Siempre te querré (Trilogía Recuerda 1) 38
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DORIAN

Abro los ojos con resaca de sueño y una sonrisa, pero enseguida me doy una colleja mental. «¡Mierda! ¡Me he dormido!». Miro la hora en el despertador y sacudo la cabeza, un poco atontado por las escasas horas de sueño y por lo tarde que es.

Le prometí a Ash que me quedaría despierto toda la noche, intentando recuperar el tiempo perdido por culpa de mi gilipollez innata, esa que viene de serie y a la que al fin voy a plantar cara tras un sexo alucinante de reconciliación y sentirme el hombre más afortunado del mundo por haberla recuperado.

Lo hemos hecho tantas veces esta noche, de tantas maneras distintas, con tantos orgasmos compartidos, que todavía me siento dentro de ella, como si le perteneciera.

Me habría encantado cumplir mi promesa y mantenerme despierto para ver juntos el amanecer, terminar de trazar nuestros planes y aprovechar hasta el último milisegundo de esta noche mágica.

Porque, por mucha distancia que imponga y muchas malas decisiones que tome, Ashley es mi todo, y no imagino un mañana sin ella a mi lado.

Ya no.

Y, sin embargo, hay algo extraño en el silencio de la habitación. Demasiado limpio. Demasiado quieto. Como si el aire estuviera esperando a que lo rompa.

He perdido el miedo a admitirlo y ha sido alucinante, me ha llenado de una felicidad completa.

Esta noche hemos hablado mucho. De su vida, de la mía, de las pérdidas, de las palizas, del dolor, de la soledad, del vacío.

He sentido su sufrimiento y he deseado indagar más en su pasado.

Por eso acordamos que hoy pasaremos la tarde en casa después de una comida en la de mi abuelo, explicándonos nuestros secretos.

Y tengo ganas de que llegue ese momento, de abrirme del todo a ella, de no ocultarle nada, porque esta vez voy a por todas y nada se interpondrá en nuestra relación.

No me acojonaré. No volveré a cagarla.

Haremos público lo nuestro. Caminaremos por Elberta sin escondernos y, en unos meses, se vendrá conmigo a Austin. Esta vez voy en serio. Incluso he decidido ir a terapia. Porque ella lo vale. Y sé que lo necesito.

Palpo a mi lado en la cama, buscándola. Pero me reciben las sábanas vacías y su olor impregnado en la almohada. Lo aspiro un segundo antes de abrir los ojos, con una sonrisa perfecta y la necesidad absoluta de volver a abrazarla.

—¿Ash? —la llamo frotándome los ojos para desprender de ellos el sueño—. ¿Dónde estás?

No contesta.

Estoy desnudo, cansado y muy satisfecho por nuestra noche épica.

Una nueva sonrisa se despierta en mi boca al rememorar cada segundo, su cuerpo, sus gemidos, sus besos, nuestras conversaciones sin peleas.

Cuando he admitido la profundidad real de mis sentimientos, me he liberado de un gran peso.

Ha sido reconfortante y muy excitante pronunciarlo en voz alta, darle consistencia, escucharlo.

En cuanto pueda rodearle la cintura con mis brazos desde la espalda y apoyar mi cabeza en su hombro, volveré a susurrarle las palabras mágicas al oído mientras le beso el lóbulo de la oreja y siento su cuerpo cálido contra mi torso. Y a partir de este instante se lo confesaré cada día.

Agudizo el oído para intentar averiguar dónde se ha metido, pero no parece estar en el baño. Quizá ha bajado a la cocina a tomar algo para desayunar o está fuera, en el porche de atrás, mirando hacia el bosque como cada mañana.

Siempre sale a primera hora, con su taza de café en la mano, el pelo recogido de cualquier manera con una pinza gigante, con uno de sus pijamas de pantalón corto y camiseta ceñida; en silencio.

Me desperezo y me siento en la cama enfocando la habitación, sin desprenderme todavía de las sensaciones de una noche perfecta.

Y entonces la veo… Una nota pegada en la puerta cerrada, con la letra grande de Ashley, con esa caligrafía que tantas veces he visto en clase o en sus trabajos.

Una de esas notas parecidas a las que solía dejarle y con la que la abandoné la última vez.

Mi corazón se dispara, es como una maldita premonición de que algo va mal. Y me empiezo a emparanoiar con las posibilidades más funestas.

Pero ¿por qué me pongo en lo peor? No es nuestra primera nota en la puerta, yo solía dejárselas para darle los buenos días, me encantaba escribirlas.

Sin embargo, la última vez que se la dejé...

«Deja de pensar en gilipolleces, Dorian. Está abajo o en la cocina o en el porche o en algún lugar de la casa. Lo de anoche fue una pasada, significó algo, seguro».

Me lo repito un par de veces, sin atreverme todavía a descolgar el papel. Hay un runrún interno dentro de mi cabeza imposible de frenar. Machacón, capullo.

—Siempre te querré, Dorian. Siempre —me susurró anoche, la última vez que me enterré en ella.

¿Por qué me sonó a despedida?

Evoco ese último encuentro, justo antes de caer preso del sueño, cuando hicimos el amor de forma cálida, cariñosa y lenta.

Llevábamos tanto tiempo sin estar sincronizados, sin resentimiento, sin miedo a mostrar nuestras emociones…

Había algo enturbiando su mirada húmeda, como si cuanto más profundo me clavaba en ella, más heridas le abría. Y entonces pronunció esa declaración…

Sacudo la cabeza y suelto una carcajada nerviosa.

Está abajo, seguro, no tiene adónde ir, todavía le quedan un par de meses para cumplir los dieciocho.

Estamos bien. ¡Más que bien, joder! Ni de coña seguiré acojonado perdido por esta situación.

Inspiro hondo, me levanto sin cubrirme con la sábana y doy un paso lento hacia la puerta.

Tiemblo. De ansiedad, de expectación, de anhelo.

Suelto el aire por la boca mientras friego el suelo con los pies descalzos, avanzando a una velocidad de tortuga, con una sensación de cosquilleo en el cuerpo, de anhelo, de negación. A medida que me acerco a la puerta, las letras de su nota clarean para mostrar su significado .

«Recuerda… siempre te querré».

Vuelvo a escuchar su voz anunciándolo en un susurro. Alargo la mano para descolgar el papel, aguantando la respiración. Hay algo doloroso en ese recuerdo, en las palabras, en su ausencia.

No quiero darle la vuelta.

Se me queda pegado el papel a los dedos. Trago saliva. Me sudan las manos. El silencio pesa como si alguien me estuviera observando.

—No seas paranoico —murmuro, pero mi voz no suena convencida.

Respiro una vez. Dos. Le doy la vuelta.

«Pero, aun así, debo irme».

El suelo desaparece. No siento las piernas. El pecho se me contrae como si alguien hubiera cerrado un puño dentro y lo estuviera apretando sin intención de soltarlo. Parpadeo. Vuelvo a leerlo.

No puede ser. No después de anoche. No ahora.

El papel tiembla entre mis manos. Esas cinco simples palabras me disparan el corazón y lo destruyen, lo desmigajan, lo descuartizan. Sacudo la cabeza, preso de la ansiedad, del dolor, de la desesperación. ¿Se ha ido de verdad?

Hay un llavero pegado con celo en la nota, justo debajo de la frase demoledora.

Contiene la llave de la casa del bosque, donde hemos pasado nuestros mejores momentos, y las de Stan, su coche.

Vuelvo a leer la nota, consternado, sin ser capaz de respirar ni de entender cómo hemos podido llegar aquí, ni cómo voy a sobrevivir si es cierto.

—¿Ashley? —grito a la habitación vacía—. ¿Dónde estás? ¡Esto no tiene ni puta gracia! —Corro a su dormitorio sin vestirme. Anoche insistió en quedarse en el mío—. ¿Ash? Por favor, dime dónde estás.

No debería gritar su nombre, ni esperar su aparición ni buscarla.

Está bastante claro que se ha largado, pero quizá está en la casa del bosque y por eso me ha dejado la llave, puede que solo sea un malentendido, que me llame en unos minutos para decirme dónde está, que su «Pero, aun así, debo irme» solo sea una forma de hablar.

Puede estar en otro lugar, ¿no?

Con Juliette, en el taller, en el bosque…

Entro en su cuarto y no logro reprimir un par de lágrimas. Su móvil está encima de su mesilla de noche, junto a un sobre con el nombre de mi madre escrito a mano. Dentro hay dinero en efectivo, mucho dinero, y una nota de despedida.

Cojo el teléfono, lo enciendo. Pero no hay llamadas. No hay mensajes nuevos. No hay nada.

El mundo se me viene encima.

No puede irse. No sin mí.

—Ashley —grito a la habitación vacía—. ¿Dónde cojones estás?

Abro los armarios furioso, con una taquicardia desbocada. No me lo creo, ¡joder! ¡Ha desaparecido su ropa! ¡Se lo ha llevado todo! Incluso mi corazón.

Lanzo el móvil contra la pared. Veo cómo se rompe y grito su nombre una y otra vez.

Me visto a toda prisa y corro a por el coche para conducir hasta la casa del bosque. Tengo la llave, puedo entrar sin problemas. Pero allí tampoco está. Ni con Juliette, ni con mi abuelo ni en ningún lado.

Me quedo apoyado en el capó del coche, respirando como un animal herido, mirando la carretera vacía como si en cualquier momento fuera a aparecer andando hacia mí, arrepentida, sonriendo, diciéndome que solo era una prueba.

Pero la carretera sigue vacía. Y entonces lo entiendo.

Se ha ido de verdad.

Cuando cae la noche sigo sin hallar rastro de ella y mi abuelo ha denunciado su desaparición a la policía.

Me duermo abrazado a su almohada, oliendo a ella, odiándola y queriéndola, echándola de menos y recriminándole su huida.

Cuando lo has perdido todo, cuesta encontrar el camino de regreso para recomponer tu corazón. No es rabia. No es tristeza. Es algo peor.

La buscaré. No para suplicarle. No para entenderla. Sino porque necesito mirarla a los ojos y saber por qué me ha hecho esto. Y cuando la encuentre, ya no seré el mismo.

El dolor me está pudriendo por dentro. Y algo me dice que lo que está naciendo en su lugar no es bueno.

Ella me pidió que recordara que siempre me querría. Yo voy a recordarle que nunca la perdonaré.