Sin testigos 83
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Me pregunto a menudo qué fue de Capitán.

El canario que mi hermana soltó por la ventana la noche del fuego, antes de encender la cocina, antes de cruzar el campo hacia la acequia.

El pájaro con nombre grande para que no tuviera miedo.

Nadie lo buscó nunca; en el inventario de aquella tragedia no cabían los animales, y un canario suelto en mitad del campo, de noche, en octubre, no tiene, siendo realistas, ningún futuro.

Los hay que mueren de frío. Los hay que caen en las garras de un gato o de una lechuza.

Los hay, los más, que simplemente desaparecen, incapaces de sobrevivir fuera de la única jaula que conocían, demasiado domesticados para lo salvaje y demasiado salvajes ya para volver.

Y, sin embargo, prefiero imaginarle otro destino, y me lo permito, porque es de las pocas cosas que aún puedo regalarme.

Imagino que Capitán sobrevivió. Que un canario criado para cantar al amanecer encontró un alero, una higuera, otra ave compasiva, y aprendió, contra todo pronóstico, a vivir sin barrotes.

Me gusta pensar que de los cinco seres que habitaban aquella casa —cuatro humanos condenados y un pájaro—, el único que de verdad salió libre fue el más pequeño, el que ni siquiera era de los nuestros.

Que la libertad, en mi familia, solo estuvo al alcance de quien no llevaba nuestra sangre.

Marina lo soltó por compasión, dijo. Yo creo que lo soltó por otra cosa, más oscura y más suya: porque necesitaba que algo de aquella casa escapara intacto, no corrompido, y sabía, con su lucidez de doce años, que ninguno de nosotros podía ser ya ese algo.

Nuestros padres estaban perdidos. Tomás, atrapado entre sus cascos.

Yo, ya entonces, era un niño que miraba a la gente por donde se abre.

Y ella, la que más, a punto de cruzar la única puerta sin vuelta.

Solo el canario seguía siendo inocente. Así que abrió la puertecilla y le dio al único inocente de la casa la única salida limpia, y luego prendió fuego al resto.

Hay una piedad terrible en ese gesto, la única piedad de la que mi hermana fue capaz: salvar lo inocente y quemar lo demás, ella incluida, aunque tardara diecisiete años en dejarse caer por fin a un patio, como un pájaro que ha olvidado que no le crecieron alas.

Cada mañana, en la celda, viene al muro un pájaro que no es un canario pero se le parece lo justo.

No canta; los pájaros de las cárceles no cantan, aprenden el silencio como lo aprendemos todos aquí.

Pero se posa, me mira un segundo con ese ojo redondo y sin fondo de las aves, y se va.

Y yo, que no rezo, le digo cada mañana lo mismo, en voz muy baja, para que no me oiga el compañero de celda: vuela, Capitán.

Por todos nosotros, que no supimos. Vuela tú, que saliste a tiempo.