CAPÍTULO 10
EVAN
Durante el segundo día de viaje, Evan marcó las paradas con precisión. Midió el consumo y corrigió la velocidad con eficiencia. Bruno protestó, más por costumbre que por desacuerdo, y Alex absorbió cada detalle.
Evan procesaba las anomalías con la frialdad de un sensor.
Detectaba parches de asfalto, una señal de tráfico doblada en un ángulo que no correspondía o una curva donde el rastro de neumáticos terminaba de forma abrupta.
Eran firmas de actividad humana que el ojo inexperto ignoraba, pero que para él resultaban tan ruidosas como un grito.
Evitar era parte del trabajo. Evitar miradas largas, rutas obvias o lugares donde la calma era demasiado perfecta. Evitar, sobre todo, pensar en lo fácil que sería quedarse quieto y dejar que otro tomara decisiones. Esa era la idea que rechazaba de plano.
Lena iba detrás, silenciosa, con el cuerpo adaptándose rápidamente. No hacía preguntas inútiles ni señalaba cada anomalía. Observaba. Eso, para Evan, ya decía mucho porque la mayoría de la gente confundía entender con hablar.
El encuentro en la carretera llegó poco después, apareciendo ante ellos con una rapidez que descartaba cualquier posibilidad de que fuera algo casual.
Evan lo recibió con la tensión acumulada desde que habían salido de Valere.
Él sabía manejar controles, pero no esperaba tener que hacerlo así.
Con tanta gente. Con personas que, en teoría, no habían salido nunca de su comunidad.
Había contado con preguntas mal hechas, con silencios fuera de lugar, con alguien diciendo más de la cuenta sin ser consciente del peligro. Había contado con tener que intervenir y corregir. Sin embargo, lo que no entraba en sus planes era que, sencillamente, no le iban a dejar abrir la boca.
Siguió el intercambio con atención, forzándose a mantenerse en un segundo plano mientras escuchaba no solo lo que se decía, sino también los matices que quedaban flotando en el aire.
Observó con una mezcla de sorpresa y recelo cómo Vera elegía las palabras con una precisión quirúrgica, cerrando el paso a cualquier interrogatorio imprevisto sin llegar a generar una fricción innecesaria.
Y lo hacía con la soltura natural de quien lleva media vida lidiando con puestos de control y patrullas fronterizas.
No dijo nada entonces, porque no era el momento. Pero tuvo la sensación de que ir acompañado de mucha gente, empezaba a pasar factura.
La noche llegó con el cansancio que aparece cuando el primer estado de alerta queda atrás y todo lo sostenido durante horas empieza a pesar.
Mientras montaban el campamento, volvió a fijarse en Vera.
Lo hizo con atención real, pero sin que pareciera evidente.
El recuerdo del control seguía ahí mientras intentaba encajar piezas que no terminaban de gustarle.
Vera no había improvisado, había sabido exactamente qué hacer y decir.
Bruno soltó una exhalación larga frente al terminal portátil y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Vale. Confirmado. Algo explotó por los aires. Qué, cómo y por qué… imposible de saber. La red se corta cada treinta segundos y los nodos están más corruptos que mis archivos de adolescencia.
—Eso no suena tranquilizador —dijo Lena alzando una ceja.
—Oh, no lo es. Mi hipótesis provisional es que fueron babosas alienígenas armadas con bazookas.
Alex levantó la vista de inmediato.
—Eso no es lógico.
Bruno se giró hacia él, manteniendo la cara seria.
—Las babosas no tienen extremidades superiores —explicó Alex—. No podrían sostener una bazooka.
Bruno lo observó un segundo, como si estuviera calibrando algo invisible.
—Bueno… eso dependería de la especie. Perdí mi enciclopedia de fauna alienígena en la última mudanza.
Alex frunció el ceño.
—No existen las enci…
Se detuvo y miró al vacío un instante mientras procesaba la información. Luego abrió los ojos un poco más y aflojó la tensión de sus hombros.
—Ahhhh… —asintió despacio—. Es sarcasmo. O ironía. Todavía no tengo claro cuál de las dos.
—Sarcasmo —confirmó Bruno con una inclinación de cabeza, suavizando el tono de una forma que solo usaba con él.
Alex volvió a su pantalla, satisfecho por haberlo detectado.
—Gracias por la aclaración.
Vera negó con la cabeza y sonrió mientras se levantaba.
—Voy a por la antena extra antes de que te inventes una invasión completa.
—No prometo nada —le gritó Bruno—. Si tardas mucho, añadimos platillos voladores.
Vera se alejó hacia las motos y comenzó a buscar entre los compartimentos. Evan, que hasta entonces había permanecido revisando el perímetro, la siguió.
—En el control —dijo Evan al llegar a ella—. No dudaste.
Vera alzó la vista despacio.
—No era momento de dudar.
—No —concedió Evan—. Era momento de saber qué decir y qué no. Eso no se aprende dentro de las comunidades —añadió—. ¿Dónde lo hiciste?
Ella guardó silencio un momento. Se apoyó de espaldas contra la moto y cruzó los tobillos, aflojando la postura.
—Esta noche no hagas rondas solo —dijo entonces.
Evan la miró fijamente a los ojos, entendiendo perfectamente lo que Vera estaba haciendo.
—Estoy bien.
—No he dicho que no lo estés —respondió ella—. He dicho que no lo hagas solo.
—Es mi responsabilidad.
—No —corrigió Vera—. Es tu costumbre.
El silencio se alargó entre ambos. Evan continuó manteniendo fija la mirada en ella y ella no se la apartó. Él le estaba dejando claro que no iba a aceptar el cambio de tema tan fácil, pero que no iba a volver a preguntar. Si quería volver a esquivarlo, tendría que hacerlo explícitamente.
Vera exhaló despacio.
—No, no aprendí eso en Valere. Fui asaltadora de caminos —confesó Vera como quien habla sobre el clima—. No de las que se cuentan historias bonitas. De las otras.
Evan mantuvo la respiración acompasada, dejando que el silencio actuara como un espacio seguro para que ella continuara si quería.
—No estoy orgullosa —continuó ella—, pero tampoco me arrepiento de todo. El mundo no te da muchas opciones cuando aprendes a vivirlo desde abajo.
Evan seguía quieto escuchándola, dejando que le contara hasta donde ella quisiera.
—Bruno lo sabe —añadió Vera—. Alex no. Lena lo intuye.
Mientras hablaba, llevó los dedos a su colgante sin darse cuenta. Lo sostuvo un segundo y luego lo dejó caer de nuevo bajo la ropa. Evan clavó la vista en ella, entrecerrando los ojos como si estuviera intentando leer una letra pequeña que no terminaba de ver clara.
—¿Me estás diciendo que yo no debería saberlo?
Vera esbozó una sonrisa mínima, cansada.
—Ves peligro antes que personas. No es un defecto, sino una virtud necesaria para tu trabajo.
Evan bajó la vista hacia sus propias manos, cerrándolas en puños.
Se había pasado media vida afinando justo eso.
Aprendiendo a leer amenazas antes que gestos e intenciones antes que voces.
Esa frialdad le había salvado la vida más veces de las que podía contar, pero también lo había alejado de los demás.
Escuchar esa verdad en voz alta, dicha con tanta sencillez, le dolió más de lo que hubiese querido.
No respondió, y esta vez su silencio no fue por prudencia.
—Lena no es frágil —dijo ella—. Pero es valiosa.
Y eso la hace vulnerable de otra manera.
No por lo que no sabe hacer, sino por lo que todavía cree que puede arreglar.
Y si todo lo que hice antes sirve para que a ellos no les pase nada, lo voy a usar.
No para limpiarme la conciencia sino para protegerlos a mi manera.
Evan no respondió mientras asimilaba la información.
—No tienes que cargar con todos —añadió Vera—. A veces basta con saber quién no va a meter la pata cuando las cosas se tuerzan.
Evan levantó la mirada despacio entendiendo algo que hasta entonces no se había permitido formular: no tendría que vigilar a Vera. O al menos no tendría que corregirla ni anticipar sus errores. Ella leía el terreno con la misma lógica dura que él.
Por primera vez desde que habían salido, Evan sintió que no estaba rodeado solo de riesgos, sino también de una aliada que entendía cómo funcionaba Orialis.
En eso, Bruno se acercó hasta poder verles la cara antes de hacerse oír. Se posicionó con el cuerpo colocado en un ángulo que le permitía cubrir a Vera sin ponerse delante de ella.
—Vale, ya llevo demasiados escenarios hipotéticos en la cabeza y eso empieza a inquietarme. Vengo a por la antena… y porque he notado una vibración emocional un poco intensa.
Evan lo observó. Bruno no estaba bromeando del todo. Su postura era defensiva, el cuerpo cargado hacia delante, listo para absorber cualquier impacto que Vera no quisiera gestionar.
—Esa habilidad no figuraba en tu currículo —replicó Evan.
—No, pero se adquiere con la experiencia. Y aviso: si esto deriva en una charla profunda de las que te remueven cosas por dentro, me voy a sentir incómodo y voy a decir algo fuera de lugar.
Evan bufó apenas.
—Eso tampoco sería nuevo.
Bruno sonrió, pero no retrocedió todavía. Miró a Vera un segundo, comprobando algo que solo él parecía necesitar comprobar. Cuando vio que ella seguía tranquila, aflojó apenas los hombros.
—Solo para situarnos, Costa. Tú vigilas desde la sombra. Yo vigilo desde el frente. No nos pisemos.
No sonó a amenaza sino a un acuerdo propuesto. Evan entendió el mensaje. No le gustó del todo, pero lo respetó. Bruno se alejó ya con la antena en la mano, con la misma naturalidad con la que había llegado.
Vera esperó a que estuviera fuera de oído antes de hablar.
—No te equivoques con él. Bruno es así con todos. Usa el humor para que nadie entre en pánico cuando las cosas se tuercen. No oculta el peligro, se asegura de que el miedo no nos bloquee. Suele recibir el golpe primero para que a los demás nos llegue más suave.