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De vuelta en Valencia, esa misma noche, repetimos la regresión.
La definitiva. Marina insistió. Aseguraba que ya no le temía a la habitación cerrada, que había visto la casa de verdad y la casa de verdad resultaba menos terrible que la de sus pesadillas, lo cual es la frase más esperanzada y más triste que le he oído a un ser humano.
La senté de nuevo en el sillón reclinable.
Bajé las luces. Empleé la voz de cura. Esta vez no la conduje al pasillo, sino antes: a la tarde de aquel día, a las horas previas.
Porque el trauma nunca empieza donde creemos; empieza siempre un poco antes, en el instante en que el cuerpo supo, sin que la cabeza lo supiera todavía, que esa noche sería distinta.
—Es por la tarde —dijo Marina, con su voz de niña—.
Papá ha vuelto temprano. Eso es malo. Cuando vuelve temprano, es malo.
—Su mano apretó el brazo del sillón—. Mamá está en la cocina.
Tomás se ha encerrado en su cuarto con la música alta para no oír.
Y tú… tú me has llevado a mi habitación y me has dicho que no salga pase lo que pase.
Que me quede con Capitán. Que tú te encargas.
—¿De qué me encargo, Marina?
—No lo dices. —Frunció el ceño—. Solo dices «yo me encargo».
Como siempre. Llevas semanas diciéndolo.
Desde que papá empezó otra vez. Desde lo del brazo de mamá.
Desde la noche en que entró en mi cuarto, tú lo sacaste a rastras y te ganaste el labio partido.
—Se le entrecortó la respiración—. Llevabas semanas planeando algo, David.
Yo lo notaba. Mirabas a papá de una manera.
Como miras tú las cosas. Como si calcularas por dónde se abren.
Me quedé muy quieto. La línea de Langer del prólogo.
Por dónde cede con facilidad y por dónde se resiste.
Mi afición a la medicina. El tratado de anatomía subrayado en las partes de los muertos.
A los quince años. Mi voz fría de pozo, que no es la voz del trauma, sino la de algo anterior al trauma, algo con lo que nací.
—Sigue —dije, y la voz ya no era la de cura. Era la mía. La de verdad.
—Es de noche —continuó—. Me despierta un ruido.
Suelto a Capitán por la ventana, sin saber por qué, lo hago sin pensar, como si una parte de mí ya supiera.
Salgo al pasillo. La cocina está encendida.
Y os veo. —Apretó los párpados—. Os veo a los dos.
A ti y a él. Y hay algo plateado. Y mamá grita desde el suelo.
Y Tomás sale de su cuarto, se mete, y entonces…
—Se detuvo. Tragó—. Entonces tú me ves en el pasillo.
Y dices una palabra. Una sola. Me la has repetido mil veces en sueños.
—¿Qué palabra?
Abrió los ojos. Y me miró con la claridad terrible de quien al fin ha encontrado el mueble en la oscuridad.
—«Para» —dijo—. Me dijiste «para». Pero no me lo decías a mí, David. Yo no hacía nada. Estaba quieta en el pasillo. —Se incorporó, pálida—. Te lo decías a ti mismo. «Para.» Y no paraste.
El prólogo. Llegó un sonido monocorde. —Para. Diecisiete años creyendo que aquella palabra la había pronunciado una víctima pidiéndome clemencia. Y no. La había dicho yo. Me la había dicho yo. Una orden que me di a mí mismo y que desobedecí.
No era el relato de Marina el falsificado.
Era el mío. Aunque no en lo que yo creía.
Creía haberme inventado un crimen ajeno; resultaba que me había inventado una inocencia.
Había tomado lo que de verdad hice —matar a mi padre, esa noche, con quince años y un destello plateado, para que dejara de hacer lo que hacía— y lo había envuelto en tanta niebla, lo había multiplicado por cuatro, lo había vuelto tan total y tan monstruoso, que el monstruo entero terminó tapando al monstruo real.
Es el método más seguro para esconder un cadáver: bajo una montaña de cadáveres inventados .
—Yo maté a papá —dije en voz alta, y por primera vez en diecisiete años era verdad—. Solo a papá.
Marina asintió, llorando sin ruido.
—Para protegernos —dijo—. Para protegerme a mí.
—Y entonces, con una voz que de pronto ya no era de niña ni de paciente, sino de algo más viejo y más frío, añadió—: La pregunta, hermano, es quién mató a los otros dos.
Porque tú paraste después de papá. Yo te vi parar.
Te vi mirarte las manos y te detuviste. —Se secó la cara—.
Mamá y Tomás seguían vivos cuando tú te sentaste en el suelo del pasillo a mirarte las manos.