Siempre te creí a ti Capítulo 16
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Capítulo 16

Los profesionales que sí vieron a Sergio

En diez años de esto he aprendido a distinguir entre los adultos que miran a un niño y los adultos que ven a un niño. La diferencia no es de capacidad, no es de formación. Es de disposición. Mirar es un acto pasivo.

Ver es otra cosa: es comprometerse con lo que tienes delante, es dejar que ese niño concreto, con su historia concreta, llegue hasta ti y cambie algo en cómo respondes.

Hubo personas en estos diez años que miraron a Sergio y no vieron nada relevante. Esas personas pueblan los capítulos anteriores de este libro.

Pero hubo otras que lo vieron de verdad. Y esas personas merecen su propio espacio aquí.

Marta fue la primera profesional que lo evaluó con la profundidad que merecía. La psicóloga privada que en el segundo trimestre en aquel curso se sentó frente a Sergio, con nueve años, y le hizo más de veinte pruebas distintas para entender quién era y qué le estaba pasando.

Lo que me impresionó de Marta desde el principio no fue solo su competencia técnica. Fue la manera en que trataba a Sergio. Sin prisa.

Sin hacerle sentir que tenía que responder de una manera determinada .

Con esa paciencia de quien entiende que los niños como Sergio necesitan un ritmo diferente para abrirse.

Sergio con Marta era diferente. Lo noté desde las primeras sesiones.

Llegaba a casa con una energía distinta, más tranquila, como si algo dentro de él hubiera podido respirar un poco.

El informe que Marta escribió aquel verano es uno de los documentos más importantes que tengo en mis

carpetas. No solo por lo que dice del bullying, que es contundente y claro. Sino por lo que dice de Sergio. Un niño brillante. Un niño con recursos. Un niño al que el sistema escolar había estado fallando no porque él no pudiera sino porque nadie había sabido leerle bien.

Años después, más adelante, en aquel curso, Marta volvió a evaluarle.

Ya con catorce años. Lo que encontró entonces, comparado con lo que había encontrado con nueve, dice mucho sobre el precio de cinco años más de lo mismo: la sintomatología depresiva había subido, el malestar era más profundo aunque los recursos emocionales seguían ahí, preservados, esperando poder desplegarse en un contexto que por fin los recibiera bien.

La psiquiatra llegó más tarde, cuando Sergio ya estaba en la ESO, y ha sido la profesional de salud mental que lo ha acompañado en los años más difíciles de la secundaria.

El informe de la psiquiatra, elaborado más adelante es breve pero preciso.

Dice que Sergio tiene antecedentes de situaciones de bullying en la escolaridad Dice que en ese momento no está asistiendo al colegio porque refiere situaciones de hostigamiento.

Dice que se recomienda buscar un entorno educativo con un referente claro para él.

Una psiquiatra recomendando un entorno educativo con apoyo real porque Sergio no podía asistir: lo hostigaban. Eso también está escrito. Eso también existe en un papel con firma y sello.

Lo que más valoro de la psiquiatra, más allá de los informes, es la manera en que se relaciona con Sergio.

Con esa combinación de rigor profesional y humanidad que no todo el mundo tiene. Sergio confía en la psiquiatra. Y eso no se construye rápido ni gratis.

Aquellas dos profesoras de la etapa infantil de Regaliz de Clorofila no pudieron decirme lo que sabían pero que encontraron la manera de decírmelo igual.

Ellas vieron a Sergio. Lo vieron y quisieron decirme algo pero no podían decírmelo directamente. Así que me dieron un libro. Elmer, el elefante de colores en un mundo de elefantes grises.

Ese gesto, que podría parecer pequeño, fue en realidad todo lo que podían dar.

Fue su manera de decirme: vemos a tu hijo.

Busca las respuestas que nosotras no podemos darte.

Ese libro lleva años en una estantería de mi casa y cada vez que lo miro pienso en esas dos mujeres que hicieron lo que pudieron con lo que tenían.

El profesor de lengua de secundaria. No sé si sabe la carga que tuvo una frase suya. Un día después de clase, sin que viniera especialmente a cuento, le dijo a Sergio que escribía bien. Solo eso.

Para la mayoría de los adolescentes eso sería un comentario agradable que se olvida en cinco minutos.

Para Sergio, que llevaba años escuchando que era raro, que sobraba, que debía estar encerrado, escuchar de la boca de un adulto del colegio que algo de lo que hacía estaba bien fue algo de otra categoría completamente distinta.

Me lo contó esa tarde con esa casualidad fingida suya. Con esa manera de soltar las cosas importantes como si fueran anécdotas menores. Pero yo lo conocía suficiente para saber que lo había estado guardando

desde que se lo dijeron.

Ese profesor no sabe lo que hizo. Pero llegó en el momento en que llegó, a un niño que llevaba años sin recibir confirmación de que había algo en él que valía. Y ese momento se quedó.

Y luego está una representante de una asociación contra el acoso.

No necesitaba consulta ni escribir informes para ayudar.

Tenía conocimiento del sistema desde dentro, una red de apoyo y la disposición de ponerse al lado de una madre para entrar con ella a las reuniones cuando una ya no podía sostenerlo todo sola.

Lo que esa representante hizo el día que entró conmigo a aquella reunión no fue magia.

Fue estrategia. Fue llegar con claridad, con experiencia, con la tranquilidad de quien sabe leer una sala y conoce el sistema porque lleva años dentro de él. Fue hacer que por primera vez en todos esos años yo no estuviera sola en esa habitación .

Los profesionales buenos no son suficientes cuando el sistema que los rodea no hace lo que tiene que hacer con lo que ellos aportan.

Una evaluación psicológica que confirma el acoso y que el colegio archiva es un documento importante pero no es suficiente.

Un informe psiquiátrico que recomienda otro entorno o medidas de protección y que no genera un movimiento suficiente institucional es un testimonio valioso pero no es suficiente.

Lo que hace falta es que los informes de los profesionales que ven a estos niños tengan consecuencias reales. Que cuando una psicóloga dice que hay acoso escolar instaurado, el colegio no pueda simplemente archivarlo y seguir igual.

Eso es lo que no existe todavía. Y mientras no exista, los niños como Sergio van a seguir dependiendo de que tengan una madre que documente y pelee y no se rinda.

Lo que debería haber es un sistema que no necesite madres en un banco con frío para que las cosas cambien.

Todavía no lo hay. Pero se puede construir. Y se construye contando historias como esta.

Algunos profesionales lo vieron. Otros, aunque lo tenían delante, siguieron mirando hacia otro lado .