Capítulo 39
— M uy bien, hermanito. ¿Está todo listo? —preguntó Adil mientras Moshat bajaba de la escalera de mano.
El interior de la fábrica estaba frío y oscuro, y acababan de terminar de colocar los explosivos para el último vagón del Heathrow Express.
La fábrica parecía el segundo hogar de Adil, de tanto tiempo como había pasado allí.
Pero, lo que era más importante, era el segundo hogar de Moshat, lo que dificultaba que Adil deslizara los detonadores bajo sus narices sin ser detectado.
Moshat había estado a su lado durante todo el proceso, como un niño pequeño encogido junto a su madre el primer día de colegio.
—Ya estamos listos, hermano —dijo Moshat, abrazando a Adil con sus anchos brazos.
—¿Nos aseguramos de que todo esté como debe? ¿Una triple comprobación?
—No estaríamos haciendo nuestro trabajo si no lo hiciéramos. —Moshat sonrió.
Juntos, bajaron del tren e inspeccionaron los bajos de los vagones.
Los pequeños dispositivos EMP capaces de interrumpir las telecomunicaciones ya estaban colocados contra el chasis de acero.
Había cuatro en total, espaciados entre cada dos vagones.
Una vez terminadas las comprobaciones en el exterior del tren, revisaron el interior.
Cuando llegaron al vagón delantero, Moshat se subió a una escalera de mano y asomó la cabeza por los compartimentos superiores, inspeccionando los explosivos colocados más recientemente.
Aquella era la oportunidad de Adil. Si quería que su hermano demostrara su valía, era ahora o nunca.
Mientras Moshat estaba en el espacio del techo, Adil se agachó bajo una mesa a su derecha, buscó en su bolsa y sacó el detonador con una nota pegada.
Colocándolo en la parte inferior, utilizó dos trozos gruesos de Blu-Tack.
Espero que esto aguante , pensó. No era precisamente material industrial, pero era todo lo que tenía.
Desde el suelo, Adil pudo oír a Moshat bajando los escalones.
—¿Adil?
—Ya voy. —Adil salió de debajo de la mesa y se sacudió la ropa.
—¿Qué estabas haciendo ahí abajo?
—Me ha parecido ver algo. No es nada. No te preocupes. —Adil tocó el brazo de su hermano y se lo apretó—. Ven, vayamos a la cabina y luego a casa. Después de mañana, podremos descansar como reyes; nos bañaremos en gloria y veremos cómo se desarrolla la insurrección.
Moshat y Adil entraron en la cabina. Adil se puso a cuatro patas, haciendo una mueca ante los niveles de higiene del suelo, y abrió el panel de control.
Se abrió como la puerta de un lavavajillas y pesaba diez veces más.
En su interior había cientos de cables envueltos en una tela de araña de cobre y plástico.
Con una sonrisa en la cara, Adil empezó.
Aquel era el componente final de su máquina y requería toda su concentración.
Si el chip del interior del panel de control no funcionaba, perderían el control del Heathrow Express.
Las modificaciones de los trenes de Luton y Gatwick habían salido a la perfección.
Durante meses, había estado investigando las complejidades de la configuración de los paneles de control.
Nada de aquello le había entusiasmado a Adil, aparte del hecho de saber que nadie podría extraer su chip.
Estaría incrustado tan profundamente en el sistema que solo él podría localizarlo.
Adil encontró el cable que buscaba, le insertó un conector e instaló en su interior un chip del tamaño de una tarjeta SIM.
Y así, ya estaba hecho. En menos de doce horas, tendría el control total sobre la máquina de cien toneladas. Todas las operaciones y funciones serían suyas para jugar con ellas.
—La última pieza está en su sitio. Estamos listos para empezar. —Adil salió de su hueco y se sentó en el asiento.
—¿Y qué hay de Trafalgar Square?
—Todo reservado y listo. Estarán allí puntuales, a las diez y diez. —Adil puso los pies sobre la consola central. Se había ganado un descanso.
—Bien... —dijo Moshat y se quedó callado. Adil notó que su hermano quería decir algo más pero tenía miedo.
—¿Va todo bien, hermanito?
—Sí... es solo que...
—¿Estás nervioso?
—Un poco. No dejo de pensar: «¿y si...?».
—Explícate. Habla conmigo.
—No lo sé, ¿y si todo sale mal? ¿Y si los trenes no se detienen cuando tú quieres?
¿Y si las puertas se abren y todo el mundo escapa?
¿Y si hay un fallo con los explosivos? ¿Y si ese tal Tanner se nos adelanta?
¿Y si Martha nos compromete? ¿Y si se convierte en una amenaza demasiado grande para que yo pueda controlarla?
Es que... —Moshat hablaba rápido. Miró por la ventana hacia el suelo de la fábrica.
Era evidente que sus pensamientos le llevaban por mal camino. Adil tenía que aplacarlo.
—Escucha, nada de eso va a pasar. ¿Vale?
Tienes mi palabra. Hemos pasado meses y meses trabajando para esto.
Todos los ángulos han sido cubiertos y no hay posibilidad de que salga mal, ¿entiendes?
No tienes de qué preocuparte —dijo Adil con simpatía.
No le gustaba admitirlo, pero había una parte de él que también sentía dudas.
Tenía que mantenerse fuerte por los dos—.
Y, si lo que dices sobre Martha se hace realidad, ya sabes lo que tienes que hacer.
Ella va a ser nuestro seguro, pero tengo plena fe en que nuestro perrito, el detective Tanner, hará todo lo que le digamos.
Si tiene que morir, morirá. Eso solo hará que las cosas sean más insoportables para él.
Después de todo, es lo que ella se merece, ¿no es así?
—Moshat asintió y sonrió. Ambos se abrazaron y luego salieron del tren.
Mientras bajaban del peldaño, Adil dijo:
—Moshat, antes de que nos vayamos, hay algo que debo preguntarte. —Moshat arqueó las cejas—. Si algo sale mal, ¿podrás hacerlo? ¿Podrás ser capaz de quitar vidas inocentes?
Moshat vaciló antes de responder. Su voz era tranquila y reservada, como la de un niño que acabara de ser castigado.
—Sí, puedo hacerlo. Lo haré por ti, hermano.
—No. Hazlo por mamá y papá, Moshat. Hazlo por todos los demás que perecieron en aquel incendio. Mañana nos estarán observando y te guiarán —dijo Adil. A ambos se les saltaron las lágrimas y se abrazaron durante un buen rato.
Cuando se soltaron, Adil sugirió ir a casa a descansar. Moshat estuvo de acuerdo y juntos salieron del almacén, sin dejar rastro de haber estado allí nunca.
Mientras Adil cerraba las puertas tras de sí, dedicó un último pensamiento al dispositivo detonador que estaba debajo de la mesa.
Menos de doce horas después, seguiría allí.