Sin Salida (DC Jake Tanner 16) Capítulo 36
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Capítulo 36

E l taxi negro colisionó con la cadera de Adil. Este cayó al suelo de golpe. Soltó el micrófono y la bolsa. Todo se volvió negro por un instante y sintió un dolor punzante en la cabeza. Parecía que las sienes le ardían. Le dolía toda la mitad inferior del cuerpo.

Una multitud de personas se arremolinó a su alrededor, como moscas sobre un cadáver. Adil se puso en pie, ignorando las manos que lo importunaban. «No», se dijo a sí mismo. No mostraría signos de debilidad aceptando ayuda de nadie. Estaría bien él solo.

Le temblaba el cuerpo y el pulso se le aceleró. Al apoyar todo el peso en la cadera derecha, un dolor lacerante le recorrió toda la pierna hacia abajo y volvió a subir. No sucumbiría al dolor.

Adil se tambaleó un poco mientras se disipaba el flujo de sangre a la cabeza. Todos los que lo rodeaban seguían tocándole por la espalda y los hombros, haciendo que se le erizara la piel. Había algo en el hecho de que lo tocaran que detestaba profundamente. Lo hacía sentir vulnerable.

Apartando sus brazos, se agachó para recoger el micrófono y la bolsa del suelo, dándose cuenta de lo loco que debía de parecer llevando tales objetos encima.

Antes de que alcanzara el suelo, una mano se extendió frente a su cara.

No había alianza en el dedo, y las uñas y la piel del dueño estaban sucias de sudor y grasa.

Adil alzó la vista recorriendo el brazo hasta llegar a su dueño.

Ante él se encontraba un hombre de mediana edad con sobrepeso y el pelo de un rojo encendido.

Su atuendo sugería que estaba soltero por algún motivo y que lo había estado durante bastante tiempo.

Quizá incluso toda la vida. Había una expresión de preocupación plasmada en la cara del hombre corpulento.

Sus ojos se dilataban de miedo y temblaba tanto como Adil.

De algún modo, Adil no creía que fuera por el mismo motivo.

—Oh, Dios mío. Lo siento muchísimo —dijo el taxista. Su voz era sibilante y adolescente—. ¿Se encuentra bien?

—Sí —respondió Adil, intentando abrirse paso entre la multitud. No quería estar allí ni un segundo más de lo necesario. Ya llegaba tarde, y cualquier contratiempo ahora solo lo retrasaría más.

El incidente atrajo la atención. Los civiles que seguían con su día a día se habían detenido y miraban fijamente lo que ocurría.

Sacaron sus teléfonos móviles para grabar la situación, tal vez con la esperanza de que sus vídeos del dolor de Adil se volvieran virales; Adil no lo sabía, pero la situación empeoraba por momentos.

Adil consultó su reloj. Se le echaba el tiempo encima.

Trafalgar Square estaba todavía a siete minutos de distancia.

Y ahora el detective Tanner tenía una pequeña ventana de oportunidad para llegar a tiempo.

Solo esperaba que este incidente menor no hubiera permitido que eso sucediera.

Rezaba para que no hubiera pasado. De lo contrario, alguien inocente tendría que pagar por ello.

La primera opción de Adil: el gordo cabrón que estaba frente a él. Él no había tenido el mismo nivel de combate físico que Moshat, pero lo habían entrenado en cómo defenderse y desarmar a alguien. No tendría miedo de ponerlo a prueba si se veía obligado a ello.

Adil le arrebató el micrófono y la bolsa al taxista e intentó abrirse paso de nuevo entre la multitud.

—Espere un momento, amigo —dijo el taxista, reteniendo a Adil. De nada servía, Adil iba a solucionar esto de una manera u otra—. ¿A dónde va con tanta prisa? ¿Se encuentra bien? ¿Está herido? ¿Necesita una ambulancia?

Eran demasiadas preguntas para que Adil las gestionara a la vez. Solo quería que pararan. Solo quería que todos se marcharan. Notaba que se volvía más irascible por momentos. El temblor provocado por la adrenalina se había convertido ahora en una rabia inducida por la ira.

—No. Estoy bien —Adil miró al hombre con furia, apretando los dientes e intimidándolo para que retrocediera.

Sin decir nada más, el taxista se hizo a un lado y permitió que Adil pasara. Hubo murmullos y preguntas por parte de los que estaban entre la multitud. Sin prestarles atención, Adil se alejó cojeando, ignorando el dolor de la pierna, que ya había remitido.

Antes de que pudiera llegar al bordillo, dos agentes de policía vestidos con chalecos de alta visibilidad se le acercaron.

Adil los reconoció al instante. Eran PC, agentes de policía.

Su presencia se había duplicado desde esta mañana; Adil había estado observando las cámaras de videovigilancia de la ciudad desde su piso y había visto un nivel sin precedentes de chalecos reflectantes pululando por las calles.

Ahora Adil no tenía a dónde correr. No tenía por dónde escapar.

—¿Cuál parece ser el problema aquí? —preguntó uno de los agentes. Era menudo y sus rasgos faciales eran oscuros y modestos bajo la luz brillante. El poli malo.

Antes de responder, Adil tomó nota mental de sus transmisores de radio sujetos a los hombros, las pistolas táser enganchadas a sus caderas y sus manos colocadas en los bolsillos del pecho.

Calibrar a sus oponentes había sido una de las primeras lecciones que había aprendido durante su entrenamiento.

—Nada —respondió Adil, con una expresión de desconcierto en la cara, esperando que eso los disuadiera.

—Está mintiendo, agentes —interrumpió el taxista, irrumpiendo frente a él—. Lo he atropellado sin querer. Estaba cruzando la calle y no lo he visto.

—¿Es esto cierto, señor? —preguntó a Adil el agente de la izquierda. Era el más alto de los dos, de hombros más anchos y espinillas más accesibles. El poli bueno.

Adil dudó unos instantes, considerando la situación, decidiendo la forma más rápida de salir de este lío.

—Está bien. No quiero armar un escándalo por todo esto —dijo Adil con la mayor calma que pudo fingir.

El agente alto arqueó una ceja y miró al otro que estaba a su lado. Se intercambiaron una mirada.

—Muy bien, señor, solo voy a necesitar tomarle algunos datos —empezó el poli malo. Adil pareció sorprendido y mostró un claro gesto de asco en su rostro—. Es solo el protocolo.

—¿Pero por qué? Ya le he dicho que estoy bien. No quiero presentar cargos, ni prestar declaración ni nada. ¡Solo ha sido un pequeño accidente! —Adil se ponía cada vez más tenso. Los músculos de su cuerpo estaban rígidos por el estrés y la ira.

—No hace falta que levante la voz, señor. Cálmese. Es solo por precaución. Ahora todo lo que necesito es su nombre y dirección. ¿Lleva alguna identificación encima?

—¡Tengo que estar en un sitio y tengo prisa! Así que, si no les importa, ¡me gustaría irme!

El agente más pequeño dio un paso al frente y dijo:

—Se lo preguntaré otra vez, señor, ¿tiene alguna identificación?

—No, no la tengo. Me la he dejado en casa, que es adonde voy ahora. Así que, ¿puedo seguir mi camino, por favor? —El estrés nadaba en su cabeza, mezclando sus pensamientos con sus palabras.

—No, ¿dónde está su...? —empezó el poli malo. Fue interrumpido por el taxista, que le puso su licencia de conducir en la cara. El agente la observó y se la pasó al poli bueno, que anotó los datos. Mirando a Adil, el agente más bajo continuó—: ¿Dónde está su casa?

—En Soho.

—¿En Soho? —repitió el poli malo. Adil asintió y esperó a que continuara—. Y dice que va de camino a casa, ¿correcto?

—Sí.

—Pero el Soho está por allí. ¿Por qué se aleja más si se dirige a su casa?

—Porque volvía al trabajo a recoger mi cartera —las frustraciones de Adil lo llevaban a cometer errores. Y los errores le llevaban a sufrir retrasos.

—¿Dónde trabaja?

—A unos diez minutos de aquí.

—A ver si lo he entendido bien. Ha salido del trabajo, se ha dado cuenta de que no tenía su cartera y ahora va de camino a recogerla. Y luego, una vez que la tenga, volverá a casa, que es donde está su identificación. No tiene su identificación en la cartera. ¿Correcto?

Adil asintió.

—¿Y tardó diez minutos en darse cuenta de que no llevaba la cartera encima?

Adil vaciló. —Sí, la guardo en la bolsa y cuando he metido la mano para coger el móvil, me he dado cuenta de que no estaba allí.

Tanto el poli bueno como el poli malo garabatearon en sus cuadernos todo lo que Adil decía.

—Muy bien, señor —dijo el agente más alto—. Pero aun así necesitaremos una dirección. Al menos la dirección del trabajo.

—Vale, ¿pero después me puedo ir?

—Sí.

—Trabajo como locutor en una pequeña empresa de radio en Covent Garden. 123,98 FM. Búsquenlo —dijo Adil y esperó. Esperaba haber urdido una mentira lo suficientemente convincente. Esperaba que la historia de la radio explicara el micrófono que tenía en la mano—. Y me llamo Jake. Jake Isaac Tanner.

Finalmente, tras pasar unos instantes intentando deletrear Isaac, el agente terminó y miró a Adil. —Gracias. —Se guardó el cuaderno en el bolsillo—. Creo que tenemos todo lo que necesitamos. Puede irse.

Adil miró a su alrededor. Dedicó una última mirada al taxista y a los dos agentes de policía antes de marcharse. Se arregló la ropa como muestra de reafirmación y se alejó en silencio.

Mientras desaparecía calle abajo, podía sentir cómo lo seguían con la mirada. No se atrevió a mirar atrás; ya les había dado motivos suficientes para considerarlo sospechoso sin necesidad de añadir otro.

Manteniendo la cabeza baja, dobló la esquina y se atrevió a echar un vistazo atrás, por si los agentes lo habían seguido. No había nadie allí.

Se estaba volviendo paranoico.

Se odiaba a sí mismo por haber hecho aquella pequeña maniobra.

«Si lo hubieras dejado todo como estaba, esto no habría pasado», pensó.

No necesitaba asustar a todos los pasajeros del Heathrow Express haciéndoles creer que tenían el poder de detonar otro tren.

No necesitaba colocar en secreto otro detonador en algún otro lugar del tren con la esperanza de que Moshat lo encontrara.

No necesitaba poner ese poder incontrolable en las manos inexpertas de su hermano.

No había nada que pudiera hacer al respecto ahora. El daño ya estaba hecho.

En su lugar, Adil se centró en el objetivo que tenía entre manos y consultó su reloj.

Estaba a un minuto de distancia.

Y con cinco minutos de retraso.