…cuando el sol se ponga a mediodía
La naturaleza es equitativa. Nada consume sin ser consumido. Todo ser vivo tiene un depredador, algo que llega después y observa paciente sus movimientos.
La pregunta no es si va a atacar.
La pregunta que debemos hacernos todos es cuándo .
Aprendí lo que es la paciencia en un agujero bajo tierra.
Me enseñaron el dolor en una mansión.
Me dijeron que Dios es vengativo en una cena a la luz de las velas.
Yo aprendí algo de todo el mundo.
Ahora les tocaba a ellos aprender algo muy sencillo sobre mí. Era despiadada como mi madre. Una puta psicópata. Y no iba a rendirme. No iba a quedarme ahí tumbada mirando Orión, escuchando el mar yendo y viniendo, hasta que me pudriera.
De eso nada.
Iba.a.volver.
No solo por mí. Por todas ellas. Por la siguiente que acabara dejando recados en una Biblia, consciente de que jamás saldría de ahí para contárselo a otra persona con su propia voz.
Yo no era una mártir. Era una rebelde, y tenía una misión: acabar con ellos. Con sus ceremonias. Con sus sacrificios. Con los correctivos. Con la obediencia.
Sí, señor. A la mierda.
Iba a acabar con los privilegios. Y con los campamentos. Con toda esa red que habían creado sintiéndose intocables.
Una isla sin leyes. Sin pecado. Sin crimen que castigar .
Tal aberración no debería existir.
Aeternum.
No eran eternos. Eran una plaga. Y toda plaga necesita un depredador. Es cuestión de equilibrio natural.
Morir me daba una ventaja estratégica tremenda.
Es fácil mirar cuando nadie sabe que miras.
—¿Todo bien ahí, tío?
—Dame un segundo, coño. Tengo que mear.
El soldado vació la vejiga a unos dos metros de mí. No me vio porque estaba oculta entre la maleza.
Observé con asco cómo se la sacudía tres veces antes de guardársela sin más.
—¿Estás meando o haciéndote una paja? —le dijo el otro desde el carrito.
—Hay que joderse. ¡Que ya voy, capullo!
Las botas se alejaron.
Esperé cinco minutos por precaución y luego me arrastré fuera de mi escondite y recogí lo que se le había caído al suelo mientras orinaba: un paquete de cigarrillos.
Mira por dónde. Mi humilde deseo antes de morir se estaba cumpliendo.
Había un mechero dentro.
*****
Ese era el día. Lo supe desde primera hora de la mañana, por la forma en la que brillaba el sol, por cómo olía el mar y las flores de la isla.
Había llegado la hora de acabar con mi plaga.
Solo tenía que esperar hasta mediodía .
Buena chica.
Oculta entre la maleza, crucé los brazos sobre el pecho, cerré los ojos y aguardé a que el círculo se terminara de completar.
Pensé en el último ritual. La ceremonia más importante de todas, la que te blindaba, te daba auténtico poder dentro de la secta al mismo tiempo que te lo arrebataba fuera de ella.
La muerte es el precio que hay que pagar para entrar en el Paraíso.
Ellos lo veían así.
Eve, en cambio, me proporcionó un enfoque distinto. En su Paraíso tenías que estar muerto para entrar.
Sí, definitivamente me gustaba más esa versión.
Si había que escoger bando, escogía al Dios de Eve, el de Israel, el que lo veía todo y castigaba a los pecadores.
Iba a actuar en su nombre. Ya había descubierto cómo.
Eran unos pirados, sí. Pero tenían un lado bueno. Intentaban dejar huella. Una limpia.
La isla se abastecía con renovables, placas solares, molinos. Sin embargo, en temporada de lluvias, el sol no era suficiente para sostener la infraestructura.
El agua que salía caliente en cuanto abrías el grifo.
El centro comercial.
El rizador de pelo de Lía…
Necesitaban generadores, lo cual resultó ser de gran ayuda para mi misión divina. Los generadores tenían combustible y, a diferencia de las casas, estaban sin vigilar.
¿A qué mente enferma se le ocurriría robar la gasolina de los depósitos ?
Solo a alguien con un fuego bíblico que alimentar.
Descubrí dónde guardaban los bidones llenos y me los llevé. Eran de cinco litros. Fáciles de transportar.
Los escondí en mi guarida del bosque hasta que pude vaciarlos uno a uno en todos los puntos muertos de las cámaras.
Luego…
Eso fue lo mejor. Lo retuve para recrearlo más adelante. El raspado áspero del mechero. La punta del cigarrillo reventando en un fulgor anaranjado. El humo en mis fosas nasales y después en los pulmones.
Di una calada muy profunda. Me la había ganado. El resto lo reservé para ellos.
La gasolina prendió enseguida.
El viento y la vegetación fueron grandes aliados. El fuego se descontroló. Cuanto más se alimentaba, más hambriento se volvía.
La isla rugía, furiosa.
Ignis.
Flamma.
Incendium.
¿De qué les había servido su vigilancia y las armas? Tendrían que haberse leído la Biblia. En el primer capítulo quedaba muy claro que la serpiente se colaba en el jardín.
Y que Eva no era trigo limpio.
Las palmeras empezaron a lanzar chasquidos.
El incendio cubrió los arbustos.
Las villas de madera con sus tejados de paja...
Las hermosas flores moradas...
Observé cómo se marchitaban .
Era triste, y muy satisfactorio.
El humo lo envolvió todo. El cielo se tornó gris.
Y dijo el Señor: Yo soy el Dios de Israel; convertiré vuestras fiestas en llanto, haré que el sol se ponga a mediodía y toda la tierra quedará a oscuras.
Cabrones.
Permanecí inmóvil, absorbiendo el apocalipsis que había desatado. Sabía que moriría ahí. Lo había asumido. No tenía forma de salir.
Pero haría que mi muerte valiera la pena. Armaría mucho jaleo antes de irme. Fuegos artificiales como en nuestra puta boda. Era el único placer que me quedaba.
De pronto, noté unos brazos a mi alrededor. Alguien tiraba de mí, me gritaba algo que me negué a escuchar.
No me moví, no lo seguí, y él me levantó del suelo sin ningún esfuerzo, me cargó al hombro y me sacó de ahí.
Seguí mirando hacia atrás. Deleitándome.
Sodoma caía baja el fuego de mi ira.
*****
—Y ¿sabes qué, madre? Nadie me convirtió en estatua de sal. Porque a Dios le parecía jodidamente bien. Ahora quiero saber tu verdad.
No me pregunta a qué me refiero. Ella nunca pregunta lo que ya sabe.
—Has tardado.
—No estaba lista para recibir una respuesta.
Acaba sonriendo.
Pero su sonrisa es una sombra, como la mía .
—Murió en el acto. ¿Crees que iba a deleitarme con eso?
Puta psicópata.
La creo. No se lo cargó. No hubiese sido suficiente.
Por fin comprendo algo que mi viejo yo no comprendía: morir no es un castigo apropiado.
Lo cruel es dejar que sigan con vida.
—¿Y ahora qué, Willa? Has dejado el listón muy alto. Te será difícil superar lo de la secta. ¿Qué vas a hacer a continuación para disgustarme?
Le sonrío.
—Volveré a la facultad de Medicina. Me convertiré en una neurocirujana reputada como tú. Ya no quiero ser cardióloga como papá. Los corazones son simples.
No se lo esperaba. Bien. Me gustan los golpes de efecto.
—¿Crees que puedes retomarlo sin más?, ¿que es como un videojuego que pones en pausa y vuelves a arrancar cuando a ti te parece bien?
—Sí. Lo creo.
—¿Por qué?
—Porque soy hija tuya, joder.