Sin voz en la tormenta (Hostes 2) PRÓLOGO
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Sin voz en la tormenta (Hostes 2)

Sin voz en la tormenta (Hostes 2)

Por Oscar Fiz Tabernero

© inepub.com

PRÓLOGO

“2 de diciembre. 3:17 AM (GMT-8). Poblado de Fairfax, California, USA. Cuarto día sin dormir.”

El frío resplandor azulado de las pantallas de 37 pulgadas que la operadora tenía delante se hendían en la oscuridad total de la sala, proyectando espectros digitales sobre las paredes.

Música clásica en sus airpods, una taza de café y oscuridad.

Esa era su manera de concentrarse. Oscuridad total excepto por los destellos de códigos de programación que teñían el rostro de facciones cautivadoras y felinas frente al monitor.

Un semblante que acusaba la fatiga de días, con sus correspondientes noches de investigación, identificaciones de niks y alias de usuarios, a cada cual más ridículo, dominios, foros, direcciones IP, webs y continuas visualizaciones y análisis de archivos.

Tras cuatro desesperantes días, una pista la había conducido a un foro cerrado.

Cinco horas y media de conversación en la cual, ella les estaba siguiendo el rollo a unos “Data Brokers”.

Un grupo de vendedores de información con clara tendencia perturbadora.

Trescientos treinta minutos de conversación, suficiente cafeína para resucitar a un muerto, y tecleo insustancial como para que la tomaran por uno más en la sala de chat denominada Hunters, “cazadores”.

Ese hilo parecía uno más en la maraña de chats que existen en la Deep Web, solo que este estaba protegido bajo múltiples sistemas de verificación de identidad, pruebas de reputación y métodos de encriptación y cifrado de mensajes.

Niveles de seguridad que ni los más avanzados sistemas de armamento militares poseían.

Un foro, “Cazadores” que trataba de mostrar el lado más sádico del cine de serie B, denominado “películas Snuff”.

Era evidente que la inmensa totalidad de los archivos que se movía en ese foro se trataban de videos falsos y archivos fake, pues el dramatismo de las estrellas que en ellas aparecían solo podía ser comparable a una mala borrachera entre un grupo de adolescentes equipados con un teléfono móvil y

puestos de hierba y tiza hasta las orejas.

Pero, para la recién ascendida a inspectora de delitos cibernéticos del Departamento de Policía de Fairfax, con dilatada experiencia en desenmascarar a estafadores, pedófilos, y cualquier tipo de criminal que se escondiera tras un nombre absurdo en la red,

ella era capaz de discriminar lo real de lo ficticio.

Había potenciado un don que le llevó a pertenecer años atrás a un grupo de élite de la Policía Nacional en España.

Después de la novena taza de café, y una última hora de charla insustancial con varios pervertidos que compartían archivos de muy dudoso gusto y asqueroso contenido, identificó en uno de los enlaces algo que le llamó verdaderamente su atención.

Un vídeo que, según “Darktoon45”, uno de los usuarios más activos del foro, se había compartido unas pocas horas antes y del cual disponía del link para poder verlo en diferido.

Ese archivo de video… tenía algo. El vídeo reproducido destacaba por su crudeza técnica entre todos los demás.

La operadora se quitó los airpods de recreo y los guardó sin estuche en el bolsillo trasero de su pantalón.

El vídeo tenía una duración de cuarenta y siete segundos sin editar. Cuarenta y siete segundos que helaban la sangre. Cuarenta y siete segundos que mostraban una ejecución. Silenciosa, rápida, real. La comisión de un auténtico asesinato, uno de verdad.

«Pantalla negra, apenas medio segundo, que da paso al interior de lo que parece una cabaña con paredes recubiertas de madera.

Sobria, austera, fría. Crujidos de madera.

No se aprecia toque de calidez en el ambiente ni ningún tipo de luz anaranjada que de algo de humanidad a la escena.

Las paredes se encuentran cubiertas de una ligera escarcha y, junto al quicio de una puerta, un termómetro digital ambiental marcando -31º Fahrenheit, el equivalente a -35º Celsius.

Casi en el centro del encuadre, ligeramente desviado unos grados a la derecha, se encuentra una silla, también de madera, integrada en la cabaña, igualmente basta y sin ornamentos.

En ella, sentada frente al objetivo, una mujer, de mediana edad.

Parece tener en torno a unos 40 o 45 años de edad.

Desnuda, como mandan los cánones de una buena película del género sádico-morboso.

Morena, con el pelo suficientemente largo como para cubrir ligeramente sus pechos.

Cadena de oro con una cruz sobre su cuello.

Los labios, morados, sin amordazar. La cabeza, que durante los primeros segundos realiza aspavientos con la intención de liberarse, lentamente va perdiendo la autonomía propia de la voluntad, llegando a apoyar plenamente el mentón contra el manubrio del esternón, claudicando finalmente.

Los dedos se arquean en silenciosos espasmos.

Los jadeos angustiados se espacian cada vez más durante esos cuarenta y siete segundos, notando como los últimos alientos de vida abandonan ese cuerpo en cada respiración.

La escena se reproduce sin cortes, sin manipulación aparente.

No hay nadie más en el plano ligeramente descentrado.

Únicamente el cuerpo de una mujer sucumbiendo a lo inevitable.

De fondo, se adivina el rumor de lo que parece una fuerte ventisca.

Hasta que en el segundo treinta y tres, una voz emite un siseo fuera de cámara.

La mujer no está sola. Hay alguien presenciando este horror desde detrás del objetivo que lo está grabando.

Una voz distorsionada, que hiela la sangre, susurra de fondo…

—Kisimi Ittuq…— La voz era casi una caricia. —…(ruido) es el néctar de los dioses antes del juicio final. Te adormece dulcemente, lentamente, y sin darte cuenta (ruido)…—

En el segundo cuarenta y uno, la mujer exhala, con una espantosa mueca en el rostro, agónico, lo que parece el último aliento mientras trata de decir algo, pero únicamente emite un sonido que sale de lo más profundo de su ser.

No es un grito, es un sonido gutural, el estertor final.

Los casi seis segundos que prosiguen en la escena, son de una calma tensa, siniestra.

Ningún movimiento, ningún sonido, y ninguna esperanza de que eso no sea algo más que un nefasto cortometraje.

Un horrible clip que se pudiera deslizar con el dedo hacia arriba en cualquier red social de perturbados.

Pero nada más lejos de la realidad. Casi seis segundos de una monstruosa expectación con un sobresalto final.

La cámara hace un movimiento brusco hacia abajo en donde los trece últimos fotogramas atisban a mostrar algo más.

Trece fotogramas, un cuarto de segundo, que muestra lo que parece ser una mano, enfundada en unos guantes negros, gruesos.

En la muñeca, un reloj. La hora, 23:41. En la mesa, que se supone, sostenía la cámara, un frasco con una etiqueta blanca del tipo que utilizan en las farmacias para las formulaciones magistrales, y en la que parcialmente se puede leer, X-71ºN.

Nada más. Cualquier otra cosa que pudiera existir se encontraba fuera de plano.»

La sensación heladora que la investigadora sentía en este momento no tenía nada que ver con la temperatura real de la habitación, a oscuras, en la que compartía espacio con tantos ordenadores y aparatos eléctricos conectados.

No se trataba del frio de la habitación, sino de los treinta y cinco grados negativos que envolvían a la muerte. Esa que acababa de presenciar.

Las preguntas asaltaban su mente mientras los segundos del video iban pasando.

“¿Se tratará de una eutanasia planeada? ¿Quién en su sano juicio haría algo así? ¿Por qué tiene las manos atadas a la espalda si ha sido consensuada? Ha tenido que tener ayuda, pero… ¿De quién? ¿Quién habrá tenido la sangre fría de ayudar a…? Imposible, no puede ser algo pactado, es tan real.”

Todas esas cuestiones se esfumaron de golpe con el susurro y ese medio segundo final, los últimos trece fotogramas. Apenas un cuarto de segundo.

Tocaba actuar, y cerrando los ojos durante un instante, respiró profundo al tiempo que sujetaba con la mano izquierda su amuleto de la suerte. Un colgante. A la mujer del video, el que lucía en su pecho no le sirvió de nada. Esperaba que el suyo sí lo hiciera, como lo había hecho hasta entonces.

Cuando creía que sus fuerzas iban a flaquear, apretaba entre sus manos con fuerza ese medallón en forma de estrella.

Esa estrella que le acercaba a su otra vida lejos de toda esa oscuridad perturbadora.

Ella era la estrella, la luz que ilumina las tinieblas, la guía de su ahijada, y por lo que quería limpiar el mundo de toda esta basura.

Volvió a respirar profundo y se concentró en su trabajo.

Era imperativo que consiguiera el original del vídeo, no una simple visualización en bucle desde un reproductor web con cientos de códigos de codificación.

Pero, esa era su especialidad. Lo que mejor se le daba.

El hackeo de la web profunda. Buscaba justicia, y a veces, ella misma impartía la justicia bajo un pseudónimo.

El de la hija de Zeus, hermana de Apolo y diosa de la caza.

Sus dedos volaban simultáneamente sobre tres teclados.

Tres teclados conectados a un sistema de unidades y discos duros que ella misma había creado, en el que, utilizando su escáner de vulnerabilidades, “Fuck Zero Day”, como ella lo llamaba, y ayudada por múltiples herramientas informáticas forenses,

miles de diccionarios conteniendo millones de contraseñas y rutas válidas para romper encriptaciones por la fuerza bruta, logró acceder a una pantalla dentro del foro principal.

Pantalla en la que encontró una puerta trasera por donde bloquear los pequeños programas que no cesaban de crear y rotar las claves de acceso, consiguiendo finalmente un enlace cifrado al archivo. Una puerta directa a su descarga.

—Perfecto. — Tomó otro sorbo más de café. Esta vez, con la intención de ver si entraba un poco en calor y desentumecía el cerebro. —Ahora… descargar archivo.

Una vez descargado en su servidor de seguridad, comenzó con la investigación forense del archivo, desentrañando los metadatos del mismo.

—Vamos a ver que me cuentas. — Ella sabía que todo archivo guardaba siempre algún secreto, datos invisibles a simple vista.

Como las etiquetas ocultas en la ropa, los metadatos revelan con qué, quién, cuándo, cómo y puede que dónde se creó un archivo.