MARC #2
—Eres un ser humano despreciable —espeta.
—Y tú un capullo arrogante. Ahora no te sientes tan superior, ¿verdad?
—No seas ridícula. La que va siempre mirando por encima del hombro a los demás eres tú, como si tu falta de moral fuera razón para sentirte orgullosa.
—¿Tú, que vives a costa de las desgracias ajenas, hablas de moral? Comentáis las noticias como si los involucrados fueran personajes de una película, como si sus problemas y desdichas fuesen giros de guion de una trama que podéis hacer y deshacer a vuestro antojo.
Estoy harta de que se crea mejor que yo. ¿Es que no se da cuenta de que su programa de tertulianos es muchísimo más amarillista que el mío? ¿En serio vive tan cegado?
—Eres la persona más hipócrita que he conocido en mi vida —asegura—.
¿Qué se siente al haber escalado en tu carrera a costa de tapar delitos ajenos?
¿Eres capaz de dormir por las noches sabiendo que eres cómplice de las agresiones que cometió tu predecesor?
Si callas, no eres mejor que él. Sois una mafia de desalmados a los que solo les preocupa la imagen y la audiencia.
Os da igual todo con tal de seguir en el aire.
Odio reconocer que me deja sin habla. Sus palabras escuecen.
En todas nuestras peleas verbales, era yo la que lanzaba dardos, mientras él se limitaba a hacer comentarios crueles, pero velados.
Nunca había hablado tan claro ni durante tanto tiempo de mí ni de mi trabajo.
Y de todos los temas que podía haber escogido, ha ido a dar con el único en el que lleva razón.
No, no duermo bien por las noches. Sí, ya sé que soy cómplice de cosas horribles. Pero me niego a admitirlo ante Marc. Mantengo el odio que siento por él a flote para que no descubra cuánto me ha afectado. Lo último que quiero es echarme a llorar delante de este insensible.
La situación entre nosotros es tan tensa que podría cortarse con un cuchillo. Estamos muy cerca, lanzándonos dagas con los ojos. Sin embargo, el silencio se instaura como un muro entre los dos y ninguno se anima a romperlo con más palabras hirientes.
—Lena, ¡te estaba buscando! —grita alguien de pronto—. Necesito tu ayuda. ¿Me acompañas al baño, por favor?
Parpadeo despacio, como si estuviera saliendo de una pesadilla, y me aparto de Marc. Me encuentro con Gabriela Montera, una de las actrices del momento. Aparece en el pasillo, con su despampanante melena rubia sobre un hombro y un rostro dulce de facciones perfectas que destila amabilidad.
Al llegar a mi lado, engancha nuestros brazos y me aparta de Marc.
—Lo siento, me la tengo que llevar —le dice por encima del hombro cuando ya nos estamos alejando.
El interior del aseo es igual de espectacular que el resto del hotel. La zona de los lavabos es tan grande que incluso tiene un par de sillones circulares, tapizados en terciopelo rojo y ribeteados en oro, para que vayan a juego con los marcos barrocos de los espejos.
Gabriela se sienta y da palmaditas a su lado para que la acompañe.
No sé qué espera de mí, pero tengo muy interiorizado que quedar bien con los famosos es importante para mi trabajo, así que hago un esfuerzo sobrehumano para recomponerme.
Esbozo mi mejor sonrisa fingida, la que usaba como reportera en las alfombras rojas y los photocalls .
Así conocí a Gabriela. Su nombre empezó a sonar con su debut como protagonista en la gran pantalla al tiempo que yo me estrenaba en ese puesto.
En la primera entrevista que le hice, no se sabía cuál de las dos estaba más nerviosa.
Su fama ha crecido muchísimo y, aun así, hasta que empecé como presentadora, siempre me reservaba unos minutos para darme contenido de calidad.
—¿Te encuentras bien? —pregunta.
—Sí, claro. ¿Qué necesitas?
Por su apariencia, siempre tan bien vestida y maquillada, Gabriela parece mayor que yo. La risita que suelta, en cambio, evidencia su juventud. Si no recuerdo mal, en unos meses cumple veintiuno.
—Solo era una excusa —admite—. Reconozco a una chica en busca de una vía de escape cuando la veo.
—Gracias —respondo, sorprendida—. No esperaba que recordaras mi nombre.
—¿Estás de broma? ¡Eres la mejor periodista de la prensa del corazón! ¿Cómo no voy a recordarte? Siempre le pido a mi agente que, si tengo que hablar con alguien, sea contigo.
—¿En serio?
—¡Te lo juro! Este mundillo puede estar lleno de víboras, pero eso no quita que también haya buenas personas. Por eso me aferro a ellas en cuanto las encuentro. Cuando empiezas a ser conocida, es importante rodearte de gente noble.
La contraposición de sus palabras con lo que me acaba de soltar Marc hace que mi autocontrol flaquee.
Odio llorar delante de desconocidos, pero, en este baño pijo, sintiéndome completamente fuera de lugar entre tanto lujo y con una actriz a la que conocen en todo el país, me rompo.
Las lágrimas me caen por las mejillas fuera de control y, sin dudarlo ni un instante, Gabriela me abraza.
Me gustaría ser de esas chicas capaces de llorar de forma mona, pero no. Yo lloro con hipidos y mocos, muchos mocos. Aun así, Gabriela no me suelta. Me acaricia la espalda de un modo un tanto maternal y me susurra que no pasa nada, que deje ir todo lo malo.
Esta situación debería avergonzarme (con otra persona lo habría hecho), pero Gabriela lo hace parecer tan natural que es imposible sentirme incómoda.
Cuando me quedo sin lágrimas y toda la tensión de los últimos minutos ha desaparecido de mi cuerpo, me separo de ella. Su sonrisa es amable y comprensiva.
—Creo que esto ya rompe la barrera que quedaba entre nosotras —dice.
—¿Había una barrera?
—¡Por supuesto! Siempre hay una entre la profesionalidad y la amistad. —Debe ver la confusión en mi cara, porque añade—: Eso significa, Lena Martín, que ya somos oficialmente amigas.
Su contundencia me hace reír. Suena bien tener una amiga en el mundillo, una cara familiar a quien acercarme en las fiestas sin sentir que estorbo, alguien con quien despotricar después de todas las injusticias que vemos o de los cotilleos que descubrimos.
Gabriela me ayuda a limpiar las manchas de la ropa (no salen del todo, pero las disimulamos bastante bien) y me arregla el maquillaje para que nadie note que he llorado.
Sabía que era una chica talentosa, agradable y con los pies en la Tierra, pero en el rato que pasamos allí averiguo que también es graciosa y ocurrente.
Me pide el número de teléfono y me promete que pronto tomaremos un café.
Cuando salimos del baño, estoy mucho más relajada. No tengo ni idea de si Marc sigue en la fiesta, pero, por suerte, no vuelvo a verlo.