CAPÍTULO 4
LENA
La mesa llevaba horas sepultada bajo una montaña de notas y el módulo regulador de ciclos de cultivo abierto delante, un aparato viejo que nadie recordaba desde cuándo estaba allí. Se usaba para que la tierra, el riego y los ciclos no se pisaran entre sí.
Como el suelo de Valere estaba perdiendo fertilidad más rápido de lo que debería, Lena estaba probando hasta dónde podía exigir al sistema, intentando arañar semanas o quizá meses.
Había quitado la carcasa, dejando al descubierto una maraña de cables con el aislante reseco y circuitos integrados que desprendían un leve olor a resina quemada, y ahora manipulaba un selector que se resistía a girar. Era un trabajo de precisión casi ciega.
Ella no estaba esperando a nadie cuando Victor entró buscándola, y con eso ya le bastó para saber que algo no iba bien. Rondaba los cuarenta y tantos, y arrastraba un cansancio crónico instalado en las comisuras de los labios, una marca de nacimiento ganada a base de turnos dobles.
Era un hombre de complexión sólida, con el cabello castaño clareando en las sienes. No necesitaba gritar para que lo escucharan y se movía con la economía de gestos propia de quien sabe que cada gramo de energía ahorrado es una ventaja para sobrevivir al día siguiente.
—Ha llegado un enlace. Lo dejé pasar.
—Llegan cada cierto tiempo —respondió ella sin levantar la vista—. Eso no es noticia.
—Este sí.
Ahora sí lo miró. Victor se apoyó en una mesa y cruzó los brazos, intentando darle al gesto una ligereza que no tenía. Tenía su mirada fija en ella.
—No trae una petición clara —continuó—. Tampoco un intercambio concreto. Dice que ha visto cosas que no encajan.
Lena frunció el ceño, pero lo que delató que aquello le había llamado la atención fue el modo en que apretó la herramienta con fuerza de más antes de volver a bajar la vista.
—Eso lo dice todo el mundo cuando quiere que le hagamos caso.
—Lo sé. No te habría molestado si fuera solo eso. Habla de zonas que nadie ha tocado en años. Que son fértiles cuando no deberían. Lugares que deberían estar muertos y no lo están del todo.
—¿Y tú qué crees? —preguntó Lena.
Victor no respondió de inmediato. Se tomó un segundo más de lo habitual, ordenando algo mentalmente que no le terminaba de gustar.
—Creo que no ha venido a pedirnos algo. Y eso, en un enlace, es raro.
Lena no dijo nada, pero no alzó la mirada. Solo esperó.
—Y lo más raro —añadió— es que no quiere hablar con el consejo.
—¿Entonces?
Victor la miró directamente.
—Te busca a ti.
Eso sí la hizo alzar la vista y cerrar bruscamente el panel con el que estaba trabajando.
El sonido metálico resonó en el taller. Le molestó más de lo que quería admitir.
La idea de que alguien de fuera pudiera señalarla como si fuera una pieza movible o una autoridad, la inquietaba.
Ella era ingeniera, el motor silencioso, no el rostro de Valere.
Caminaron en silencio durante un tramo mientras se dirigían al despacho de Victor, donde habían indicado al recién llegado que esperara.
Al cruzar el umbral, Lena notó que el aire allí todavía conservaba ese aroma dulzón del papel viejo deshaciéndose en las estanterías.
La luz entraba de forma irregular a través de unos cristales reforzados con malla de alambre, proyectando sombras geométricas sobre el mapa de Orialis que colgaba en la pared, un lienzo de papel amarillento lleno de tachaduras y nuevas rutas marcadas a lápiz rojo.
Él estaba de pie cuando entraron, con el peso repartido de forma precisa, sin parecer impaciente ni cómodo.
Simplemente estaba allí recostado contra el borde del escritorio de Victor, una pieza de metal gris con las esquinas desconchadas y remaches a la vista que parecía haber sobrevivido a tres colapsos seguidos.
Estaba con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, mientras recorría con la mirada los lomos gastados de la estantería.
Una postura que no ocultaba la solidez de sus hombros anchos ni el desgaste de su chaqueta de cuero, oscurecida por el polvo del camino.
Era alto, cuerpo contenido, construido más por el uso constante que por cualquier tipo de cuidado deliberado.
Tenía el rostro anguloso, la mandíbula marcada y un tono de piel oliva que hablaba de más horas a la intemperie que bajo techo.
Barba de varios días que no intentaba disimular y el cabello oscuro cortado muy corto en los lados, casi rapado, más largo arriba.
Sus ojos eran marrones, profundos, atentos, de esos que no se mueven rápido, pero tampoco pierden detalle. Podría tener unos treinta años.
Lena registró los detalles con rapidez profesional: las botas reforzadas con puntera de acero, el cinturón táctico del que colgaban herramientas multiusos y la funda de la pistola, cuya lona estaba pulida por el uso. Tenía las manos grandes, quietas y sin tensión innecesaria.
Pero lo que más le llamó la atención fue su presencia imponente que llenaba el despacho, una mezcla de atractivo evidente y peligrosidad que ella decidió archivar en el mismo rincón mental donde guardaba todas las variables que no podía permitirse considerar.
Cuando él finalmente les dirigió la vista, lo hizo primero hacia Victor para medir las jerarquías del lugar y solo después se detuvo en ella, estudiándola con una intensidad tan detallada que Lena comprendió enseguida que aquel enlace no se limitaba a mirar lo que tenía delante, sino que estaba intentando descifrar exactamente con qué clase de persona se acababa detopar.
—Ella es Lena Calder —la presentó Victor.
Evan asintió y dio un paso hacia delante.
—Buenos días. Soy Evan Costa.
Le tendió la mano y Lena le siguió el gesto. Se saludaron con un apretón breve, firme y funcional. La piel de él estaba curtida y caliente.
—Dime que has visto —dijo ella, yendo directa al grano.
Evan retiró la mano con naturalidad.
—Llevo años en los caminos—empezó—. Entrando y saliendo de comunidades distintas. He visto cosas funcionar… y he visto caer otras que parecían sólidas.
—Eso no es nuevo —respondió Lena—. La entropía es la norma fuera de estos muros.
Evan sostuvo su mirada, midiendo la respuesta.
—He visto tierras que deberían estar muertas. Y no lo están. Suelos fértiles sin que nadie haya metido mano de forma visible.
Hubo un silencio de esos que obligan a elegir si lo rompes o te dejas caer dentro. Lena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eso no es posible. No sin trabajo previo de revitalización —dijo Lena arrugando el entrecejo mientras intentaba buscarle una lógica al asunto
—Pero sin embargo ocurre —respondió Evan.
—¿Desde cuándo pasa? Quiero decir, ¿es algo reciente o lleva tiempo ocurriendo sin que nadie lo haya sabido leer bien?
Evan se tomó unos segundos antes de responder, parecía medir cuánto contexto era necesario para no desviar la conversación.
—No empezó ayer. Lleva tiempo pasando. Lo suficiente como para que no sea casual, pero no tanto como para que nadie lo haya señalado todavía.
—Entonces no es que nadie lo haya visto —dijo Lena—. Es que nadie ha tenido motivos para detenerse a analizarlo.
—Eso es —respondió Evan—. Hasta ahora.
Nadie dijo nada durante unos segundos y Lena aprovechó para darle vueltas a lo que acababa de oír. Sus propios problemas con el huerto de Valere resonaron en su cabeza.
—Y si nadie lo mira con atención —añadió Evan—, no va a dejar de pasar solo porque resulte incómodo.
Lena no respondió de inmediato. No había motivos para desconfiar de él todavía, pero sí bastantes para admitir que la imagen que tenía delante estaba incompleta. Evan no parecía el típico mensajero que buscaba comida a cambio de rumores.
—Hay cosas que no nos estás diciendo —murmuró.
A Lena se le escapó el comentario antes de poder filtrarlo del todo. Evan no apartó los ojos de ella y esa fijeza la obligó a quedarse quieta, esperando una respuesta.
—Hay cosas que todavía no sé cómo poner sobre la mesa sin que todo se desordene. Lo que sí sé es que no es un caso aislado.
Lena levantó la vista despacio, procesando la magnitud de lo que insinuaba.
—Eso es lo que me preocupa: que no sea algo puntual. Porque ocurre a pesar de cómo dejaron todo antes del Éxodo, con la tierra explotada como si no hubiera un mañana.
—Y aun así hay zonas que están respondiendo como si ese pasado no importara. No se explica con lo que sabemos ahora. Y si nadie lo observa de cerca, no va a dejar de pasar solo porque prefiramos no preguntarnos por qué.
Victor intervino entonces, cruzando los brazos, rompiendo la burbuja que se había formado entre los dos.
—¿Y por qué vienes a decirnos esto a nosotros? Valere no es una institución de investigación exterior.
Evan respondió sin apartar la vista sobre Lena.
—Porque cuando empecé a intentar unir las piezas de este rompecabezas, el nombre de Valere aparecía siempre en el mismo punto. Como una referencia.
Lena tardó apenas un par de segundos en procesar lo que aquello implicaba, y la rapidez con la que las piezas encajaron en su cabeza hizo que se le revolviera un poco el estómago.
—¿Referencia de qué?
—De consistencia. De cosas que siguen funcionando incluso cuando todo alrededor no lo hace.
Lena se quedó mirándolo con desconfianza.
—Eso no explica por qué estás aquí.
Evan le sostuvo la mirada sin desviarse ni un milímetro, con una fijeza que a ella empezó a resultarle pesada, casi física.
—Si lo hace.
—Entonces explícamelo. No me gustan los acertijos, Costa.
Evan tardó más tiempo del que dictaba la cortesía en responder.
—Porque cuando algo aguanta demasiado en este mundo alguien acaba preguntándose cómo y quién está tomando las decisiones. Y porque tu nombre aparece en más sitios de los que imaginas, Lena.
Victor no se movió, pero Lena notó cómo se tensaba a su lado.