CAPÍTULO 11 #2
Lena abrió la mochila y sacó una de las raciones compactas colocándosela en las manos antes de que él tuviera que pedirla.
—Come. Luego te acuestas. Mañana será peor si no descansas ahora.
Alex aceptó la comida de inmediato y empezó a comer con atención metódica, con el mundo reducido por fin a algo manejable. Lena lo observó un momento más, asegurándose de que obedecía antes de dejar que su propia cabeza volviera a arrancar.
Al girarse, se encontró con Evan a pocos pasos, mirándola, pero no a ella directamente, sino a Alex, a la ración entre sus manos. Al gesto tranquilo con el que Lena había resuelto algo sin hacer de ello un asunto.
Cuando Evan la miró, Lena le sostuvo la mirada un instante. Él asintió y su dureza habitual se le quebró un segundo, lo justo para que se le escapara una sonrisa breve, casi imperceptible.
A Lena no se le pasó por alto y el aire se le quedó atascado en el pecho, teniendo que moverse para que no se le notara.
Se levantó y se acercó a la abertura estrecha que hacía de ventana, un hueco diseñado únicamente para que el aire circulara y entrara un poco de luz.
Desde allí se veía Sorda a medias, revelando un paisaje de muros remendados, piezas reutilizadas tantas veces que ya no tenían forma definida, y soluciones que solo buscaban aguantar otro día más.
Su cabeza empezó a hacer lo de siempre. Señalar dónde tocar, qué cambiar, cómo repartir mejor las cargas. Lena apoyó la mano en el marco y se obligó a parar. Porque entendió que allí la pregunta no era cómo mejorar, sino cómo no cargárselo todo otra vez al intentar hacerlo.
Y esa no era una pregunta que pudiera responder esa noche.
La sala de acceso a la red era una estancia de muros de hormigón bruto donde la humedad había dibujado mapas de salitre. Una pared gruesa presentaba una abertura tosca, abierta en canal para albergar un bloque de metal encajado a ras de la piedra.
El módulo de metal estaba encajado a lo bruto en el hormigón, con la mitad del aparato embutida en el muro y la otra mitad soltando un manojo de cables viejos que subían por la pared sin ningún orden, algunos con el cobre al aire y otros remendados con cinta aislante.
Bruno entró sin dudar. Se movió directo al módulo, apoyó la mochila en el suelo y empezó a revisar conexiones con la seguridad de quien vuelve a una habitación conocida.
Lena exhaló despacio mientras observaba la destreza con la que Bruno manipulaba los terminales con una coreografía de dedos en la que parecía saber exactamente qué tocar.
—Dame quince minutos —le dijo a Evan, ya conectado con su ordenador—. Veinte si la red decide ponerse creativa.
Evan intercambió unas palabras breves con uno de los responsables de Sorda. Lena no alcanzó a oírlas, pero reconoció el tono de la conversación. Confirmación de tiempo y límites de consumo.
Ella se apoyó en la pared y dejó que Bruno hiciera su parte.
Él empezó por lo obvio: analizó las rutas activas, localizó los tramos con cortes recientes y cruzó patrones de paso con el movimiento de las bandas detectadas.
Lena reconoció su método de inmediato, Bruno siempre ignoraba los grandes titulares para centrarse en encontrar una coherencia mínima entre aquel caos de información.
—Esto sigue igual —murmuró al cabo de un rato—. Nada que no esperáramos.
Siguió avanzando. Filtró por referencias, por menciones sueltas y palabras que se repetían sin contexto claro. Lena no veía las pantallas, pero reconocía su actitud de que estaba descartando más de lo que guardaba. Entonces Bruno se quedó quieto.
—Vale —dijo Bruno y algo en su voz cambió—. Esto es raro.
Lena se incorporó sin darse cuenta.
—¿Raro cómo?
Bruno retrocedió un paso en la búsqueda, volvió a cruzar rutas y abrió referencias que no parecían tener relación directa entre ellas.
—Raro organizado. Hay una comunidad nueva. No la describen como algo grande ni muy central, pero aparece demasiadas veces para lo poco que debería importar.
—¿Tienen nombre? —preguntó Evan levantando la cabeza.
Bruno negó despacio mientras seguía trabajando.
—No hay uno que se repita. Cada ruta la llama distinto, o directamente no la nombra. Pero todos coinciden en algo…
Lena esperó, pero notó que había dejado de apoyarse en la pared.
—¿En qué?
Bruno se recostó un poco en la silla, sin dejar de mirar los datos.
—Cambia el discurso después de pasar por allí. Empiezan a aparecer ciertas palabras. Orden. Coordinación. Estructura. Cosas que la gente suele evitar cuando no quiere llamar la atención.
—Eso no es necesariamente malo —apuntó Lena por reflejo.
—No —concedió Bruno—. Pero es pronto. Y es insistente.
Volvió a cruzar información, ahora más rápido, encadenando datos sin detenerse.
—No imponen nada —añadió—. Todavía. Pero opinan. Mucho. Sobre cómo deberían hacerse las cosas y sobre qué funciona y qué no.
Lena intentó no forzar conclusiones. La información era incompleta y difusa, un hecho que la inquietó más que cualquier alarma.
Bruno no se detuvo ahí.
—Voy a seguir. Ya que estamos, mejor salir con el mapa lo más limpio posible.
Volvió a los caminos, a las zonas inestables y a los desvíos recientes. Identificó movimientos de bandas pequeñas, cambios de horario, tramos que convenía evitar. Todo lo que podía servir para ajustar el siguiente tramo del viaje y evitar que Evan tuviera que improvisar más de la cuenta.
Evan se marchó a confirmar horarios y puntos de acceso para el día siguiente, cumpliendo esa parte del trabajo que no admitía distracciones.
Lena observaba a Bruno cómo seguía descartando media docena de rutas inútiles, cuando algo cambió en su expresión.
No fue un gesto evidente para quien no lo conociera.
Notó como aflojaba apenas la tensión en la mandíbula, y su atención que se desviaba medio segundo.
Él cerró conexiones, guardó la información útil y se levantó rápidamente. No dijo nada, pero ella supo que algo más había pasado.
—¿Te ha escrito? —preguntó ella con sorna, sin mirarlo del todo, como quien lanza una piedra sabiendo exactamente dónde va a caer.
—No sé de qué me hablas —dijo, demasiado rápido.
Ella lo miró a los ojos arqueando una ceja, hasta que Bruno resopló y se pasó la mano por la cara, derrotado por la evidencia.
—Vale, sí. Dos líneas.
Juntó el pulgar y el índice dejando apenas un milímetro entre ellos.
—Nada técnico, muy poco útil y absolutamente innecesarias.
Lena lo miró entonces, de arriba abajo. Notó el cambio en su postura. La rigidez de los hombros de Bruno había desaparecido, sustituida por una relajación que el café o los datos nunca lograban darle.
—Eso no te lo crees ni tú. Estás radiante.
—No exageres —protestó, llevándose la mano al pecho—. Que luego se me sube.
Pero no se molestó en borrar la sonrisa ni en disimular ese brillo concreto en los ojos que solo aparecía cuando algo le importaba más de lo que quería reconocer.
—Te ha cambiado la cara —insistió ella—. Y no ha sido la red.
—Eso es pura calumnia —protestó él con un dramatismo exagerado—. Estás intentando manchar mi reputación de tipo duro con puro sentimentalismo.
—Bruno… por favor. Tú de tipo duro tienes lo mismo que el hormigón de blandito —le soltó ella, sin poder evitar que la risa le asomara por fin a los ojos.
—Vale —acabó por reconocer él y la sonrisa se le dibujó en la cara—, simplemente me ha mandado un par de líneas para recordarme que hay cosas ahí fuera que no están rotas del todo. ¿Ya te quedas más tranquila ahora que me has sonsacado la confesión?
Lena sonrió satisfecha, pero no lo presionó más. Con Bruno, saber cuándo parar también era una forma de cuidarlo.
Se encontraron con Vera y Alex en la zona de reabastecimiento. Evan estaba con ellos, pendiente de los movimientos ajenos y de que nadie rompiera el frágil equilibrio que no se veía, pero se sentía.
El sitio estaba a cielo abierto, cercado por muros de chapa y vigas oxidadas que habían perdido cualquier rastro de su pintura original.
Los depósitos de agua formaban una hilera monótona bajo el sol, junto a contenedores de semillas marcados con códigos simples que habían sido repasados a mano varias veces.
Todo allí se mantenía en pie a base de parches. A Lena le llamó la atención que, pese a la ausencia de abandono, la eficiencia del sistema parecía no importarle a nadie. El desastre operativo se aceptaba como parte del paisaje.
Al levantar la vista, Lena distinguió a lo lejos las parcelas de cultivo comunitarias de Sorda. Las filas estaban bien trazadas, pero el verde se veía interrumpido por manchas claras en distintos puntos, indicando que la tierra empezaba a dejar de ser fértil por sectores.
Lena miró cómo medían el agua y observó el chorro que golpeaba los bidones.
El agua salpicaba el suelo seco, formando charcos de barro que se evaporaban antes de que el siguiente envase estuviera lleno.
Le sorprendía la forma en que asumían ciertas pérdidas como parte del cálculo.
En Valere, ver aquel charco era lo mismo que ver a alguien sangrar sin intentar tapar la herida.
Algo totalmente inaceptable por pura lógica de sostenibilidad a largo plazo.
Intentó mirar hacia otro lado para no ser esa persona que llega de fuera a dar lecciones, pero fue inútil porque su cerebro ya había hecho los números por su cuenta y, una vez que veía el fallo, a Lena le resultaba casi imposible cerrar la boca y fingir que no pasaba nada.
—Ese tanque tiene una fuga —dijo Lena, señalando la base del depósito más grande—. Perdéis mucha cantidad por la junta y por el calor directo. No es poco. Entre un diez y un quince por ciento.
Lo dijo sin un gramo de mala intención, con ese tono profesional que usaba en Valere cuando compartía una observación con sus colegas antes de empezar el turno.