Sin Control (Sin dueños ni señores 1) CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

Durante un segundo no pasó nada hasta que uno de los hombres ralentizó el gesto con el que estaba cerrando un bidón.

Aunque no se detuvo del todo, lo hizo lo suficiente para escuchar mientras otro dejaba una herramienta sobre la mesa.

El sonido metálico del golpe contra la superficie quedó suspendido en el aire.

—Si cubrierais esto o cambiarais un poco la inclinación, podríais reducirlo sin gastar más —continuó ajena al muro que se estaba levantando—. Es una solución sencilla.

Un carraspeo cargado de advertencia la detuvo. Uno de los hombres alzó la cabeza y clavó en ella una mirada que medía la distancia entre un comentario y un insulto.

—Así está bien.

No había hostilidad manifiesta en su tono, pero tampoco curiosidad. Era una frase sellada.

Lena frunció el ceño por reflejo profesional, sintiendo ese picor en las manos que le daba siempre que veía una máquina maltratada por pura desidia.

—No es una crítica —aclaró dando un paso al frente—. Solo digo que el sistema os va a fallar si seguís así. Podríais arreglarlo con lo que ya tenéis aquí.

Ahí sí se detuvo el movimiento. El responsable de Sorda se quedó mirándola, apretando la mandíbula y dejando caer todo su peso sobre una pierna como si se estuviera preparando para una pelea.

—No necesitamos que nadie nos diga cómo mejorar. Aquí solo pensamos en llegar a mañana.

El tono fue de los que no buscan convencer, solo cerrar el tema.

—Claro —respondió Lena retrocediendo, notando por fin que algo se había torcido—. Precisamente por eso. Si reducís pérdidas ahora, mañana les costará menos.

Intentaba ayudar. Se notaba en cómo buscaba las palabras, en cómo abría las manos sin darse cuenta. Bruno dio medio paso lateral, casi sin mirarla, colocándose un poco más cerca.

—Eh —dijo, suave—. Ella solo está compartiendo una idea.

—Aquí cada cual se ocupa de lo suyo. Si empiezan a meterse donde nadie los ha llamado, los problemas dejan de ser técnicos muy rápido.

Lena abrió la boca para replicar, pero Vera se movió entonces, con la naturalidad de quien sabe cuándo intervenir.

—Lena —dijo Vera firme, pero sin dureza—. Para.

Lena la miró, sorprendida por el tono. Vera nunca la cortaba así en el Consejo, donde solía dejar que se explicara hasta que los demás se quedaban sin argumentos técnicos.

—Solo intento ayudar, Vera. Si no…

—Ya lo sé —la cortó Vera de nuevo, esta vez dando un paso hacia ella y poniéndole una mano en el antebrazo, un gesto que en ella era casi una caricia de advertencia—. Pero aquí no funciona así.

Uno de los responsables de Sorda se quedó mirando fijamente a Vera, con los ojos entrecerrados, reconociendo en ella una autoridad que no emanaba de un título, sino de una veteranía que él respetaba a regañadientes.

—No necesitamos consejos. Ni soluciones de gente que viene a vernos el polvo de las botas —escupió el hombre.

Vera no apartó los ojos de él, aguantándole el envite. No había miedo en su postura, solo una paciencia infinita, como la de quien observa a un animal herido que intenta morder la mano de quien le ofrece comida.

—Ella no lo sabe. Es nueva en los caminos. Por eso habla —dijo Vera, y aunque sus palabras sonaban como una disculpa, su tono era el de quien está marcando un territorio—. No volverá a ocurrir.

El ambiente se volvió tan pesado que Lena notó un nudo en el estómago. De repente fue consciente de que, de no haber estado Vera allí para "traducir" su torpeza, el conflicto habría sido un problema mucho más serio que una simple fuga de agua.

Evan se adelantó y se colocó justo en el medio, marcando un límite físico que cualquiera en Sorda sabía leer perfectamente: hasta ahí llegaba la conversación.

—Hemos terminado aquí. Solo estamos reponiendo lo necesario. Nos vamos mañana —dijo él con tono firme.

El responsable de Sorda recorrió a Evan de arriba abajo, como si estuviera calculando cuánto le costaría tumbarlo. Luego asintió despacio.

—Eso ya lo sabíamos. Limítense a eso.

Hizo una pausa breve, dejando que el silencio les recordara que estaban en su casa y bajo sus reglas.

Evan se quedó quieto un segundo más, como si estuviera esperando a ver si el otro se atrevía a decir algo más, y luego giró el cuerpo.

Ya tenían lo necesario. Agua cargada y provisiones mínimas ajustadas al trayecto. Nada más iba a salir de allí.

—Será suficiente. Volvemos a la habitación. Ya.

No esperó respuesta y echó a andar primero, con pasos más rápidos de lo habitual. Lena lo siguió con esa sensación reconocible de haber desordenado algo que todavía no sabía cómo volver a recolocar.

Sentía el escozor de la reprimenda, esa frustración de la ingeniera a la que le obligan a ignorar un fallo evidente. Vera, que parecía notar la inquietud que desprendía Lena al caminar, se puso a su altura y le habló sin mirarla, con la voz apenas por encima del ruido de sus pasos.

—Valere es una burbuja de lógica, Lena, pero el resto de Orialis se mueve por miedo y por hambre.

Si vas por ahí intentando arreglar cada fuga que veas, te van a ver como una amenaza a su autoridad, no como una solución a sus problemas.

No vuelvas a exponerte así por un diez por ciento de agua.

No merece la pena. Déjalos en su cabezonería.

Vera le dio un golpe afectuoso en el hombro, un gesto rápido que servía para cerrar la bronca y recordarle que seguía estando de su lado, y volvió a adelantarse para vigilar el camino.

Lena se quedó rumiando las palabras de Vera cuando Alex, que caminaba a su lado, habló con esa curiosidad analítica que le caracterizaba.

—Si saben que no es eficiente —insistió Alex, incapaz de soltar el hilo—, ¿por qué no lo arreglan?

Lena caminó un par de pasos más antes de responder. Alex aguardó sin insistir, atento a la respuesta como quien espera una pieza concreta para completar un rompecabezas.

—Porque cambiar algo no siempre es solo ajustarlo. A veces implica reconocer que se han equivocado.

Alex frunció ligeramente el ceño.

—¿Aunque sepan que no hacer nada es peor?

—Aunque lo sepan —confirmó Lena.

Sabía que esas palabras no le darían a Alex lo que estaba buscando. No había lógica alguna a la que poder aferrarse.

Mientras avanzaban hacia la habitación, con Evan unos pasos por delante marcando distancia sin volver la cabeza, la idea terminó de asentarse dentro de Lena sin necesidad de seguir desmenuzándola.

Comprendió que tener razón no bastaba y apretó el paso, consciente de que en Orialis su lógica de ingeniera no servía de escudo si no aprendía a leer el orgullo de los demás.

Y saberlo no le hizo sentir más preparada, solo más consciente de que iba a tener que aprender algo que todavía no sabía hacer bien.