¿Por qué diablos quieres matarme?
Llego tarde, llego muy tarde. Apresuro el paso todo lo que puedo, aunque los tacones tampoco me dan para mucho más.
Ni siquiera sé qué pensé esta tarde cuando me dije: «oye, Andrea, ¿qué te parece si te pones unos tacones que te maten los pies?». Y más cuando me toca patear tres calles para llegar al maldito cine.
Porque, claro, no podíamos quedar en un sitio mejor comunicado, no. Tenía que ser aquí.
Bufo. Miro los pies. Intento apresurar el paso. Siento cómo se me suben los colores.
Soy consciente del tiempo que hace que no salgo cuando, mi primera reacción al quedar para ir al cine, fue: «¿pero ahí hay un cine?». Ese es el nivel. De ahí, todo puede mejorar.
La zona es bonita, una de las más concurridas de Santiago durante el día; aunque parece ser que, durante la noche, no pasa ni una mosca. Agarro el bolso con fuerza, como si alguien tuviera interés en robarme un lápiz de labios, la copa menstrual y una cartera vieja sin un duro.
Siento una pequeña vibración en el bolsillo. Me imagino que será algún mensaje del grupo de amigos con alguna queja por mi tardanza. Bufo y lo saco.
A tu derecha
Me giro hacia donde me manda, y miro como una idiota hacia la nada.
De hecho, solo hay una escultura muy fea, que es la primera vez que capta mi atención, y anda que no habré pasado por aquí.
Me siento tentada a acercarme a ver quién fue el escultor listo que pensó que sería buena idea crear algo tan grotesco, pero me limito a negar con la cabeza.
Vuelvo la vista sobre el teléfono móvil y me fijo en el remitente. Me sorprendo al darme cuenta de que es Javi.
Javier es uno de esos amigos que conservas con los años, aunque no sabes ni por qué. Es de esos colegas a los que no ves jamás, pero siempre tiene un mensajito por tu cumpleaños, e incluso cada año nuevo.
Hace siglos que no lo veo. Tal vez tanto por culpa de Joaquín como por su nuevo novio, que al parecer lo absorbe más de lo necesario.
Yo :
Te confundiste.
Pero espero que algún día me envíes un mensaje a mí si ves que tal, desaparecido
Añado un emoticono enfadado, aunque sonrío. Niego con la cabeza antes de proseguir con mi camino, pero el móvil vuelve a vibrar.
Javito el guapito:
Un poco más hacia atrás
¿Qué clase de broma es esta? Me quedo paralizada y me giro despacio. Muy despacio. Como a cámara lenta.
Juraría que vi un capítulo parecido en Mentes Criminales y, spoiler , no, no terminaba bien.
Siento como el corazón me bombea más sangre de la necesaria por segundo, y el mundo se me cae a los pies cuando no veo a nadie.
De hecho, está todo desierto. Comienzo a pensar que mis amigos están todos compinchados para terminar con mi cordura. O con mi vida.
Achino los ojos y lo escruto todo. La zona parece estar deshabitada. Justo hoy. ¡Pero si siempre que paso está plagada de gente!
Abro la conversación de WhatsApp del grupo y la ubicación es exactamente esta. Bufo. Miro hacia delante y busco con rapidez el bendito cine.
Sin dudarlo dos veces me giro y apresuro el paso hacia el lado contrario. No quiero saber nada. Cuando me encuentre a salvo, llamaré a Beka, a Cris, o tal vez a la policía. Pero, ahora mismo, solo quiero escapar de aquí.
Corro tan rápido como los odiosos zapatos me lo permiten. Creo que de un momento a otro terminaré dando rulos por el suelo.
Me parece escuchar pasos detrás de mí. ¡Ah! Estoy paranoica. ¿Quién va a querer matarme? Tengo que dejar de ver tanto la tele.
Me río de mis propios miedos cuando, sin previo aviso, alguien me da un golpe en el hombro. Grito como si estuviera metida en una auténtica película de esas en que la protagonista termina descuartizada.
—Cálmate, boba —murmura el asesino en mi oído.
Me quedo paralizada. Ya no solo porque, por el modo en que me agarra, me impide por completo cualquier tipo de movimiento, sino porque reconozco perfectamente su voz. Y su olor.
—¿Por qué diablos quieres matarme? —pregunto y me llevo una mano al pecho.
Me suelta despacio a la vez que rompe a reír con ganas.
—Eres una cagada, Andy. —Se carcajea.
Pues a mí no me hace maldita gracia. Está loco. Loco de remate.
—¿Me piensas explicar la broma? No la pillo —sentencio y clavo la vista en mi captor. Un captor muy guapo, cabe añadir.
—Pasa que eres una tardona —se burla entre risas.
Esa historia ya me la sé.
—Y además no sabes dónde quedamos. Porque Beka te pasó la ubicación, y encima te intentamos guiar y sales corriendo.
—Este sitio da miedo —admito.
Cris chista y me obliga a bajar la voz.
—Pero si te encanta esta zona —dice sin más.
—¡Pero de día! De noche da un miedo atroz. —Bufo.
Se ríe y, sin mediar palabra, agarra con seguridad una de mis manos. Me quedo paralizada un momento, como sopesando lo que acaba de ocurrir, pero Cris parece no percatarse de nada.
—Ahora te vas a venir conmigo y vas a dejar de pegar gritos porque aquí hay vecinos.
Bajo la cabeza y tuerzo los labios. Al darse cuenta, disminuye el paso y clava su vista en la mía.
—Venga, vamos —me alienta.
Suelto un pequeño bufido antes de seguirlo. Hacemos el camino al revés, pero esta vez voy mucho más tranquila. Con mi ángel de la guarda todo es más fácil.
Vamos en un silencio sepulcral, aunque sentir el roce de su mano me pone los pelos de punta.
¡Stop! Me abofeteo interiormente.
Disminuye el paso, creo que va a decir algo, pero se gira hacia la puerta de una casa. Suspira antes de dirigirme una sencilla mirada y hacer girar el pomo.
Todo está en silencio total.
—¡Venga ya! Todo esto es una broma, ¿verdad? —suelto sin pensar.
En vez de responderme él, lo hacen todos mis amigos. Encienden las luces al grito de «felicidades».
Hago un repaso mental al calendario: estoy bastante segura de que no es mi cumpleaños. Pero bueno, no seré yo quien rechace un fiestón. Sonrío y les agradezco el gesto, aunque me den ganas de estamparles sus bonitas caras contra el suelo del susto que me dieron.
—Casi me matáis de un infarto —protesto entre risas. No soy nada amiga de las fiestas sorpresa, sobre todo porque me pasa lo mismo que me está ocurriendo ahora: me quedo bloqueada.
Boqueo como una idiota y pronuncio palabras sin mucho sentido.
Dirijo una mirada rápida a todos los presentes y, entre ellos, logro divisar a Javi.
Le sonrío, gesto que no tarda en devolverme, antes de seguir con mi escrutinio.
Estoy tan en shock que tan solo logro distinguir a Noa al fondo, con uno de sus vestidos de princesa de azúcar; a Íñigo, que me hace un movimiento con las manos, entiendo que en señal de saludo; a Nico, que observa algo dentro de su teléfono móvil; y a Paula —mi hermana—, que sonríe en mi dirección.
Beka me engancha por el cuello y me acerca a ella.
Me muestra un vaso de tubo con un líquido rojizo.
No tengo que ser muy lista para saber lo que contiene: vino cutre y cocacola.
Me lo ofrece como si fuera el mayor manjar.
A veces, siento que no me conocen en absoluto.
Sonrío y la acepto, ya veré qué hago con eso después.
—¿Me puedes contar qué se celebra? No es que me queje, es que me falta información…
Ella menea los hombros al ritmo de la música.
—Celebramos que te hemos recuperado, muñeca —me susurra al oído, aunque en un tono más alto de lo habitual. Hasta el punto de que necesito llevarme una mano al oído para controlar la molestia—. Y que nos libramos de Joaquín, que nos caía a todos como el puto culo. Aunque solo te lo dijera yo.
—¿A todos? —pregunto.
Íñigo me abraza por la espalda y apoya el mentón en mi hombro.
—A todos —responde por ella—. El que menos se quejaba era Nico, pero porque él se queja poco de la vida. Es bastante conformista.
Beka chista, pero no dice nada.
Íñigo, en cambio, me agarra por la cintura y comienza a moverse al ritmo de Si antes te hubiera conocido, de Karol G.
—Más tarde hablamos —gesticulo para que Beka me entienda. Sonríe y acepta con un movimiento de cabeza.
Veo mi oportunidad y dejo el vaso con el líquido intragable sobre una mesa, con la excusa de no tirarlo con los movimientos precisos de Íñigo en el baile; aunque lo cierto es que no pienso llevármelo a los labios ni por todo el oro del mundo.
Baila con movimientos erráticos y no puedo evitar reírme de su torpeza fingida. Íñigo es el mejor bailarín que la tierra tuvo el placer de conocer.
Se acerca a mi oído y, de forma caótica, me canta un par de estrofas de la canción. Doy un paso hacia atrás y lo aparto con un golpe en el hombro.
—Dime, por favor, que no es así cómo les entras a todas —me burlo.
El me mira con una expresión de «me has pillado» que me hace reír.
—No me creo que esto te funcione —bromeo.
Noa y Javi se unen al baile a nuestro lado, de forma más desorganizada, lo que no es de extrañar. Javi mide como dos metros y tiene dos lanchas por pies, mientras que Noa no supera el metro y medio. Son una pareja de comedia total. Y los adoro.
Le hago un gesto con la cabeza a Íñigo y cambiamos de pareja. Sonrío al estar en los brazos de Javi, porque es mi amigo favorito. Que Cris no me escuche ahora los pensamientos, por favor y gracias, universo.
—¿Puede que estés ahora más guapa que hace unos meses?
Su pregunta me hace reír. Y asiento, porque, yo qué sé, yo también me siento así.
Sus movimientos son menos erráticos, pero porque bailamos menos. Porque lo único que quiero es achucharlo.
Nunca sabes cuánto has echado de menos a alguien hasta que lo ves de nuevo y se te encoge el corazón. El mío está entre eufórico y morriñoso, todo a la vez.
—Tú estás distinto.
—Más adulto —bromea—, y más delgado. Fueron unos meses intensos, pero está todo bien.
Me presiona contra su cuerpo y me da un beso en el tope de la cabeza. Joder, ¿puede el mundo pararse ahora mismo? En serio, necesito que alguien frene el reloj, porque no quiero que Javi se vuelva a ir de mi vida.