Sin razones para odiarnos Marc #2
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Marc #2

A pesar de estar ocupada, responde enseguida.

Espero que le valga.

Vas a tener que venir a casa para ponérselo,

porque me matará si lo intento yo.

Lena lo lee, pero no responde. Vuelvo a mi mesa con el miedo renovado de estar forzando las cosas.

Me distraigo con el trabajo para no comerme la cabeza.

Escribo un par de correos electrónicos para concertar entrevistas y analizo los últimos informes comparativos de presupuestos corporativos para el programa de mañana.

Los datos, las investigaciones y los ajustes de guion me absorben.

Ha pasado un buen rato cuando el móvil vuelve a sonarme con el tono que elegí para Lena.

¿Nos vemos en el plató?

Las ganas de verla me hacen levantarme sin tan siquiera responder. La encuentro ya allí, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en uno de los sofás de su programa.

—¿Qué tal el trabajo? —pregunta mientras me acerco.

—El jefe sigue insistiendo con el tema de Otendix, así que no muy bien.

—¿Te acuerdas de la modelo que te comenté? Ha estado fuera del país, pero ya ha vuelto. Hablaré mañana con ella.

—Gracias. Me salvas el reportaje —digo, sin saber si sentarme o quedarme de pie. ¿La distancia entre nosotros es real o me la estoy imaginando?

—No te hagas muchas ilusiones, Marc. —Y ahora encima me llama por mi nombre, genial—. Está decepcionada conmigo por no haber contado su historia en Directo al corazón , así que no sé cómo de dispuesta estará a confiar en otro periodista.

—Seguro que te la ganas enseguida.

—¿Con mi careta de periodista del corazón? —bromea, con un brillo travieso en la mirada.

—Más bien con tu desparpajo natural.

Tras el halago, sonríe de verdad y la expresión se me pega como si hacerla feliz fuera el único modo de serlo yo también.

Lena me hace un gesto para que me siente a su lado.

Por mucho que desee pegarme a ella, dejo un espacio entre nosotros.

Juega con uno de sus anillos y no aparta la atención de ellos.

Yo también sigo con la mirada el recorrido de sus dedos, sintiéndome ridículo por la imperiosa necesidad de entender lo que piensa.

El silencio entre nosotros es pesado, como si cada palabra no dicha se convirtiera en una piedra más que nos hunde.

—Gracias por el regalo para Michifú —digo para aligerar el ambiente.

—Ahora tienes tu propio Michi Mouse.

Me mira de reojo mientras habla, aunque enseguida aparta la vista otra vez. Finjo que no me importa, que esto es normal, y le sigo el rollo:

—Ese gato ya da bastante miedo como para encima convertirlo en mi mayor pesadilla.

—En realidad era un regalo de disculpa.

—¿Por qué tenías que disculparte con Michi?

Lena pone los ojos en blanco, pero sonríe.

—Por dejarlo ir solo contigo al veterinario —se burla—. Seguro que sufrió muchísimo.

—Eso dímelo a mí —mascullo mientras me llevo la mano a la mejilla y me froto el rastro que queda de la herida.

Lena me mira y ve la finísima línea blanquecina por primera vez.

—¿Te arañó?

—Un riesgo que tengo que correr cada vez que le toca revisión.

Levanta el brazo para tocarme y aguanto la respiración.

Su mano se detiene a escasos centímetros de mi cara.

Después, la baja con rapidez, como si hubiese sido un acto reflejo y, en realidad, el mero contacto pudiera quemarla.

Aun así, el movimiento me da esperanza. Tal vez no está tan lejos de mí como creo.

—Quería disculparme contigo por irme tan rápido el sábado —reconoce, con la vista clavada otra vez en los anillos—. De pronto todo fue demasiado, necesitaba aire.

—Lo que pasó no tiene por qué cambiar nada —aseguro, repitiendo sus palabras.

Alza la vista y nuestros ojos se encuentran.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Que todo siga igual? —La voz le tiembla ligeramente.

Me tomo un momento para responder, pero ella no aparta la mirada. Parece dolida, aunque no sé si conmigo o consigo misma.

—Qué va. Quiero mucho más de lo que tenemos —respondo con suavidad—. Pero no pasa nada si tú no.

Mi corazón late con tanta fuerza que no me extrañaría que pudiera oírlo. Quiero decirle que cualquier opción que elija me parece bien, que quiero caminar a su lado al ritmo que ella decida, pero no sé cómo hacerlo sin que parezca que estoy presionándola.

Tarda unos segundos en responder, y cuando lo hace, su voz es tan baja que casi me pierdo las palabras.

—¿Y cómo sé lo que es nuestro y lo que es para los seguidores?

—Cielo, hace semanas que todo lo que hay entre nosotros es solo nuestro.

—Atrapo un mechón castaño entre los dedos y Lena cierra los ojos—.

No hace falta poner etiquetas. Somo solo Lena y Marc, sin mentiras ni complicaciones.

Podemos continuar con lo que nos haga sentir bien y ver a dónde vamos, sin prisa. ¿Qué te parece?

Me pilla por sorpresa cuando se echa encima de mí y me abraza. La envuelvo por la cintura y la estrecho con fuerza. Afianza las manos alrededor de mi cuello y entierra la cara en él. Su aliento me hace cosquillas y sonrío contra su pelo.

—¿Podemos olvidar mi momento de pánico, por favor? —Sus labios me rozan con cada palabra.

—¿También quieres olvidar el sábado?

Esboza una sonrisa que me vuelve completamente loco.

—Solo la parte en la que salí corriendo de tu casa. —Con su boca volando sobre la mía, añade—: La mañana no la olvidaría ni loca.

Acaba con la breve distancia entre nosotros y me besa. Es algo lento y superficial, un gesto tan frágil como efímero que sabe a comienzos y promesas. No necesito nada más, solo saber que, sin importar el punto en el que estemos ahora, la posibilidad de un futuro juntos está sobre la mesa.

De pronto, una voz que hace que me hierva la sangre nos sobresalta y nos obliga a apartarnos.

—¿No tenéis un trabajo que hacer, tortolitos?

Arnau aparece con una sonrisa burlona que, de ser una persona violenta, estaría encantado de borrarle de un puñetazo. Con la mandíbula tensa y el ceño fruncido, me pongo en pie y le tiendo la mano a Lena, que la acepta sin dudar.

—Ya nos íbamos —digo, de mala gana, mientras nos alejamos.

—¡No os estaba echando! Solo vengo a por unas sillas.

—Que te den —mascullo.

Al parecer, mi voz sale más alta de lo que pretendía, porque Arnau se ríe y tiene el descaro de preguntar: —¿Sigues enfadado por el programa del otro día, Noguera? ¡No era nada personal!

Lena debe notar cómo aumenta mi mal humor, porque me da un apretón cariñoso en la mano y sale en mi defensa.

—No intentes justificar tu cagada, Arnau.

—¡Venga ya, preciosa! Si la audiencia subió como la espuma. ¡Y ya verás cómo sigue aumentando cuando mi nueva fuente me dé otra exclusiva!

Tiene que estar hablando de Ali. Rechino los dientes y hago todo lo posible por ignorarlo mientras tiro de mi chica para salir de aquí cuanto antes. No puedo prometer que vaya a mantener la compostura un solo segundo más si ese imbécil sigue hablando.

—¿De qué iba eso? —pregunta Lena en cuanto estamos fuera del plató.

Me paso la mano libre por el pelo antes de contarle que su colega ha estado molestando a mi hermana.

Por muy bien que me sienta junto a Lena, hay demasiados periodistas despreciables en la prensa rosa contra los que aún tengo que luchar y, por desgracia, este no parece dispuesto a rendirse hasta que me hunda en el fango.