…en la traición
Me despierto de golpe en mi cama. La isla otra vez.
Nunca es un sueño amable. Hay bestias. Monstruos que llevan corbata. El burro se ríe de mí. El conejo es dulce y adorable. Quiere ayudarme, aunque yo sé que no debo confiar en su sonrisa. No puedo pensar en el búho. No quiero hacerlo.
Tengo que recordar que he salido. Puedo ver la luz del sol —siempre que los nubarrones me lo permitan—. Puedo sentarme en un banco del parque. Puedo colgar gilipolleces en Instagram. Y en TikTok.
Puedo hacer lo que quiera. He roto el reloj. El tiempo corre de nuevo. Tic tac. Tic tac. Tic tac. Invariable. No sé adónde me lleva, o me arrastra, pero no importa.
Estoy aquí.
He despertado.
*****
Salí de la isla igual que entré: siguiendo a un hombre. Qué puta ironía.
—¿Crees que podrás trepar?
Miré la imponente pared de piedra que teníamos delante, y luego a John, que parecía muy resolutivo a mi lado.
—¿Qué hay ahí arriba?
—La única forma de salir de aquí.
—Pues hagamos añicos el puto espejo, doc .
Sonrió para sí .
Después, me siguió. Yo ya estaba trepando.
Desde arriba se veía cómo el fuego devoraba la isla. Había un grupo de personas en la playa. No distinguí quiénes eran.
—Como decimos en Inglaterra, están atrapados entre el Diablo y el profundo mar azul.
John contuvo una sonrisa. Él sí lo entendía. Era inglés. De los míos.
—Estarán a salvo siempre y cuando permanezcan en el agua. Ya los rescatarán.
—¿Y nosotros cómo vamos a salir? ¿Quién va a rescatarnos?
—¿Ves esa isla en la lejanía?
Desde lo alto de la roca teníamos vistas panorámicas, como en casa de David.
—Sí.
—Está llena de agentes de la Interpol. Solo tengo que dar la señal. Llevamos dos años intentando infiltrarnos en la secta. No hemos conseguido nada hasta ahora. En apariencia, la gente estaba aquí porque quería.
Uno. Dos. Tres segundos.
Y mi cerebro por fin lo procesó.
—¿Eres de la Interpol?
—Sí.
Joder.
—Cuándo me preguntaste si estaba retenida, no era para poner a prueba mi lealtad. Querías sacarme, que hablara contigo, que los delatara.
—Sí.
Me cubrí la cara con las manos .
Joder. Me cago en la puta.
—¡Jo-der! —grité a los cuatro vientos.
—Tranquila. Te sacaré ahora. Ya verás qué fácil. —Izó la Union Jack y se volvió hacia mí con una sonrisa triunfante—. ¿Qué te parece?
Me reí como una demente.
—¿Estás de coña? ¿ Esa es la señal? ¿La bandera de Reino Unido?
—Pues sí. Dios salve a la reina.
—La reina está muerta, soldado.
—En esta isla nada muere. A no ser que alguien le prenda fuego.
Me lo quedé mirando, y él a mí.
El mundo a nuestro alrededor era de color gris como sus ojos.
—¿Vas a delatarme, John?
—¿Cuándo te he delatado yo a ti, Willa?
A tomar por culo.
Lo besé.
Y seguí besándolo cuando descendió el helicóptero.
Y cuando alguien gritó Interpol.
Besé a John el británico y lo disfruté, joder. Me aseguré de ello.
*****
Me llevaron en helicóptero hasta el aeropuerto más cercano. Ahí cogería un vuelo comercial para volver a casa. John me escoltó. Él se quedaría. Tenía que ocuparse de todo el desastre .
—¿Sabéis algo de Vik? —le pregunté al final.
No esbozó ningún gesto. Solo me pareció captar una leve contracción en su rostro de acero, en la mandíbula apretada.
—Nadie ha vuelto a verlo después de aquella noche. ¿Crees que se tiró al mar para seguirte?
Mi marido estaba convencido de que no podíamos existir el uno sin el otro. Amor Vincit Omnia. Por toda la eternidad.
—Quién sabe. Hazme un favor, John.
—Dime.
—Cuando vuelvas a la isla, tira este puto anillo por el primer precipicio que encuentres. Si Vik está en el mar criando peces, querrá tenerlo. Es un sentimental.
Dejé caer mi anillo en su palma y él se lo guardó en el bolsillo.
Por la megafonía llegó el último aviso. Había que dirigirse lo antes posible a la puerta de embarque.
—Te veré en Londres —me dijo él.
Volví a besarlo.
Me gustaba besar a John. Su mejilla raspaba. Era como… muy real. Lo demás parecía un sueño. Uno del que había escogido despertar.
—Adiós.
Me fui.
Él se quedó en tierra de nadie, alto, firme, un soldado con una misión.
Me giré justo antes de cruzar la puerta. Seguía ahí, impertérrito, siguiéndome con la mirada. Le guiñé el ojo.
Sonrió, y yo asentí y volví a casa.
**** *
Maya estaba en el aeropuerto cuando llegué. No me lo esperaba. Tampoco me lo merecía.
Pero ahí estaba, ojerosa y despeinada, recién salida de las trincheras. Mi Maya.
No tenía ni puñetera idea de qué decirle.
—¿No vas a besar el suelo? —me propuso cuando me detuve delante de ella. Sin maleta. Me había marchado con lo puesto. Como siempre.
Fingí sopesarlo.
—¿Sabes qué es lo que realmente me apetece hacer?
—No. ¿El qué?
—Comerme un Big Mac.
Asintió, divertida.
—Vuelves a ser tú, entonces.
— See. Eso parece.
—Venga, te llevo al McDonald´s. Me he traído a Leo .
—¿Sigue arrancando tu coche?
—Pues claro.
—¿Cómo es posible?
—Es como Mick Jagger. Resiste el paso del tiempo.
Me reí mientras la seguía hacia el aparcamiento.
En el McDonald´s, me comí una doble hamburguesa con dos raciones de patatas fritas. Maya solo pidió un café.
Yo comía deprisa. Ella bebía despacio. De vez en cuanto nos mirábamos. Sobre todo, ella a mí .
Bañé la última patata en kétchup, me limpié los dedos con la servilleta y empujé la bandeja hacia el centro de la mesa.
—Vale. Estoy lista.
Me aguantó la mirada.
Conté hasta quince, y entonces ella le dio un golpe a la mesa con los nudillos y me señaló.
—Te lo dije, joder.
No pude rebatirlo.