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(Nota manuscrita hallada, años después, entre los papeles personales del magistrado que presidió el caso. No formó parte de ninguna actuación judicial. Se reproduce por su valor humano.)
«Hoy he dictado sentencia en el caso Salinas. Treinta años. Conforme a Derecho, conforme a la confesión, conforme a las pruebas. Una sentencia impecable. Y llevo toda la tarde sin poder quitarme de encima una incomodidad que no me corresponde como juez y que me asalta como hombre.
»Hay algo en ese acusado que no he visto en treinta años de carrera.
No es frialdad; he juzgado a muchos fríos.
Es… exactitud. Confesó con una precisión que no buscaba clemencia, sino lo contrario: parecía pedir la pena, ocuparla, encajar en ella como una pieza en su hueco.
Y cuando le concedí la última palabra, dijo algo que no he podido olvidar: que ninguna casa arde de golpe, que arden despacio durante años mientras los vecinos prefieren no oír.
Lo dijo mirándome a mí, o eso me pareció.
Como si me incluyera. Como si yo, al dictar mi sentencia impecable contra la cerilla, estuviera siendo uno más de los que no removieron la pared.
»No es mi trabajo juzgar paredes. Mi trabajo es la cerilla, los hechos probados, la confesión.
Y, sin embargo. La instructora dejó en el sumario unas reservas que técnicamente no podía valorar y que, como hombre, no consigo soltar: las quemaduras incompatibles, la frase de que se quemó sujetando.
He firmado treinta años contra un hombre que quizá —solo quizá, y el quizá no es jurídico— cargó con la culpa de otra.
Lo he hecho bien según la ley. Y me pregunto, esta noche, si hacer bien las cosas según la ley es siempre lo mismo que hacer justicia, o si a veces son cosas distintas, y la ley, como el pueblo, como la familia, prefiere también ella no remover.
»No volveré a escribir sobre esto. Mañana hay otros casos.
Pero quería que constara, aunque sea en un papel que nadie leerá, que el juez que condenó a David Salinas durmió mal la noche de la sentencia, mientras que el condenado, según el informe penitenciario que he leído de reojo, durmió, como siempre, profundamente.
Hay algo ahí que la Justicia, con mayúscula, no alcanza.
Y un juez viejo, esta noche, lo reconoce en la intimidad de un papel, con la humildad que no puede permitirse en la sala. »