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Marina terminó de contarlo justo cuando, en la puerta entreabierta, sonaron tres golpes. No dos. Tres. La diferencia, ínfima para cualquiera, a nosotros dos nos reveló la verdad antes que la voz: ninguno de los nuestros llamaba así.
—Policía. Inspectora Vega. —El timbre cansado y espeso llenó el rellano—. Señor Salinas, sé que está ahí. Y sé que no está solo. Abra, por favor.
Vi cómo a mi hermana se le ordenaba el rostro.
Fue rápido, casi hermoso, en el sentido en que lo es un mecanismo de precisión: le vi cruzar los ojos el cálculo entero, las opciones, las salidas, el plano de la habitación que ella, como yo, había memorizado al entrar.
Una puerta. Una ventana al patio. Seis pisos de caída.
Una periodista con una grabación. Un hermano sentado en el suelo que no pensaba levantarse.
Y una policía al otro lado que ya sabía que en aquella casa, diecisiete años atrás, no hubo un superviviente, sino dos.
El plan acababa de morírsele. Y mi hermana, que no soportaba que las cosas quedaran fuera de su sitio, hizo lo único que sabía hacer cuando el equilibrio se rompía. Lo que había hecho a los doce años. Lo que había repetido en cinco ciudades. Cerrar el proceso. Borrar. Con la herramienta de siempre.
Se movió tan deprisa que solo entendí su gesto cuando ya estaba hecho.
Agarró la lámpara de pie por el mástil y la estrelló contra las cajas amontonadas junto a la pared, esas cajas de mudanza que nunca había deshecho y que —ahora lo olía, ahora que el olor llegaba, el formol y la quemazón, las dos únicas cosas que mi nariz rota distingue— no contenían libros ni ropa.
Estaban empapadas. Llevaban días empapadas.
Marina no se había mudado al patio para vigilarme: se había mudado para tener, cuando llegara la noche, una habitación entera lista para arder.
La bombilla reventó contra el cartón mojado y el aguarrás, y el fuego subió de golpe, con esa avidez obscena que yo recordaba de una sola noche de mi vida, la avidez de un animal al que por fin sueltan.
—¡Salinas! —La puerta empezó a golpear contra el pestillo. Vega, embistiendo.
Marina retrocedió hacia la ventana del patio, recortada contra las llamas, y me miró. No con odio. Con algo peor. Con esa media sonrisa nuestra, la de familia, la que le había visto a ella, a mí en el espejo, a mi padre cuando se quedaba callado.
—Ahora sí te vas a levantar —me dijo, por encima del crepitar—.
Vas a levantarte y sacar a tu periodista, porque eres así de previsible, hermano: eres el bueno de los dos.
Y yo voy a salir por donde salen los pájaros.
—Abrió la ventana a su espalda. El aire del patio se coló, y el fuego rugió, agradecido—.
Lo único que te pido es que no me cuentes.
A nadie. Nunca. Déjame ser la niña de la jaula.
La que murió en el incendio. Es la única versión de mí que me gusta.
—Subió un pie al alféizar—. Sin testigos, David.
Como siempre. Es lo más bonito que me puedes regalar.
—Marina —dije, y me levanté, por fin; no para matar, sino para lo otro, para lo único otro que sé hacer con las manos—. Para.
Y, por primera vez en diecisiete años, la palabra iba dirigida a ella, la dije a tiempo, y alargué la mano a través del humo para agarrarla antes de que el alféizar, la caída y el fuego se la llevaran.