Sin razones para odiarnos Marc
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Marc

Al llegar a casa el domingo por la tarde me encuentro a Ali sentada en la isla de la cocina comiendo un trozo de la tarta de queso de Lena, con Michi lamiéndose una pata a su lado.

—Esto está increíble —dice, sin tan siquiera saludar. Después, me señala la mejilla con la cuchara—. ¿Qué te ha pasado?

—Una pelea con una criatura demoníaca. —Fulmino a Michifú con la mirada, pero pasa de mí.

—¿No era una simple revisión?

—Revisión y vacuna —confirmo—. La veterinaria me dijo que a la próxima lo lleve con alguien que le caiga bien para no estresarlo.

—Tenías que haber llevado a Lena.

—También me lo dijo. Era una fan.

Mi mueca hace que Ali se muera de risa. Ayer fue la primera vez que alguien me reconoció y, aunque fue raro, no perdí la cabeza. Puede que incluso me hiciera sentir un poco orgulloso que una desconocida supiera que mi novia es increíble.

Cuando Alicia se levanta, recojo lo que ha ensuciado (con un gato en casa jamás se pueden dejar restos de comida por ahí) y después nos tiramos los dos en el sofá.

Solo entonces me doy cuenta de que tiene ojeras y los labios llenos de pielecillas por mordérselos, una manía que aparece cuando está nerviosa.

—¿Te encuentras bien? —pregunto, preocupado, cuando me esquiva la mirada.

—Tengo que decirte algo. Odio tener que darte más problemas, pero…

—Puedes contarme lo que sea, Ali. ¿Qué ha pasado?

—Me ha hablado el periodista ese del programa de Lena, Arnau —reconoce, con tono derrotado—. No sé cómo ha conseguido mi número, pero me ha llamado varias veces y me ha escrito por WhatsApp.

La furia me inunda. ¿Cómo se atreve, después de exponerla en directo, a contactarla? Me controlo para no gritar cuando pregunto: —¿Has hablado con él?

—¡Claro que no! No sé qué hacer. ¿Lo bloqueo y ya? ¿Le digo que me deje en paz? Me da igual que hable de mí y de la leucemia, pero cada vez que me llega una notificación suya tengo miedo de que haya descubierto algo sobre… —Baja la mirada y la voz, pese a estar solos en casa—. Ya sabes sobre quién.

Suspiro y me paso la mano por el pelo. No sé por qué Arnau la ha tomado conmigo.

¿Será por Lena? ¿Estará celoso porque la hicieron presentadora con tan poca experiencia?

Tal vez, simplemente sea mala persona y no haya más explicación.

Que mi chica sea una periodista fiable no significa que no esté rodeada de alguna que otra víbora que haría lo que fuera por la audiencia.

—Voy a hablar con Lena —comento; aunque me gustaría enfrentarme a Arnau, solo serviría para estropearlo todo más—. Ella sabe manejar mejor estas situaciones.

—Marqui, para que Lena entienda por qué esto es tan peligroso vas a tener que hablarle del innombrable —dice, despacio, como si no entendiera a qué me estoy comprometiendo.

—Lena ya lo sabe.

—Lo sabe.

—Sí, se lo conté y…

—Se lo contaste.

Frunzo el ceño.

—¿Puedes parar de repetir todo lo que digo?

—Lo siento, estoy demasiado sorprendida. ¿En serio se lo has contado? ¿Todo?

—Sí, Ali, todo. Deja de mirarme así, por favor.

Los ojos como platos dan paso a una sonrisa y, un instante después, se abalanza sobre mí.

—¡Es la primera persona a la que se lo cuentas! Sabía que Lena era la chica perfecta. Estoy muy orgullosa y feliz por ti, Marqui.

Le devuelvo el abrazo y, muy a mi pesar, sonrío también.

Ayer Lena se marchó demasiado rápido cuando llegó Víctor y mañana tiene una reunión fuera de la oficina a primera hora, así que tampoco podré pasar a recogerla. Aunque nos hemos escrito, no es suficiente. ¿Quién me iba a decir que echaría de menos a una chica por no verla en un par de días?

También me asusta que sus planes con Gabriela Montera fueran una excusa para poner distancia.

Se despidió sonriente, pero la prisa que mostró no tenía nada que ver con la calma de antes.

Me aterroriza que se arrepienta o que sea demasiado para ella.

Estoy intentando no comerme demasiado la cabeza hasta volver a verla en persona, pero no puedo olvidar que me pidió que no cambiara nada, cuando, en realidad, ya ha cambiado todo.

Ali tarda un rato más en marcharse de mi casa; le encanta apoderarse de mi sofá y de mi gato.

—Si Arnau vuelve a llamarte o escribirte, me lo dices. De momento, ignóralo —le pido al despedirnos.

Ese periodista de pacotilla me da muy mala espina y, metiéndose con mi familia, no hace más que empeorar la imagen que ya tenía de él. Puede decir lo que quiera de mí, pero que no se le ocurra ir a por la gente a la que quiero.

Debería escribirle a Lena para contárselo, pero no tengo claro en qué situación estamos y me resulta incómodo hacerlo por mensaje. Ninguno hemos mencionado la mañana de ayer y no dejo de darle vueltas a la idea de que, al salir de nuestra burbuja, la realidad le haya hecho replanteárselo todo.

Mi miedo sigue presente al día siguiente, cuando en la reunión matinal recibo un mensaje inesperado: ¿Cuánto le mide la cabeza a Michi?

Frunzo el ceño mientras el jefe sigue repasando datos de audiencia y objetivos para los próximos meses. Si la petición hubiera llegado de otra persona, me habría preocupado. Siendo ella, lo encuentro extrañamente coherente.

No sé cuánto le mide la cabeza al gato

No debería responder mensajes en mitad de una reunión porque tengo que luchar para ocultar la sonrisa que tironea de mis labios.

No voy por casa persiguiéndolo con un metro, Lena. Me arrancaría un ojo antes de dejar que me acercara.

¿Más o menos como una naranja? ¿Un kiwi?

Me lo pienso. Porque es Lena y siento un deseo irracional de darle todo lo que pide.

Así que, mientras mis colegas debaten sobre las noticias de política internacional del programa de mañana, yo me imagino la cabeza de Michifú y la comparo con frutas.

¿Debería asustarme lo que esta mujer está haciendo conmigo?

Más como una manzana grande, creo.

¡Es una sorpresa!

¿Por qué quieres saberlo?

No vuelve a escribirme, aunque me quedo unos segundos de más mirando la pantalla, por si acaso.

—Si Marc vuelve con nosotros, podemos seguir con la reunión —dice entonces mi jefe.

Levanto la vista del móvil y lo bloqueo. Tengo a todo el mundo con los ojos puestos en mí. Carraspeo, incómodo, y la vergüenza hace que el calor me invada la cara. El Marc que se sonroja es el de su vida privada, no el de la oficina. Esas dos versiones de mí cada vez están más mezcladas.

—Lo siento. Era importante —miento.

Si bien el jefe no parece creerme, tampoco me reprocha nada. En su lugar, pregunta: —¿Has avanzado con tu gran reportaje? Se rumorea un cambio de accionistas en Otendix en las próximas semanas. Si tenemos algo que contar sobre ellos, es el momento.

—Esa empresa es infranqueable —confieso—. Nadie suelta prenda.

—Le has dedicado muchas horas a este caso, Noguera.

Tenso la mandíbula. No necesito que me lo eche en cara: yo soy el más decepcionado por todo el tiempo que he perdido.

—Tengo una última fuente que consultar. Solo necesito un poco más de tiempo. —Intento sonar seguro, pero el silencio en la sala pesa demasiado.

—¿Tiempo? —replica mi jefe, arqueando una ceja—. Si querías tiempo, haberte hecho relojero. Necesitamos resultados.

Alguien al fondo de la sala se ríe por lo bajo; no sé quién ha sido, pero me cabrea.

El Marc profesional e imbatible recupera el mando de mi cuerpo.

Mi objetivo siempre es destapar la verdad, no hacer el mal; sin embargo, sé que el jefe quiere más acción (le da igual si nos convertimos en vengadores o en villanos, con tal de que montemos jaleo) y tengo claro cómo darle lo que busca.

—Hay muchos indicios para destrozar a los líderes de Otendix —aseguro—.

Solo necesito confirmar uno de ellos para volar por los aires la empresa y que el efecto dominó revele el resto de secretos.

Estoy tan cerca de destaparlo que ya nadie de la oficina responde a mis correos: están acojonados.

Saben que solo me falta un último empujón para mandarlos a todos a la mierda.

Mi jefe me mira con seriedad antes de dar una palmada al aire y soltar una carcajada.

—¡Ese es el Marc que estaba buscando! Últimamente veía al tiburón un poco dormido, pero está de vuelta. ¡Sigue así! ¡Persigue a esos capullos y destrózalos!

Le devuelvo una sonrisa tirante. Adoro mi trabajo, aunque, en momentos como este, me cuesta recordarlo. Cada vez que tengo que convertirme en el tiburón que quieren que sea, siento que vendo mi alma por un titular.

Por suerte, pasamos a otro tema de inmediato y no tengo que seguir con esta actitud. Antes me salía natural; ahora la encuentro forzada. Me gustaría decir que no sé qué ha cambiado, pero tengo bastante claro que el motivo tiene nombre y apellido.

Pongo todo mi empeño en no pensar en Lena y me dejo llevar por la reunión, que se alarga media hora más.

Al salir, estoy agotado y con muy pocas ganas de este inicio de semana.

Voy a prepararme el tercer café de la mañana y, al volver a la mesa con la taza caliente en la mano, me encuentro una pequeña caja rosa encima.

—¿Quién ha dejado esto aquí? —le pregunto a una colega de una mesa cercana.

—No he visto a nadie. Habrá sido tu novia.

Si bien no lleva ninguna nota, asumo que el regalo es para mí. Deshago el lazo y abro el paquete. Al ver lo que hay dentro, la risa brota de mí como nunca lo ha hecho en la oficina y varios compañeros se giran para observarme.

Un gorro de Mickey Mouse para gatos. Eso es lo que Lena ha estado comprando esta mañana.

No me lo puedo creer. Es un gorrito minúsculo y negro con dos grandes orejas circulares y un par de agujeros para que las reales de Michi no se aplasten.

Es perturbador, porque es Mickey Mouse y ese ratón da miedo, pero también ridículamente adorable.

Ignoro las miradas curiosas de mis colegas y, con el inesperado regalo en la mano, voy a la mesa de Lena. Al no encontrarla, compruebo el reloj y recuerdo que a esta hora siempre está reunida.

Le escribo:

¿Para esto querías las medidas

de la cabeza de Michi?

¿Quién iba a pensar que los gorros para

gatos tenían tallas?