Sila: El favorito de Fortuna 29 Puteoli #3
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29 Puteoli #3

Fuera el cielo empezó a volverse gris. El viento cesó.

Los pájaros comenzaron a cantar: uno, después dos, después un coro que anunciaba la mañana.

Un mirlo se posó en el alféizar y cantó, con la cabeza inclinada, como si dirigiera el amanecer.

Epícado lo miró y pensó: El mirlo canta y Sila muere, y ambas cosas ocurren a la vez, y el mirlo no lo sabe.

Sila inspiró. Espiró. Inspiró. La pausa que siguió fue la más larga. Epícado esperó. Esperó el siguiente aliento, el aliento que tenía que llegar porque Sila siempre había seguido respirando, en cada campamento, en cada campo de batalla, en cada noche que habían atravesado juntos.

El aliento no llegó.

Epícado esperó. Diez segundos. Veinte. El mirlo cantaba. La luz aumentaba.

El aliento no llegó.

Epícado permaneció inmóvil.

Se quedó sentado junto a la cama, sosteniendo la mano que ya no apretaba, mirando el rostro que había quedado quieto: más quieto que durante el sueño, más quieto que en la vigilia, la quietud de un hombre que había dejado de ser.

Los ojos estaban cerrados. La boca, ligeramente abierta, como si aún hubiese querido decir algo.

La estatuilla de Fortuna reposaba en la otra mano, floja, con los dedos medio abiertos.

Epícado sostuvo aquella mano. La sostuvo durante mucho tiempo.

La sostuvo hasta que desapareció de ella el calor, hasta que la piel se enfrió y los dedos comenzaron a endurecerse.

La sostuvo porque soltarla significaba que todo había terminado y porque todavía no estaba preparado para que hubiese terminado.

Después depositó la mano sobre la manta. Con suavidad. Cruzó los dedos sobre el pecho, una mano sobre la otra, y la estatuilla de Fortuna se quedó donde estaba, en el puño izquierdo, porque Sila no la había soltado y Epícado no iba a quitársela.

Se puso en pie. Fue hasta la ventana y miró fuera.

La bahía de Puteoli se extendía bajo la luz de la mañana: el mar, las barcas, las gaviotas que daban vueltas sobre el agua.

El sol ascendía detrás de las montañas, y la luz atravesaba las nubes y se tendía sobre el agua como oro sobre una superficie oscura.

Una mañana hermosa. La primera mañana sin Sila.

Epícado permaneció junto a la ventana y no lloró.

Había llorado la noche de la confrontación, en el jardín, bajo el olivo.

Ahora no lloraba. El dolor estaba allí, pero era distinto: más profundo, más silencioso, un dolor que no necesitaba lágrimas porque se había instalado en cada fibra de su cuerpo y se quedaría allí, no durante días ni semanas, sino durante el resto de su vida.

Se volvió de la ventana y miró la habitación. La cama. El hombre sobre la cama. La estatuilla en el puño. El Dyskolos en la pared. La lámpara de aceite, que seguía ardiendo aunque ya clareaba el día en el exterior.

Apagó la lámpara. A la luz del día la habitación era sencilla: paredes blancas, madera de olivo, una ventana al mar.

La habitación de un hombre que había gobernado el mundo y lo había devuelto, y que había muerto en una cama sencilla, en una casa junto al mar, con el viento moviendo las cortinas y una diosa barata en la mano.

Epícado fue hacia la puerta. La abrió y salió al pasillo, donde el joven Cornelio esperaba con el rostro de un hombre que sabía que aquella mañana llegaría.

—Ha muerto —dijo Epícado.

Cornelio asintió.

—Envía un mensajero a Roma. Al Senado. A Pompeyo. A Cátulo. A todos.

—¿Qué debe decir el mensajero?

Epícado lo pensó. Después dijo:

—Lucio Cornelio Sila Félix, antiguo dictador de la República, ha muerto la mañana del... —Se detuvo. No sabía la fecha. Había dejado de contar los días—. ¿Qué día es hoy?

—Diecisiete de marzo.

Diecisiete de marzo. Epícado memorizó la fecha y la olvidó al mismo tiempo, porque las fechas no significaban nada y porque aquello que había perdido no cabía dentro de un día del calendario.

—El diecisiete de marzo, Lucio Cornelio Sila Félix ha muerto en su casa cerca de Puteoli. Que el Senado decida sobre el funeral.

Cornelio se marchó. Epícado quedó en el pasillo. Desde la habitación llegaba el viento que movía las cortinas, y con él entraba el olor del mar, salado y fresco, que se llevaba por fin el otro olor, el olor de la enfermedad, como si el mar hubiese estado esperando a que todo terminara.

Epícado fue a su propia habitación. Abrió el arcón.

Los siete rollos de Atenas. Los fragmentos de la estatua de Fortuna de Queronea.

Los rollos de papiro de Metela. Sus propias tablillas de cera.

Y, encima de todo, envuelto en un paño de lino, el fajo de papiros en el que había empezado a escribir su libro.

Sacó el fajo y lo dejó sobre la mesa. Después se sentó y tomó el estilete.

Empezó a escribir.

No el mensaje al Senado. No el acta de la última noche. Escribió la primera frase de su libro: el libro que estaría al lado de las memorias de Sila, el otro libro, la otra verdad.

Conocí a un hombre que amó la República y la quebró para salvarla. Se llamaba Lucio Cornelio Sila Félix. Yo fui su escriba, su intérprete, su sombra y su conciencia. Esta es mi versión de la historia.

Escribió la frase y dejó el estilete. Después miró hacia la ventana, por donde entraba la luz de la mañana, clara y cálida, y donde el mar llenaba la bahía, azul y quieto, como si nada hubiese ocurrido.

Todo había ocurrido. Y ahora empezaba.