te hagan evadir de la realidad, que te hagan sentir protagonista y que puedes llegar a ser el héroe en un mundo ajeno.

Pero debes saber que tú ya eres el protagonista de una historia, tu propia historia.

De tí depende ser el héroe de tu vida, y de que esa historia sea épica.

Gracias por la lectura de este libro.