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(Nora)
El éxito del libro me trajo, además de dinero y de premios, algo que no había previsto: lectores que se creían parte de la historia.
Recibía cartas. Muchas. La mayoría, normales: gente que se había emocionado, que tenía teorías, que quería más temporadas.
Pero algunas no eran normales. Una mujer me escribió, durante meses, convencida de que ella era la verdadera Marina, de que «había sobrevivido al fuego» y de que yo «le había robado su historia».
Un hombre me mandaba fotografías de incendios de prensa con notas pidiéndome que «investigara, que todos eran ella».
Y uno, el que me hizo cambiar de cerradura, empezó a firmar sus cartas con bucles inclinados, imitando la letra que yo había descrito en el libro, la de los Salinas, como si quisiera decirme: sé tu secreto, sé que hubo una letra, sé que callas algo.
Aquello me enseñó una cosa incómoda sobre mi oficio, sobre el género entero del que vivo: que cuando conviertes un dolor real en relato de consumo, el relato deja de pertenecer a sus dueños y pasa a la multitud, que lo manosea, lo reinventa, se disfraza de él.
María Jesús, la socorrista, el casero, la tía, el conductor de la recta: cinco personas reales, con cinco familias reales, se habían convertido, gracias a mí, en personajes de un pódcast que la gente escuchaba mientras planchaba.
Y David, que me había pedido que vendiera la historia que mejor se vendiera, se había convertido en una figura de culto, un monstruo elegante con foro propio, teorías y fan art.
No sé si me arrepiento. Sí sé que dejé de dormir bien, yo también, como si la maldición de aquella familia se contagiara a quien la tocaba demasiado tiempo .
Dejé el true crime después de Sin testigos.
Lo intenté con otro caso, un desaparecido, justo el tipo de historia que llevaba toda la vida persiguiendo por mi hermano Quim, y a la tercera entrevista lo dejé.
No podía. Veía, detrás de cada desaparecido, a David eligiendo desaparecer; detrás de cada familia rota, la mía, la suya, todas.
Me había convertido en una experta en el mal ajeno para no mirar el hueco propio, y el caso Salinas, al obligarme a callar una verdad para cumplir una promesa, me había curado de la peor manera posible: quitándome las ganas de seguir contando las verdades de los demás cuando ni siquiera era capaz de contar la única que importaba.
Ahora escribo otras cosas. Ficción, dicen en la editorial, con cierta decepción, porque la ficción vende menos.
No saben que es lo más honesto que he escrito nunca.
Porque en la ficción, por fin, puedo contar la verdad entera sin traicionar a nadie.
Cambio los nombres, cambio las ciudades, suelto un canario por una ventana.
Y en alguna parte de cada novela, escondido donde ya han mirado, dejo a un hermano que se quema las manos sujetando a otra.
Para que exista. Aunque nadie sepa que es verdad. Sobre todo entonces.