Sin razones para odiarnos MARC
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MARC

LENA

Me mira con la boca abierta y las mejillas coloradas. Está tan avergonzado que ni siquiera parece darse cuenta de quién soy, pero me da igual: estoy terriblemente cabreada. Aunque me tiende la mano para ayudarme a levantarme, se la aparto con un golpe y me pongo en pie solita.

Me saco un canapé del escote; el resto se caen por la gracia de la gravedad.

Mi ropa blanca está llena de manchas y, si no tuviera tantas ganas de matarlo, me echaría a llorar.

Solo quería ir al baño y, en lugar de eso, he acabado llena de salsa.

Por lo menos estamos lo bastante alejados como para no llamar la atención.

—¿Te has propuesto amargarme la existencia? —gruño. Odio que me saque más de una cabeza, porque me obliga a levantar la barbilla para mirarlo a los ojos.

—Iba a disculparme, porque realmente lo siento, pero es imposible ser amable contigo.

—¿Amable, tú? —Suelto una carcajada irónica—. Si existiese un premio de amabilidad, a ti ni siquiera te darían el de consola ción.

—Mira quién fue a hablar.

Va a cruzarse de brazos, pero recuerda que lleva una bandeja vacía en la mano y vuelve a bajarlos.

Lo miro con expresión burlona y, posiblemente, un poco cruel. No soy la clase de chica que se mete con la gente por su forma de ser, vivir o vestir; mucho menos por su nivel socioeconómico. Con Marc, sin embargo, lo de ser mala persona me sale natural.

—¿Se puede saber qué haces aquí? Pensaba que los periodistas serios como tú no venían a fiestas superficiales y bobas. ¿Y encima con esas pintas? ¿Hay que darte clases de estilismo con urgencia o es que te va tan mal como periodista que necesitas un segundo empleo de camarero?

Las burlas cobran un nuevo significado cuando, en lugar de responderme, aprieta los labios y enrojece.

Lo miro de arriba abajo. Lleva un traje negro que le queda pequeño y, aun así, le sienta mejor de lo que debería. Se parece al uniforme de los camareros, pero no es exactamente igual. La chaqueta tiene un corte diferente y le falta la pajarita.

Bajo mis pies, los canapés crujen. Es imposible que le estén pagando por esto, porque se le da fatal. Una idea ridícula se forma en mi cabeza y la risa empieza a subirme por la garganta.

—Espera, ¿te has colado? —pregunto atónita, porque es una estupidez. Sin embargo, su expresión me confirma que es cierto—. Oh, Dios mío, ¡te has colado! ¡No me lo puedo creer!

La escena catastrófica se convierte en uno de los mejores momentos del día. Me echo a reír de verdad, con carcajadas sonoras y lágrimas en los ojos. Esto es buenísimo.

A Marc, sin embargo, no le hace tanta gracia. Sigue con la cara rojísima, no sé si de vergüenza o de enfado. Observa a nuestro alrededor, porque algunas miradas empiezan a centrarse en nosotros.

—Deja de dar el cante —dice, bajando la voz. Después, me agarra del brazo y me arrastra lejos de la gente.

El estropicio del suelo se queda intacto y me siento mal por el pobre empleado que tenga que limpiarlo.

Mi posible secuestrador abandona la bandeja en la primera superficie que encuentra (un pequeño aparador con un jarrón clásico enorme y un ramo de flores rosas aún más grande; sin duda, un sitio donde no debería haber una bandeja) y, así, se deshace de la evidencia que lo incrimina en el delito.

Supongo que el desperdicio de canapés no es tan importante como para que busquen huellas y lo detengan, aunque me habría encantado ver cómo lo pillan y le dan un buen susto. Lo tendría bien merecido por mancharme.

Acabamos en el amplio pasillo hacia los servicios. Me zafo de él en cuanto nos quedamos a solas y lo miro con toda la furia que llevo dentro.

Marc extiende un brazo hacia mí y la intención que parece tener de tocarme hace que me quede rígida.

De pronto soy demasiado consciente de que es la primera vez que estamos tan apartados del resto; normalmente, las discusiones son en campo abierto, en mitad de la redacción o del plató.

No sé qué pretende y, por mucho que nunca me haya parecido un tío agresivo, el miedo me invade.

Me doy cuenta de que, tras soltarme, solo me he alejado de él un par de zancadas.

Su mano, repentinamente cerca, se ve gigantesca en comparación con mi cara.

Es alto y, bajo esa chaqueta enana, hay más músculos de los que debería tener un cuerpo humano.

Si quisiera hacerme algo, no podría escapar.

Mi única salvación sería gritar, pero me siento entumecida, como si mi alma estuviera separándose de mi cuerpo para ver la escena como un personaje secundario en lugar de vivirla.

Son apenas un par de segundos de angustia en los que se me pasan mil situaciones por la cabeza. Eso es más que suficiente para que el corazón se me acelere y me invada un asqueroso sudor frío.

—Si quieres descuartizarme para deshacerte de mí, este no es un buen lugar. Ahí fuera hay muchísima gente y sabrán enseguida que falto.

Es mentira, pero no tiene por qué saberlo. En esta fiesta habrá, como mucho, media docena de personas que sepan mi nombre y ninguna de ellas me echará en falta.

Marc suspira, tan hastiado que dudo que pueda seguir soportando mis ocurrencias.

Su mano llega a mi cabeza y me roza el pelo.

El gesto no dura más que un instante, aunque lo vivo como si el tiempo estuviera ralentizado.

Entonces, me enseña un trozo de hojaldre con queso crema a las finas hierbas y salmón ahumado.

—Tenías un canapé —explica. Después, se aleja para tirarlo en la papelera de la esquina, ajeno al momento de pánico extremo que acabo de vivir.

—No deberías arrinconar así a una chica —me quejo cuando recupero la cordura—. Estaba a punto de darte una patada en los huevos y salir corriendo.

Otra mentira: estaba demasiado paralizada para pelear.

Marc se queda muy quieto, observándome desde el otro lado del pasillo. Me desespera que no diga nada (llevo fatal los silencios incómodos), así que vuelvo a hablar.

—¿Quieres algo o solo has venido para estropearme la mañana?

Para ti esto será una tontería, pero para mí es trabajo.

Aunque tu cerebro de mosquito no lo pille, tengo que volver ahí afuera por el bien de mi carrera.

—Bajo la vista hasta las manchas de mi ropa y mascullo—: Si antes consigo limpiar este desastre. Como la jefa me vea así me va a matar.

—¿Puedes, por favor, dejar de ser una narcisista durante un instante? Esto es serio.

—¿Un asunto serio en una fiesta llena de famosos? Vaya, eso te estará escociendo.

—Eres insufrible.

Parece que está a punto de reventarle una vena del cuello. Creo que es la primera vez que lo veo tan fuera de sí, con la mirada nerviosa, la piel sonrosada y los puños tan apretados que seguro que se está dejando marcas de uñas en las palmas.

Es exasperante que, incluso así, parezca más sereno que yo en mis discusiones más pacíficas. De hecho, de no ser por la cantidad de peleas que hemos tenido ni siquiera podría distinguir todas esas pequeñas señales que indican que está a un desplante más de sufrir un síncope.

Si fuera mejor persona, diría que al verlo así me dan ganas de apiadarme de él. En realidad, el único motivo por el que decido ceder es que quiero marcharme cuanto antes.

—Está bien —concedo—, dime qué es lo que quieres. Porque asumo que no me has traído aquí simplemente para insultarme.

Marc se sorprende al descubrir que puedo ser civilizada a su alrededor, aunque el gesto dura una milésima de segundo. Enseguida vuelve a mostrar su típica cara de ceño fruncido y mandíbula apretada.

—No le puedes contar a nadie que me has visto aquí.

—¿Tanto te preocupa que te vean en una fiesta de estas? Y después soy yo la que se lleva la etiqueta de narcisista.

—Debí haber imaginado que no se podría tener una conversación de adultos contigo.

—No me vengas con esas, tiburón. Eres tú el que se pasa la vida criticando la prensa rosa y, ahora, sin venir a cuento, te cuelas en una de nuestras fiestas y pretendes ¿qué, exactamente? ¿Que te haga un favor?

—No es un favor. —Está tan a la defensiva que incluso él se da cuenta de lo irrisorio que suena—. Yo también estoy trabajando, aunque no lo creas, y no puedo permitirme montar una escena como la de antes. Así que, por favor, finge que no me has visto y sigamos cada uno por nuestro camino.

Esta conversación no tiene ningún sentido.

¿Por qué tanta insistencia en que nadie descubra que está aquí?

Se supone que este es el periodista inteligente de la cadena; debería haber sabido que iba a encontrarse con varias personas de la productora.

No puede haber sido tan estúpido como para venir con la confianza de esquivarlos a todos.

A menos que el problema no sea que lo vean en la fiesta, sino que descubran cómo ha entrado.

Si divulgo por la oficina que se ha hecho pasar por un camarero para colarse, su reputación de profesional discreto e intachable quedará en entredicho.

De jará de ser el tiburón que siempre sabe dónde está la noticia para convertirse en el periodista que tuvo que incumplir las normas y engañar al hotel para entrar en un sitio en el que no lo querían.

Aunque parece una tontería gigantesca, lo conozco y sé que, para Marc, mantener la imagen de hombre íntegro que siempre sigue las normas es muy importante. Gracias a una bandeja de canapés, ahora tengo el poder para echarla a perder.

La sonrisa que esbozo es más demoníaca que amable. No debería disfrutar tanto de verlo nervioso, pero esta es una de esas situaciones que solo se dan una vez en la vida; tengo que aprovecharla.

—Puedo fingir que no te he visto e ignorarte lo que queda de fiesta —digo con sinceridad, aunque Marc es lo bastante inteligente como para no relajarse—.

Sin embargo, en la oficina… Verte entrar con ese minúsculo y falso uniforme de camarero y tu inutilidad para llevar una bandeja es una historia demasiado jugosa para no contarla.

Rechina los dientes y se acerca un paso más a mí. Esta vez, no me intimida; sé lo que es discutir con él y es algo a lo que puedo enfrentarme.