Capítulo 6
M amadou irrumpió por las puertas giratorias del Royal London Hospital y entró en la zona de recepción.
Estaba sin aliento y le dolían los pies de la carrera entre el aparcamiento y la entrada del edificio.
Por mucho que le pesara admitirlo, ya no era tan joven ni estaba tan en forma como antes.
Resignado a un escritorio por lo que le quedaba de carrera, decidió que tendría que dejar la comida rápida barata y el café; ninguna de las dos cosas era buena para su corazón.
—Perdone —dijo, jadeando ante la recepcionista vestida con el uniforme azul claro del NHS.
Ella le miró; las gafas le cubrían casi toda la cara—.
Soy el comisario jefe Kuhoba, del Mando Antiterrorista de la Policía Metropolitana de Londres.
Mi madre, la señora Gloria Kuhoba, acaba de ser ingresada aquí.
Ha sufrido un ataque al corazón. ¿Podría decirme por favor a dónde ir?
—Gracias —dijo Mamadou, apresurándose hacia el ascensor, con su placa en la mano mientras corría.
Pulsó frenéticamente el botón de subida del ascensor, como si eso fuera a invocar la cabina más rápido. Unos segundos después, las puertas se abrieron y Mamadou entró de un salto; el sistema hidráulico de las poleas rebotó bajo su peso.
—Vamos. Vamos —rogaba Mamadou, caminando de un lado a otro.
En cuanto las puertas se abrieron en la planta de cirugía general, Mamadou salió disparado. Abrumado por las dimensiones del edificio, recorrió las salas de arriba abajo, y su ritmo y sus temores se multiplicaban con cada paso.
—¿Hola? —gritó, mirando pasillo arriba y pasillo abajo. No había nadie cerca, nadie que pudiera ayudarle, nadie que pudiera despertarle de aquella pesadilla, consolarle y decirle que no era más que un mal sueño.
Finalmente, mientras Mamadou seguía esprintando, moviendo la cabeza a izquierda y derecha y asomándose a las habitaciones individuales, divisó a alguien de uniforme. Le gritó y la persona se acercó a él caminando despacio.
—¿Puedo ayudarle, señor?
—Mi madre —dijo Mamadou, incapaz de continuar. Su voz no era más que un silbido ronco y los pulmones le ardían. Tras detenerse un momento para recuperar el aliento, Mamadou explicó la situación.
El enfermero, un joven de pelo largo negro y complexión delgada y fibrosa, le condujo hasta el final del pasillo y le indicó la dirección correcta. Mamadou siguió sus instrucciones y llegó a otra zona de recepción más pequeña. Por tercera vez, explicó la situación.
—La señora Kuhoba está en quirófano en este momento, señor. Me temo que debe tomar asiento en la zona de espera hasta que el médico o una enfermera estén disponibles para darle más información —susurró la segunda recepcionista.
—¡No! —gritó Mamadou, con el cuerpo tenso de rabia—. Exijo ver a mi madre ahora . En su defecto, exijo hablar con alguien lo bastante cualificado como para decirme qué está pasando.
La voz de Mamadou resonó por los pasillos. Otras enfermeras, que realizaban sus tareas cotidianas distraídamente, se giraron y le miraron. No le importaba lo que pensaran de él; la vida de su madre corría peligro y haría todo lo posible para ayudarla de cualquier manera.
—Señor, si no se calma, voy a tener que llamar a seguridad. —La mujer tras el mostrador alargó la mano hacia el teléfono y se lo llevó a la oreja.
—Escuche —dijo Mamadou, consciente de que el daño ya estaba hecho—. Por favor, no llame a seguridad. Me calmaré y me sentaré en algún sitio. ¿Puede decirle a alguien que he llegado y que necesito respuestas?
—Haré lo que pueda.
Mamadou le dio las gracias y se sentó en la zona de espera.
Sacó el móvil del bolsillo. Tenía dos llamadas perdidas y tres mensajes de texto.
Todos eran de Jake. Mamadou los repasó con el pulgar.
Jake le había estado informando de los progresos, y hasta el momento no había nada que reportar.
Por mucho que Mamadou quisiera centrarse en el trabajo, se sentía distraído por los pensamientos paralizantes de su madre tendida en la cama del hospital, inconsciente, con el pecho abierto.
En la esquina superior de la sala, colgada de la pared, había una vieja televisión de tubo.
Estaban dando las noticias y Mamadou echó mano al mando del televisor, que estaba bajo una pila de revistas de salud y estilo de vida.
Odiaba la ironía descarada que le estaban restregando por la cara y subió el volumen.
Si Londres sufría un ataque, se enteraría al mismo tiempo que el resto del mundo.
El Mando Antiterrorista se encontraba en un estado de ligero caos.
En los minutos posteriores a la partida de Mamadou, todo el mundo en la oficina estaba o bien de pie, o bien pegado a su asiento, tecleando frenéticamente o hablando con claridad y brusquedad por teléfono con algún colega en otro lugar del edificio.
Jake se mantenía en la periferia del revuelo, sin saber muy bien cómo proceder.
El correo electrónico le había minado la confianza.
Por suerte para Jake, su respuesta pasó a su lado en la persona de la subcomisaria Dame Frances Walken, que supervisaba la división de Operaciones Especiales del Servicio de Policía Metropolitana de Londres, lo que también significaba que estaba a cargo del CTC.
La había visto deambular por el edificio, a menudo acompañada por sus dos adjuntos, Simon Ashdown y Susanna King, pero nunca la había visto en persona hasta ahora.
Era una figura elusiva, siempre en reuniones con otros miembros veteranos del cuerpo o en reuniones del CObrA con los políticos y representantes institucionales más poderosos del país.
Dame Frances Walken era una mujer de edad avanzada.
Su pelo estaba surcado por mechones grises que reflejaban la luz y le recordaban a Jake a Tormenta, la de la serie X-Men .
Su aspecto exterior parecía imperturbable ante nada y, cuando caminaba, era como si se deslizara por el suelo, manteniendo la espalda recta y la mirada al frente.
Al pasar junto a Jake, este habría jurado sentir una brisa fría que le erizó el vello de los brazos.
La percepción que tenía de ella ya se había formado antes incluso de que ella pudiera hablar.
Un ruido a su izquierda le distrajo. Tyler apareció tras una puerta, con el pelo desaliñado y alborotado.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Jake a su compañero.
—Intentar detenerla. —Tyler señaló con la cabeza en dirección a Frances.
—¿Qué ha pasado?
—No le ha sentado bien que le dijeran que Mamadou llegaría tarde.
Luego les ha echado un vistazo a sus correos y ha subido aquí hecha una furia —explicó Tyler.
Se puso al lado de Jake y los dos observaron cómo Frances se detenía al frente de la sala y se encaraba con todos los presentes en la oficina.
—Oh, mierda —susurró Jake—. Tengo un mal presentimiento sobre esto.