Capítulo 16 — Lo que elegimos #3
Después miro a Jamie, que espera de verdad mi respuesta.
Planear no es decidir en lugar de alguien.
Querer no exige renunciar a toda organización.
Solo dejar una puerta abierta.
— Quiero saber dónde has reservado.
— En el restaurante del puente.
Enarco las cejas.
— ¿El lugar que pertenece a nuestro pasado?
— El mismo en el que me amenazaste con tirar mi teléfono al río.
— Fue una conversación importante.
— Pensé que podíamos darle un recuerdo mejor.
Subo.
— Entonces vamos.
El restaurante está casi vacío. Nos dan una mesa junto a la ventana, con vistas al puente y a los reflejos de las farolas en el agua.
Ninguna familia espera un brindis.
Ningún fotógrafo ajusta su objetivo.
Nadie sabe que Thomas y yo debíamos celebrar nuestro compromiso esta noche.
Yo sí lo sé.
El dolor me atraviesa como una corriente fría.
Jamie lo ve.
— Podemos irnos — dice.
Niego con la cabeza.
— No. Quédate.
Se queda.
Pedimos demasiada comida porque ninguno de los dos sabe cómo funciona una primera cita con veinte años de historia detrás. Jamie por fin cuenta el origen de su cicatriz: a los doce años intentó construir una rampa para bicicleta con una tabla partida y un martillo prestado.
— ¿Eso es todo? — pregunto.
— ¿Esperabas una historia de rescate?
— Al menos un animal en peligro.
— Mi pulgar estaba en peligro.
— Eso también le dijiste a Leah. Solo que a ella le contaste una bicicleta sin martillo. Y Emily jura que le hablaste de un cúter de carpintero.
Jamie deja el vaso.
— Has comparado las versiones.
— Has repartido las suficientes como para que se convierta en una investigación.
Mira su mano un largo rato, como si decidiera cuál de las historias merece seguir existiendo.
— Tenías nueve años — dice por fin—. Estábamos en el cobertizo durante la tormenta. La estantería donde tu padre guardaba sus herramientas se soltó de la pared. No la viste venir.
— No me acuerdo de eso.
— Lo sé. Mirabas la puerta, como siempre.
Gira la mano y expone la cicatriz a la luz del restaurante.
— Te empujé. La estantería me cayó a mí en su lugar. Un destornillador hizo el resto.
Algo frío me recorre la espalda.
— ¿Cómo es posible que no me acuerde?
— Ya llorabas por el trueno antes incluso de que cayera. Tu madre dice que borraste todo esa noche, no solo la estantería.
— ¿Ella lo sabe?
— Fue ella quien me cosió la mano en la mesa de la cocina, porque se negó a despertar a un médico por seis puntos.
Dejo el tenedor.
— ¿Y la bicicleta?
— Una historia mejor para la gente que no importaba lo bastante como para contarle la de verdad.
— ¿Emily no importa?
— Emily habría llorado. Aquel día no tenía paciencia.
— ¿Y yo sí importaba para la historia de verdad?
Me mira como si la pregunta ni siquiera mereciera respuesta.
— Tú eras la historia de verdad.
Le cuento una presentación en Londres durante la cual mi plano estuvo al revés en la pantalla durante diez minutos sin que nadie se atreviera a decírmelo.
Se ríe hasta tener que secarse los ojos con el dorso de la mano.
— Te ríes mucho para alguien que me mintió sobre un martillo durante diez años — comento.
— Fue un error de cálculo.
Hablamos de lo que hemos vivido por separado.
No para llenar diez años en una sola noche.
Solo para abrir las primeras habitaciones.
A las diez salimos.
En el puente, el viento me alborota el pelo. Jamie se apoya en la barandilla, en el mismo lugar que el martes pasado.
— El miércoles — dice.
— Vuelvo a Londres.
— Puedo ir el viernes por la noche.
— Odias conducir por Londres.
— Odio conducir en cualquier sitio donde la gente usa el claxon como si fuera un idioma.
— Podemos vernos a medio camino.
— O puedo coger el tren.
— Acabas de proponer el transporte público sin amenaza inmediata.
— El amor me vuelve irreconocible.
Me coloco a su lado.
— El viernes por la noche — digo.
— El viernes por la noche.
— ¿Y mañana?
— Mañana también, si quieres.
— Desayuno a las siete y media.
— ¿Con café?
— Mucho.
Me toma la mano.
Sus dedos se entrelazan con los míos con la sencillez de un gesto antiguo que se ha vuelto nuevo.
Miramos el río.
— ¿Sabes? — dice Jamie—, no puedo prometer estar siempre ahí.
Vuelvo la cabeza hacia él.
— ¿Perdona?
— Puedo estar enfermo, llegar tarde, estar furioso, ocupado o simplemente ser insoportable algunos días. No quiero que esa frase se convierta en un papel que tenga que interpretar hasta desaparecer en él.
Pienso en Thomas, que arreglaba los detalles para los demás. En Jamie, que durante mucho tiempo confundió el silencio con la lealtad. En mí, que he dibujado vidas enteras sin preguntar quién quería habitarlas.
— Entonces no estés siempre ahí — digo—. Sé de verdad cuando lo estés. Y dime cuando no puedas.
Me aprieta la mano.
— Puedo intentarlo.
— Yo también.
Son promesas más pequeñas que para siempre.
Me parecen más sólidas.
Cuando Jamie me lleva de vuelta, mi madre ha apagado la cocina pero ha dejado encendida la luz del porche.
Nos quedamos delante de la casa.
— Buenas noches, Mary.
— Buenas noches, Jamie.
Me besa despacio.
Sin urgencia.
Sin cuenta atrás.
Mañana existe.
Subo a mi habitación a las once y doce de la noche.
El cuaderno rojo espera sobre el escritorio.
Lo abro por una página en blanco.
Por un instante, pienso en escribirle una carta a la Mary que seré dentro de diez años.
Podría preguntarle si vive en Londres o en Bellweather. Si el centro cultural ha abierto. Si Thomas es feliz en Singapur. Si Alexander por fin ha dejado de guardar las palabras de los demás. Si Jamie y ella han aprendido a elegirse sin perderse.
No le pregunto nada.
El futuro no tiene que responderme esta noche.
Escribo la fecha.
Lunes.
La carta tenía un autor. No tenía la respuesta.
La respuesta era mía.
Me detengo.
Después añado una última frase.
Hoy he elegido a Jamie. Mañana volveremos a elegirnos. Y si algún día ya no podemos, tendremos el valor de decírnoslo.
Firmo.
Mary Bennett.
El nombre queda al pie de la página.
No escondido bajo una solapa.
No encerrado durante diez años.
Cierro el cuaderno y apago la lámpara.
Fuera, la ciudad descansa alrededor del instituto, del río y de todas las carreteras que se alejan de él.
Esta vez no le pido al tiempo que decida si tenemos razón.
Mañana por la mañana, Jamie traerá el café.
Y empezaremos.