Siete días para salvar la Navidad Capítulo 1 — Élise
4%
Siete días para salvar la Navidad

Siete días para salvar la Navidad

Por Alice Valenne

© inepub.com

Capítulo 1 — Élise

El GPS había perdido la fe dos curvas antes de Mont-Roselin.

Desde hacía diez kilómetros mostraba una flechita azul que avanzaba en medio de un gran vacío gris, con la serena seguridad de quien ya no tiene ni idea de dónde está pero se niega a admitirlo. A Élise le caía muy bien. Se reconocía en él.

De todas formas, no lo necesitaba. Sus manos conocían la carretera mejor que ella: la curva cerrada después del puente, el granero con el tejado hundido —ahí seguía, igual de hundido, con una constancia que le pareció casi admirable—, y luego la larga recta donde los alerces se apartaban de golpe para dejar ver el pueblo.

Aminoró la marcha sin proponérselo.

Mont-Roselin seguía igual. Los tejados blancos apiñados alrededor del campanario, los chalets desperdigados más arriba en la ladera, el humo de las chimeneas subiendo muy recto en el aire inmóvil.

Por encima, las cumbres desaparecían a medias en un cielo encapotado, del color del zinc viejo.

Cuatro bajo cero, según el salpicadero del coche de alquiler.

Un frío seco, que aún no mordía pero esperaba su momento.

Quince años.

Había vuelto, claro. Dos o tres veces. Una comida rápida con Claire, una tarde encajada entre dos trenes; siempre unas horas, nunca una noche, y cada vez evitando con mucho cuidado preguntar dónde estaba Thomas. Esas visitas no contaban. Lo sabía. Por eso había procurado no contarlas nunca.

La calle principal ya estaba decorada: guirnaldas tendidas entre las fachadas, algo escasas, con bombillas apagadas entre las demás como dientes que faltan.

Pasó por delante de la panadería, cuyo escaparate empañado dejaba adivinar estantes de pan de especias, luego la fuente, luego la pequeña iglesia.

Y al final de la calle, en el lugar exacto donde lo había dejado, el Hôtel des Mélèzes.

Fachada de piedra clara. Contraventanas verde oscuro. El gran balcón de madera que recorría la fachada bajo las ventanas de la primera planta, cargado de nieve. Y el letrero, con letras pintadas sobre la puerta: Hôtel des Mélèzes — depuis 1958 .

El viejo abeto seguía delante, más alto que el tejado.

Dejó el coche en el aparcamiento. Había tres coches. En la tercera planta, todas las contraventanas estaban cerradas.

Élise se quedó un segundo con las manos en el volante, el motor apagado, escuchando ese silencio tan particular de la nieve, que se lo traga todo, hasta el ruido de la propia respiración.

—Bueno —dijo en voz alta—. Vamos allá. Eres una adulta. Tienes un plan de pensiones.

Salió. El frío le atrapó las mejillas al instante. Olía a leña quemada, a resina y a algo más limpio que no era más que el olor del aire a 1100 metros. Había olvidado que el aire pudiera oler.

Sacó la maleta del maletero y, al darse la vuelta, lo vio.

Un hombre en los escalones de la entrada, de espaldas a ella. Una chaqueta de trabajo oscura, un gorro, un cubo en la mano. Echaba sal sobre las piedras con un gesto amplio y regular, sin prisa, como quien ha hecho ese movimiento miles de veces.

Lo reconoció antes de verle la cara. Por su forma de estar de pie. Por los hombros. Por esa manera de inclinar un poco la cabeza cuando miraba al suelo.

Algo se le encogió bajo las costillas.

Vale. Natural. Vas a ser natural.

—¡Hola! —saludó, demasiado alto.

Y apretó el paso, porque una persona natural no se queda plantada en medio de un aparcamiento mirando fijamente a alguien.

No vio la placa de hielo. Solo la notó, justo en el momento en que sus dos pies decidieron irse sin ella. Hubo un instante muy breve, casi apacible, en que su cuerpo flotó en horizontal. Luego, el suelo.

Aterrizó de espaldas con un ruido sordo de plumífero. La maleta se le escapó y se detuvo un metro más allá, tumbada de lado, con las ruedas al aire, en una actitud que a Élise le pareció bastante solidaria.

Miró el cielo. Gris. Se le colaba nieve por el cuello.

Una silueta se interpuso entre ella y las nubes.

—Élise.

No era una pregunta.

No se movió. Si no se movía, quizá la escena todavía pudiera anularse.

—Thomas. Hola. No te muevas, estoy haciendo una prueba.

—Una prueba.

—De adherencia. Ha sido a propósito. Comprobaba que tu sal funcionaba bien.

Él bajó la vista hacia el cubo que tenía en la mano y luego hacia la placa de hielo intacta, a un metro de los escalones.

—Todavía no había echado sal en esa parte.

—Entonces la prueba es concluyente.

La comisura de su boca se movió. No era una sonrisa. El recuerdo de una sonrisa, quizá. Dejó el cubo en el suelo y le tendió la mano.

Ella dudó medio segundo —lo suficiente para que él lo notara; lo vio notarlo— y luego se la cogió. Él no llevaba guantes. Tenía la mano caliente a pesar del frío, la palma áspera, y la levantó de un solo movimiento antes de soltarla al instante.

Al instante. Como quien deja en su sitio un objeto que no le pertenece.

Se sacudió la nieve para tener las manos ocupadas.

Él había cambiado, por supuesto. La cara más enjuta, más marcada, una barba corta que no tenía a los veinte años, dos arrugas nuevas en el rabillo de los ojos.

Pero la mirada era la misma. Tranquila. Atenta.

Esa mirada que siempre había parecido leer las cosas un poco más despacio que los demás, y llegar mucho más lejos.

—No has cambiado —dijo ella—. Bueno, sí. Por fuerza. Quince años, todo el mundo cambia, yo he cambiado, hasta tengo seguro médico, y una planta, vale, se murió, pero he tenido una planta, lo cual demuestra cierta…

Se interrumpió. Él esperaba el final de la frase. Ella no lo tenía.

—… madurez —concluyó con un hilo de voz.

—¿Te has hecho daño?

—Solo en la dignidad. Está acostumbrada, se recupera rápido.

Él fue a levantar la maleta. Al pasar junto a ella, dejó tras de sí un olor a frío, a lana húmeda y a humo de leña, y Élise se odió un poco por haberse dado cuenta.

No la hizo rodar. La llevó por el asa de arriba, como si no pesara nada.

—Puedo llevarla yo.

—Ya lo sé.

La llevó de todos modos. En lo alto de los escalones se detuvo, con la mano en la puerta, y la miró de arriba abajo, sin prisa.

—Te vas a congelar.

—Voy perfectamente equipada. Este abrigo me costó doscientos cuarenta euros.

—Lo llevas abierto.

Élise bajó la vista. El abrigo estaba abierto de par en par sobre el jersey, probablemente desde el peaje.

—Es cuestión de estilo.

—Por supuesto.

Abrió la puerta con el codo, dejó la maleta justo dentro, sobre la alfombra, y no cruzó el umbral.

—Claire te está esperando desde mediodía.

—Había un camión atravesado pasado Albertville. Y un GPS en plena crisis existencial.

Él asintió. No preguntó nada. Ni «qué tal estás», ni «cuánto tiempo», ni «por qué ahora». Se había preparado para todas esas preguntas durante seis horas de autopista. No había previsto que él no haría ninguna.

—Termino con los escalones —dijo mientras recogía el cubo—. Antes de que pongas a prueba alguno más.

Y volvió a bajar.

*

El calor del vestíbulo la envolvió como una manta que te echan sobre los hombros.

Todo seguía allí. La recepción de madera oscura, gastada en las esquinas por sesenta años de codos y de llaves dejadas encima.

El viejo reloj de tictac demasiado lento, como si se lo pensara antes de cada segundo.

Los sillones junto a la chimenea, donde ardía un fuego bajo.

Las fotos en blanco y negro de la pared, los esquiadores con pantalones de lana, su abuela de joven, riendo delante de ese mismo mostrador.

Olía a cera, a fuego y, muy ligeramente, a canela.

Élise se quedó inmóvil sobre la alfombra, con la nieve derritiéndose en los hombros.

—Te has caído.

Claire salía del despacho que había detrás de la recepción, con las gafas subidas sobre la cabeza y una rebeca demasiado grande ceñida contra el cuerpo.

—¿Cómo lo sabes?

—Tienes nieve hasta en el pelo. Y pones cara de alguien que se ha caído delante de alguien.

Se dieron un beso. Claire la abrazó fuerte, un buen rato, y Élise notó bajo las manos unos omóplatos más marcados de lo que recordaba. Cuando su tía se apartó para mirarla, vio las ojeras. No eran las ojeras de una semana dura. Eran ojeras instaladas, que ya habían cogido sus costumbres.

—Pareces cansada —dijo Élise.

—Y tú pareces parisina. Cada una con su problema. Ven, he hecho té.

Se acomodaron en el saloncito, en el sofá que seguía hundiéndose un poco demasiado por el lado izquierdo. Élise ya había sacado el portátil antes de que la tetera llegara a la mesa. Era superior a ella. Un problema, un portátil; una emoción, una lista.

—He estado pensando en el coche —empezó—.

Hacemos un inventario en condiciones, habitación por habitación.

Yo hago fotos decentes, con luz, no las de la web, que son de…

sinceramente, no quiero saber de cuándo son.

Contacto con dos o tres inmobiliarias, comparamos las tasaciones y en enero tienes un dosier sólido; no estás obligada a aceptar la primera…

—No va a hacer falta ninguna inmobiliaria.

Élise levantó la vista de la pantalla.

—¿Has cambiado de opinión?

Durante un segundo, le dio vergüenza el alivio que le subió por el pecho.

—No. —Claire hizo girar la taza entre las manos—. Ya tengo un comprador. Un grupo inmobiliario. Hicieron una oferta el mes pasado.

—Una oferta.

—Una oferta seria. Suficiente para cubrir las deudas y dejarme respirar.

—¿Y qué quieren hacer con él?

—Apartamentos. Segundas residencias. Conservarán la fachada.

Élise cerró despacio el portátil.

—¿Has firmado?

—Todavía no. Les daré la respuesta después de las fiestas.

—Pero vas a decir que sí.

Claire no contestó enseguida. En el vestíbulo, el reloj se tomó su tiempo con un segundo más.

—Cuatro habitaciones ocupadas esta noche —dijo por fin—. De dieciocho. Un 18 de diciembre. Lo demás te lo enseño mañana, con los papeles. Esta noche no quieres ver los números, créeme.

La puerta del salón se abrió. Entró Thomas, con una brazada de leños contra el pecho y el gorro en la mano. Se detuvo al ver sus caras; luego cruzó la habitación y se agachó delante de la chimenea como si no hubiera notado nada.

Élise lo vio colocar los leños uno a uno, sin hacer ruido.

—¿Lo sabías?

Él no fingió no entenderla. Tampoco se dio la vuelta.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde octubre.

Empujó un leño con la punta de los dedos. Una lluvia de chispas subió por el tiro de la chimenea.

—No me correspondía a mí decírtelo.

Era verdad. Era incluso perfectamente razonable. Y Élise sintió que algo se le erizaba por dentro, porque era justo la frase que se le dice a alguien que ya no forma parte de la gente a la que se le cuentan las cosas.

—No, claro —dijo—. Perdona. Es solo que… he conducido seis horas, me he pegado un porrazo en un aparcamiento delante del chico al que he evitado con mucho cuidado durante quince años, y nada más llegar me entero de que el hotel está vendido. Es mucho para un martes.

El silencio cayó de golpe.

Claire miró la chimenea con repentino interés. Thomas, en cambio, giró por fin la cabeza hacia Élise.

Notó que le subía el calor a la cara, y no era por el fuego.

—Bueno, chico —rectificó—. Hombre. Evidentemente. Ya no eres un chico, no sé por qué he dicho chico. Y lo de «evitado» es mucho decir, quería decir… En realidad nadie entiende lo que quería decir, y así está muy bien.

Thomas la miró un segundo más. No sonrió. Se levantó, se limpió las manos en el pantalón y se volvió hacia Claire.

—La caldera aguanta. Volveré a echarle un vistazo antes de acostarme.

—Gracias, Thomas.

Salió. La puerta se cerró suavemente tras él, sin portazo, y eso fue casi peor.

Élise se dejó caer contra el respaldo del sofá y cerró los ojos.

—De verdad que acabo de decir eso en voz alta.

—Sí —confirmó Claire.

—Podrías haberme interrumpido.

—Estabas lanzada.

Claire dejó la taza, y su mano sobre la de Élise. Cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.

—Será la última Navidad del Hôtel des Mélèzes. Quería que estuvieras aquí para esta.

Élise sintió que se le cerraba la garganta de golpe, sin avisar, e hizo lo único que sabía hacer en esos casos.

—O sea que, resumiendo, he venido desde París expresamente para caerme en un aparcamiento, decir tres frases de más delante de Thomas y enterarme de que no tenía nada que organizar. Un día bastante completo para una organizadora de eventos.

Claire se rio bajito y le dio unas palmaditas en la mano. No notó nada.

Élise, en cambio, notó que había pensado: él sí lo habría notado. Y se apresuró a pensar en otra cosa.

*

Le habían dado la habitación 12.

Cómo no. Claire ni siquiera había preguntado. Se había limitado a tenderle la llave —una llave de verdad, pesada, colgada de un llavero de latón— como si no hubiera nada que preguntar.

Nada había cambiado de verdad. El papel pintado de florecitas amarillas, algo descolorido junto a la ventana.

El escritorio de madera donde había preparado los exámenes de bachillerato mirando más el pueblo que sus apuntes.

El armario que chirriaba por la segunda puerta, no por la primera. Élise lo comprobó. La segunda.

Dejó la maleta sobre la cama y se sentó al lado.

Quince años de crecimiento personal para acabar exactamente en la misma habitación. Muy alentador.

Fue hasta la ventana. Ya caía la noche, de un azul espeso. Allá abajo, las luces del pueblo se iban encendiendo una a una, y el abeto de delante del hotel ya no era más que una gran forma negra sobre la nieve.

Abajo, los escalones de la entrada tenían sal. Todos. Con esmero, hasta el borde, hasta la última placa del aparcamiento.

Una silueta cruzó el patio hacia el pequeño anexo del fondo del terreno. Se detuvo en mitad del camino y alzó la cabeza hacia la fachada. No hacia su ventana. Hacia el hotel entero, como se mira a alguien a quien se conoce desde hace mucho tiempo y a quien pronto habrá que dejar.

Élise retrocedió un paso de todos modos, hacia la sombra de la habitación.

Luego volvió a abrir el portátil, porque era lo que ella hacía. El documento seguía abierto, el que había empezado la noche anterior en su piso de París, entre dos correos de trabajo. Arriba, en negrita, la primera línea de su lista:

Ayudar a Claire a vender el hotel.

La miró largo rato.

No la tachó. Tampoco añadió nada.