Siempre te creí a ti Capítulo 23
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Capítulo 23

Borrar a los compañeros

En secundaria, Sergio empezó a negarse a todo.

No fue de golpe. Primero una actividad. Luego un trabajo en grupo. Después una exposición oral. Más tarde una excursión. Luego una foto. Y al mirar hacia atrás, vi que mi hijo había ido cerrando puertas una detrás de otra.

No porque fuera vago. No porque quisiera llamar la atención. No porque no quisiera aprender.

Sergio empezó a negarse porque el colegio se había convertido para él en un sitio donde cualquier cosa podía volverse contra él.

Un trabajo en grupo no era solo un trabajo en grupo. Era ponerse con compañeros que quizá no lo querían allí. Era depender de niños que podían ignorarlo, reírse, dejarlo fuera, culparlo si algo salía mal o usar su dificultad para organizarse como otra excusa para señalarlo.

Una exposición oral no era solo hablar delante de la clase. Era ponerse de pie ante un grupo que ya le había hecho sentir vergüenza demasiadas veces. Era notar las miradas. Era tener miedo de que no le saliera una palabra. Era imaginar una risa antes incluso de abrir la boca.

Y una foto con compañeros no era solo una foto. Para Sergio empezó a ser una prueba de que lo colocaban al lado de personas de las que ya no quería saber nada.

Ese cambio me dolió muchísimo porque yo recordaba al Sergio que había llegado queriendo amigos. Lo recordaba mirando a otros niños con ganas de acercarse. Lo recordaba intentando pertenecer, aunque muchas veces no supiera cómo. Sergio no entró rechazando a nadie. Entró buscando.

Buscando juego. Buscando alguien con quien hablar de sus cosas. Buscando una amistad que no tuviera trampa.

Después de las agresiones, las burlas, las amenazas, las acusaciones y todas esas veces en las que le hicieron sentir que sobraba, dejó de buscar.

Y empezó a apartarse.

Una tarde me dijo: - No quiero hacerlo con ellos.

- ¿Con quiénes?

Se encogió.

- Con nadie.

Ese “con nadie” no era una rabieta. Era una barrera.

Cada vez que aparecía un trabajo en grupo empezaban los nervios. Me preguntaba quién le iba a tocar, si podía hacerlo en casa, si podía no presentarlo delante de todos, si podía entregarlo de otra manera.

A otros niños una exposición puede darles vergüenza.

A Sergio le daba ansiedad. Una ansiedad llena de memoria: la memoria de haber sido señalado, de que se rieran cuando no le salía una palabra, de haber sido acusado de cosas que él decía no haber hecho, de que cuando intentaba defenderse podía acabar él como el problema.

Yo se lo expliqué al colegio más de una vez. Les decía que Sergio no se negaba porque sí. Que no era una manía ni comodidad. Era que su cuerpo reaccionaba ante determinadas actividades como si fueran peligro, porque para él lo habían sido.

Pero muchas veces desde fuera se veía solo la negativa.

“Sergio no quiere.” “Sergio se bloquea.” “Sergio rechaza.” Y yo quería preguntar: ¿alguien se pregunta por qué?

Porque un niño no pasa de querer amigos a no querer saber nada de nadie sin motivo.

Lo de las fotos me impactó especialmente. Sergio no quería aparecer en fotografías con ellos. No quería que ellos tuvieran una imagen donde saliera él. Y tampoco quería tener él una imagen donde saliera ninguno de ellos.

Quería borrar todo rastro.

Todo vínculo.

Toda prueba de que había compartido clase con esos compañeros.

Para muchos, una foto escolar es un recuerdo. Para él era lo contrario: una forma de quedarse unido a

personas que ya rechazaba por completo .

El colegio, muchas veces, le pedía que no rechazara a sus compañeros. Yo entendía la intención. Un colegio quiere convivencia. Quiere grupo. Quiere que no haya aislamiento. Pero no se puede pedir a un niño que no rechace a quienes él asocia con miedo.

No se puede pedir convivencia como si no hubiera pasado nada.

Si no se reconoce el daño, lo que se pide no es convivencia. Es que la víctima disimule.

Y Sergio ya no podía disimular más.

Su rechazo era incómodo, sí. Pero era honesto. Era su manera de decir: no me siento seguro con ellos. No quiero depender de ellos. No quiero que mi voz vuelva a ponerse delante de quienes se ríen. No quiero que mi cuerpo vuelva a estar cerca de quienes me han hecho daño.

Ese “no quiero” tenía que ser escuchado como una alarma, no como una mala actitud.

El rechazo de Sergio no apareció de un día para otro.

Antes hubo intentos. Hubo ganas. Hubo búsqueda de amigos. Hubo muchas veces en las que se acercó sin saber bien cómo, esperando que alguien quisiera estar con él sin usarlo para reírse.

Por eso, cuando empezó a decir que no quería trabajos en grupo, que no quería exposiciones, que no quería excursiones ni fotos, yo no lo escuché como una rabieta. Lo escuché como el resultado de demasiados días malos acumulados .

El colegio le pedía que no rechazara a sus compañeros. Yo entendía la intención, pero me faltaba una pregunta: ¿qué habían hecho esos compañeros para que Sergio ya no quisiera ni aparecer en una imagen con ellos?

A veces se pide convivencia a la víctima sin haber reparado antes el daño. Y eso no es convivencia. Es pedirle que disimule.