Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

LENA

Hoy comenzaba el viaje de regreso a Valere.

Quedaban días, quizá semanas de camino por delante antes de poder hablar con el Consejo, con aquellos que seguían convencidos de que el mundo solo podía gestionarse, sin saber que aún era posible repararlo.

Lena tendría que explicar cada hallazgo y decidir junto a otros cómo avanzar sin repetir los mismos errores.

Lo de Evan no era algo que pudiera despacharse con una conversación rápida antes de cargar las mochilas.

Por mucho que ahora comprendiera la carga que él arrastraba, no podía perdonar que hubiera seguido calculando sus pasos mientras ella bajaba todas sus defensas.

No le dolía que la necesitara profesionalmente, eso lo sabía desde que la fue a buscar a Valere.

Lo que le dolía era haber sido un recurso más en su inventario, incluso después de que las cosas se volvieran personales.

El viaje de regreso se presentaba como una condena de semanas compartiendo hogueras y guardias en silencios que iban a resultar asfixiantes. El trayecto de vuelta iba a ser una auténtica mierda.

Antes de salir, cuando ya tenían el equipo preparado, Lena se detuvo un segundo.

Evan estaba revisando una de las mochilas cuando ella se acercó y le tendió el diario sin mirarlo directamente.

El movimiento fue seco y distante, como quien devuelve algo que no le pertenece pero que ha pesado demasiado en sus manos.

Evan lo tomó sin decir nada y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Lena asintió una vez y se dio la vuelta.

Salieron de las instalaciones cuando la luz empezaba a afirmarse en el valle.

Lena fue la primera en cruzar el umbral.

Bruno salió detrás de ella, con el cuerpo tenso, los hombros cargados, la mandíbula apretada.

No miró a Evan. No desde hacía horas. Desde que había entendido que no solo habían sido utilizados, sino expuestos.

Alex fue el último. Cruzó el umbral pasando junto a Evan ignorándolo. Evan cerró la marcha.

Al terminar de subir la escalera que los llevaba al exterior, Lena se quedó paralizada. Quince hombres armados bloqueaban las rutas de escape entre las rocas de forma estratégica. Antes de que su mente pudiera procesar la escena, su instinto la hizo retroceder al reconocer un rasgo inconfundible.

El sol de la mañana golpeaba de lleno en esa cicatriz pálida que cruzaba la mejilla izquierda de uno de ellos. Era el mismo surco pálido, la misma marca grabada a fuego que la despertaba cada noche. No necesitaba ver el resto de la cara para saber quién era. El asesino de Vera.

A su lado, un hombre más alto y mejor vestido, incluso para estar allí, los evaluaba uno a uno. La mirada recorrió el grupo hasta detenerse en Lena. Y entonces un escalofrío la recorrió.

Era Alex, pero como podría ser dentro de veinte o treinta años, si el mundo lo hubiera tratado mal.

—John —dijo Lena con la voz más temblorosa de lo que le hubiera gustado.

El hombre se tomó un segundo para ladear la cabeza, observándola como si estuviera valorando una pieza de arte antiguo antes de esbozar una sonrisa pequeña y cargada de suficiencia.

—Veo que sigues siendo muy perspicaz.

Bruno, quien también lo había reconocido, reaccionó colocándose delante de Alex. Plantó los pies y ensanchó los hombros, convirtiéndose en un escudo de carne frente a esa versión envejecida del chico.

—Quieto —le susurró a Alex sin mirarlo.

John observó el gesto de Bruno con un interés renovado, casi divertido. Se llevó una mano al mentón, acariciándolo con parsimonia antes de hablar.

—Tranquilos —dijo con una voz tan carente de emoción que hacía que el aire alrededor pareciera más frío—. No he venido a por él. Al menos, no hoy.

El asesino de Vera se movió apenas, colocándose medio paso delante de John sin mirarlo en un gesto de protección automática.

Evan dio un paso al frente.

—¿Qué queréis?

John lo observó por primera vez con atención real. Caminó un par de pasos hacia un lado, con las manos entrelazadas a la espalda, evaluando la postura de Evan.

—Tú eres el enlace, el que sabe cuándo callar, y el que sabe cuándo no puede ganar.

Evan se mantuvo en silencio, con las manos visibles y lejos del cinturón, consciente de que cualquier movimiento en falso sería el último.

—No hemos venido a ajustar cuentas personales —continuó John, descartando la idea con un gesto vago y grandilocuente de la mano—. Eso es trabajo sucio. Nosotros venimos por algo mucho más importante:por información.

John hizo un gesto breve y uno de sus hombres sacó un dispositivo de mano, una pantalla táctil con los bordes reforzados en metal y el cristal surcado de arañazos. Al encenderla, el resplandor azulado iluminó la cara de John mientras deslizaba el dedo por la superficie.

Se acercó a Lena y le mostró la pantalla.

Eran fotos de las páginas de su cuaderno.

Sus esquemas de los centros, las anotaciones técnicas sobre sus experimentos, sus conclusiones y sus propios dibujos y esquemas.

Todo estaba allí, capturado con una frialdad digital que convertía sus descubrimientos en simples datos de inventario.

Lena sintió un vacío repentino en el estómago. Ver sus propios trazos, sus dudas y la caligrafía apretada de sus noches en vela en manos de aquel hombre fue como si le hubieran saqueado la cabeza mientras ella miraba hacia otro lado.

—Eris —dijo John, señalando al asesino de Vera con un gesto de cabeza casi aburrido— nos ha cedido esta información de la que vosotros disponíais.

Bruno soltó una risa seca, cargada de bilis.

—¿Y qué? ¿Vais a matarnos ahora?

—No. Eso sería un desperdicio de talento —negó John con una calma exasperante—. Ahora sois útiles. Muy útiles. Probablemente lo más útil que Statis ha encontrado en décadas.

Alex apretó los puños hasta que los nudillos le crujieron. Estaba temblando de rabia que parecía querer saltar fuera de su cuerpo.

—Tú la mataste —dijo Alex, clavando la mirada en Eris.

—Ella sí era una cuenta personal —dijo Eris, con una desidia que convertía el asesinato de Vera en un simple trámite burocrático.

John ladeó la cabeza, entornando los ojos con una mueca de fastidio, y soltó un suspiro largo, teatral, como si le agotara la falta de profesionalidad de la conversación.

—No hemos venido a hablar de eso. Es aburrido. Es pasado —sentenció John, descartando el tema con un movimiento de mano—. Tenemos cosas mucho más importantes de las que ocuparnos.

Lena avanzó un paso, ignorando su desdén.

—¿Cuándo supiste lo de estos sitios?

John la observó sin pestañar, dejando que el silencio se alargara lo justo para que resultara incómodo. Luego, esbozó una sonrisa ladeada, cargada de una confianza que rozaba la arrogancia.

—¿Saber? Nadie sabía nada de esto al principio.

Créeme, nadie —dijo, señalando el valle a su alrededor con un gesto vago y grandilocuente—.

Pero lo raro, lo que de verdad era extraño, fue ver a un Enlace moviéndose con tanta compañía.

Mucha gente, Lena. Demasiado tiempo juntos.

Demasiadas paradas... —Hizo una pausa dramática, volviendo a ladear la cabeza con aire de suficiencia—.

Eso siempre significa algo. Nadie hace tanto esfuerzo por nada. Nosotros lo vimos antes que nadie.

Lena sintió cómo se le tensaban los hombros ante aquella confesión. No era solo que los hubieran rastreado, era la forma en que él lo contaba, como si fuera una conclusión obvia que solo alguien de su nivel podría haber descifrado.

—Nos seguisteis.

—Os observaron —corrigió John con un deje de cansancio—. Y cuando alguien ve algo que no entiende, suele hacer dos cosas: o lo ignora… o intenta venderlo.

—Así que no fue curiosidad —dijo Evan—, fue negocio.

—Siempre lo es. Todo es negocio.

John ladeó la cabeza, fijando su atención en Lena. Se tomó su tiempo, recorriéndola de arriba abajo, antes de continuar

—Lo demás lo hiciste tú, cariño —añadió John, con una familiaridad gélida que hizo que a Lena se le erizara el vello de los brazos—. Confirmar datos. Poner orden donde otros solo veían ruinas... Lo has hecho de maravilla.

—No me hables como si te hubiera ayudado —espetó ella.

—Pero lo hiciste. Aunque no quisieras. Has hecho un trabajo excelente, por cierto. Mucho mejor del que esperaba.

—Tampoco me hables como si me conocieras —replicó Lena.

John la observó, estudiándola con una mirada clínica que parecía estar tasando su valor en un mercado de esclavos.

—Has cambiado poco con el paso de los años, Lena. Sigues teniendo esa chispa de rebeldía que siempre me resultó... poco práctica. —añadió, encogiéndose de hombros con desdén.

Lena apretó los dientes, sintiendo la bilis en la garganta.

—Que te den, John.

John sostuvo la mirada de Lena durante unos segundos eternos, hasta que, simplemente, perdió el interés, como quien se cansa de un juguete viejo. Se giró perezosamente hacia sus hombres y apenas movió dos dedos, un gesto mínimo pero absoluto.

—Se terminó la charla. Confiscad las mochilas.

Dos de los hombres se adelantaron. Lena sintió el tirón brusco en sus hombros cuando le arrebataron la mochila.

Fue un despojo físico que la dejó sintiéndose extrañamente ligera y vulnerable.

Vio cómo hacían lo mismo con Bruno y Evan, que permanecieron estáticos, aceptando la incautación como el trámite inevitable de una derrota.

—Estas instalaciones pasan a ser propiedad de Statis a partir de este instante —anunció John, elevando la voz para que resonara contra las rocas.

Hizo una pausa mínima y sus ojos, idénticos a los de Alex, pero carentes de luz, recorrieron al grupo como quien hace inventario de piezas recuperadas.

Se detuvo en Lena y le sostuvo el pulso visual.

Ella le aguantó la mirada con la mandíbula tan apretada que le dolían los oídos, negándose a ser la primera en parpadear a pesar del temblor que empezaba a subirle por las piernas.

—Y vosotros venís con nosotros —sentenció.

En el silencio sepulcral del valle, se escuchó el chasquido seco y rítmico de los seguros de las armas al liberarse.

—Lo queráis... o no.