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(Testimonio de la inspectora L. Vega ante el tribunal. Transcripción parcial de la vista oral.)
«PRESIDENTE: Inspectora, usted instruyó la reapertura del caso. ¿Considera que la confesión del acusado es coherente con las pruebas materiales?
»VEGA: Es coherente, señoría. Coherente no es lo mismo que cierta.
»PRESIDENTE: Explíquese.
»VEGA: El acusado confiesa de manera ordenada, completa y conveniente.
Encaja con todo. El problema es que encaja demasiado.
En veintiocho años de oficio he aprendido que la verdad suele tener flecos, contradicciones, detalles que no cuadran.
La confesión del señor Salinas no tiene ninguno.
Es perfecta. Y lo único perfecto que he visto en mi carrera son las coartadas que alguien ha tenido mucho tiempo para pulir.
»FISCAL: Inspectora, ¿está usted insinuando que el acusado, que se autoinculpa, podría ser inocente? Resulta poco habitual que la acusación tenga que defender al reo de sí mismo.
»VEGA: No insinúo que sea inocente. Maté…
perdón. (La testigo se corrige.) Mató, según su propia declaración.
Lo que digo, y consta en mi informe, es que las quemaduras del acusado son incompatibles con la conducta de quien provoca un incendio para destruir pruebas.
Quien prende y huye, sale ileso. El señor Salinas salió con las dos manos abrasadas.
Esas son manos de quien entra a sacar a alguien del fuego, no de quien lo enciende.
»PRESIDENTE: ¿Y qué conclusión extrae usted de ello, inspectora ?
»VEGA: Ninguna que el tribunal pueda usar, señoría.
Solo una que me llevaré a la jubilación: que esa noche, en ese piso, había dos personas capaces de matar, y que el acusado, pudiendo salvarse, eligió quemarse las manos sujetando a la otra.
Hagan ustedes con eso lo que quieran. Yo ya no sé hacer nada. »
(Consta en acta que, finalizada su declaración, la testigo solicitó retirarse y abandonó la sala sin mirar al acusado. El acusado, según recoge el acta, sí la miró a ella.)