Capítulo 22
Las excursiones
En secundaria, Sergio empezó a no ir a excursiones.
No fue porque no quisiera hacer actividades. No fue porque yo quisiera tenerlo en casa. No fue porque buscáramos problemas. Fue porque ya no se sentía seguro.
Y yo tampoco.
Una excursión debería ser una salida, una autorización firmada, una mochila preparada y una anécdota al volver.
Para nosotros dejó de significar eso. Empezó a significar un lugar fuera del colegio, menos control, más movimiento, más huecos, más momentos donde un grupo podía juntarse sin que un adulto llegara a tiempo.
Sergio ya había comprobado que dentro del colegio no siempre estaba seguro. Fuera podía ser peor.
Claro que había profesores. Pero también había profesores dentro del colegio cuando habían pasado cosas. Había adultos cerca cuando se habían reído de él. Había adultos en el centro cuando había vuelto con marcas. Había adultos responsables cuando se había sentido solo.
La frase “van profesores” dejó de tranquilizarme.
No porque yo pensara que todos los profesores fueran malos.
Había adultos que intentaron ayudar a Sergio.
Había personas que le hablaron bien, que lo acompañaron, que se preocuparon de verdad.
Pero la experiencia me había enseñado algo muy duro: la presencia de un adulto no siempre garantiza protección.
Cuando llegaba una excursión, Sergio no pensaba solo en el sitio al que iban. Pensaba en quién iría. Si estarían los mismos. Si tendría que sentarse cerca de alguien. Si en el autocar podrían decirle algo. Si en un espacio abierto alguien podía empujarlo, acorralarlo o hacerle una broma cruel.
No siempre lo explicaba así de claro. Pero yo lo veía.
Lo veía en su cara cuando llegaba la circular. Lo veía en cómo preguntaba quién iba. Lo veía en cómo intentaba hacerse el fuerte y después se quedaba más nervioso.
- No quiero ir.
Antes quizá habría intentado animarlo. Después de todo lo vivido, esa frase me parecía injusta. Yo no podía prometerle que lo pasaría bien. No podía prometerle que nadie le diría nada. No podía prometerle que no habría un hueco sin vigilancia.
Así que empecé a decir la verdad de otra manera: - Si no te sientes seguro, lo hablamos.
Muchas veces hablarlo acababa en lo mismo: Sergio no iba.
Eso también era una pérdida. Perdía salidas, experiencias, momentos con el grupo, recuerdos de curso.
Perdía parte de una vida escolar que tendría que haber sido suya también. Pero yo tenía que elegir: ¿lo obligaba a ir para que no se perdiera la excursión o respetaba que su cuerpo entero me estaba diciendo que no podía más ?
Muchas veces elegí protegerlo.
Y protegerlo significaba que se quedara fuera.
Otra vez fuera.
Cada medida parecía protegerlo y apartarlo al mismo tiempo: entrar por otra puerta, salir con supervisión, subir acompañado, no ir a determinadas excursiones, hacer trabajos de otra manera, evitar ciertos grupos.
Todo tenía una explicación. Pero, al final, quien iba perdiendo trozos de vida normal era Sergio.
No quienes le hacían daño. No quienes insultaban. No quienes empujaban. No quienes se juntaban en grupo para intimidarlo.
Sergio.
Él era quien modificaba su camino. Él era quien dejaba de ir. Él era quien aprendía a moverse distinto para que no le pasara nada.
A veces me decía: - Si voy, me harán algo.
No lo decía como una exageración. Lo decía como quien ya tiene pruebas suficientes.
¿Cómo le discutes eso a un niño que ya ha vivido agresiones dentro y fuera del colegio? ¿Cómo le dices que no va a pasar cuando otras veces sí pasó ?
No pude.
Solo le dije: - No vas a ir si no te sientes seguro.
Y al decirlo sentí alivio y tristeza a la vez. Alivio porque lo estaba protegiendo. Tristeza porque otra vez la solución era que Sergio se quedara fuera.
El objetivo nunca fue que dejara de ir a excursiones. El objetivo era que pudiera ir sin miedo.
Pero demasiadas veces tuvo que elegir entre seguridad y vida normal.
Y cuando elegía seguridad, perdía algo.
Las excursiones dejaron de ser salidas y se convirtieron en escenarios posibles de peligro.
Para cualquier familia, firmar una autorización puede ser un trámite. Para mí era una decisión enorme.
¿Lo dejo ir? ¿Y si vuelve a pasar? ¿Y si fuera del colegio hay menos control? ¿Y si en el autocar, en un parque, en un lavabo o en un momento de espera alguien aprovecha?
Sergio tampoco confiaba. No era que no quisiera vivir experiencias. Era que ya había comprobado que, si dentro del centro no siempre estaba protegido, fuera podía sentirse todavía más indefenso.
Cada excursión que no hizo fue una parte de vida escolar que perdió. Y esa pérdida no la provocó él. La provocó el miedo que otros habían instalado en su día a día .