Capítulo 15
Lo que dijeron los papeles
Hay una cosa que los documentos médicos hacen que ningún correo al responsable del centro puede hacer: nombran las cosas con precisión técnica, sin posibilidad de interpretación ni de minimización.
Un informe médico no dice cosas de niños.
Un informe médico dice exactamente lo que es, con su código diagnóstico, con su fecha, con la firma de quien lo certifica.
Tengo muchos papeles. Llevo años guardándolos.
Informes médicos de urgencias, informes psicológicos, informes psiquiátricos, informes de evaluación.
Cada uno llegó en un momento diferente, cada uno fue necesario por razones diferentes, y cada uno dice algo sobre lo que el bullying le fue haciendo a Sergio a lo largo de todos estos años.
El primer informe psicológico importante llegó en el segundo trimestre en aquel curso. Sergio tenía nueve años y cursaba cuarto de primaria en los primeros cursos de Regaliz de Clorofila. Para entonces ya se acumulaban demasiados años de señales, dudas y daño.
Fui a ver a Marta, una psicóloga privada, porque necesitaba un diagnóstico. No porque no supiera que algo pasaba. Sino porque necesitaba que alguien con autoridad técnica lo dijera en voz alta y lo pusiera en un papel. Porque los papeles, en este sistema, cuentan más que las madres.
Marta le hizo a Sergio una batería de pruebas exhaustiva.
Más de veinte tests diferentes. Los resultados eran los de un niño con capacidad intelectual dentro de la normalidad, con muy buen rendimiento en matemáticas y en comprensión lectora.
Un niño inteligente. Un niño capaz. Un niño que tenía mucho más dentro de lo que el colegio había querido ver.
Pero también era el niño que en la escala de estrés escolar obtuvo un valor extremo. El que indicaba que, comparado con otros niños de su edad, noventa y nueve percibían menos estrés en el colegio que Sergio.
Y era el niño que en autoestima obtuvo el percentil 6. Lo que significa que noventa y cuatro niños de cada cien tenían mejor imagen de sí mismos que Sergio. Un niño de nueve años con la autoestima destrozada.
Documentado. Firmado.
Y al final del informe, Marta escribió lo que yo había estado intentando que el colegio entendiera durante años: que desde el punto de vista de Sergio se estaba produciendo un cuadro de violencia o acoso escolar contra su persona de intensidad moderada.
Además planteó la hipótesis diagnóstica de Trastorno del Espectro Autista F84. 0.
Llevé ese informe al colegio. Lo archivaron.
El diagnóstico de TEA se confirmó en un centro especializado. Lo que yo sabía desde que Sergio era bebé tenía ahora un nombre oficial. Llevé ese diagnóstico al colegio. Lo archivaron.
Aquel día fui a urgencias con Sergio. No por lesiones físicas ese día.
Sergio tenía once años y llevaba una semana con lo que los médicos llaman ideas de hacerse daño.
Era mi hijo de once años diciéndome que si las cosas seguían así no quería seguir viviendo.
Y ese día lo había repetido. Y yo lo llevé a urgencias porque ya no podía más yo sola con eso.
La psiquiatra de guardia lo evaluó durante demasiado tiempo para él.
El informe dice que Sergio es un paciente de once años víctima de bullying en su colegio, llevado por la madre ante empeoramiento anímico de una semana de evolución.
Dice que la madre explica situación de bullying que inicia hace aproximadamente siete años con abusos físicos y psicológicos prácticamente diarios.
Siete años. Lo escribió la psiquiatra, no yo.
Y dice, en la orientación diagnóstica: Trastorno del ánimo no especificado. Eso es lo que el bullying le había hecho a mi hijo. Un diagnóstico psiquiátrico. A los once años.
Le recetaron tranquilizantes para dormir si tenía insomnio. A mi hijo de once años. Porque el colegio no lo había protegido.
Aquel día, Sergio volvió a urgencias. Esta vez por agresión física. El informe dice que acude por sufrir agresión en el colegio. La exploración encontró palpación dolorosa en dorsal, contractura de músculos paravertebrales, hematoma en la pierna derecha.
El informe también anota que se ha activado en más de una ocasión el protocolo contra el acoso escolar.
Ese mismo día yo había puesto una grabadora de audio en la mochila de Sergio. Las grabaciones de esa clase recogen lo que ocurrió. Recogen las voces. Recogen los insultos. Recogen a mi hijo diciendo no me pegues.
La denuncia. Aquel día fui a una comisaría de la zona .
Llegué con todo lo que tenía. Declaré que Sergio había recibido una agresión muy seria de uno de los alumnos implicados. Expliqué que, según lo que Sergio contaba y lo que quedó registrado, durante una actividad lo habían dejado inmovilizado con material deportivo.
Tenía los brazos atrapados, no podía moverse ni defenderse, y aquella sensación de no poder escapar fue una de las cosas que más le marcó.
Mientras tanto, seguían los golpes y los insultos. No necesito repetir cada palabra para que se entienda la gravedad.
Lo importante era que Sergio había pedido que no le pegaran y que, aun así, la escena continuó el tiempo suficiente para dejarle miedo.
Yo no quería convertir su dolor en espectáculo. Quería que quedara constancia de que aquello no fue una
broma ni un juego mal entendido.
También declaré otro incidente con uno de los alumnos que más se repetía en las historias de Sergio, porque no se trataba de una escena aislada.
Era una suma de episodios, de nombres protegidos en este libro y de situaciones que se acumulaban en el cuerpo de mi hijo.
Eso quedó escrito en un acta oficial. No lo digo solo yo. Quedó escrito.
Y cuando algo queda escrito, al menos deja de depender únicamente de la memoria cansada de una madre .
Más adelante llegó la resolución: archivo por la edad de los menores implicados.
Mi hijo siguió en el mismo colegio. Los alumnos implicados siguieron también.
El sistema archivó el expediente y todos volvieron al mismo colegio.
El sistema archivó el expediente y todos volvieron al lunes siguiente.
Pero el acta existe. La denuncia existe.
El audio existe. Eso no lo puede archivar nadie.
Tiempo después pedí ayuda a una profesional de salud mental.
Sergio ya era adolescente. En él se describía un adolescente con poco contacto visual, distímico, con síntomas de ansiedad.
Con antecedentes de situaciones de bullying en la escolaridad desde los siete años, pasando por diferentes etapas en el mismo colegio. Desde los siete años.
El informe dice que en ese momento Sergio no está asistiendo al colegio porque siente situaciones de hostigamiento.
Que se solicita cambio de colegio a un lugar donde haya un referente del niño sobre todo en el ambiente social.
Una médica recomendando un colegio donde mi hijo pudiera tener un referente y sentirse protegido.
Certificando que no puede asistir porque lo hostigan.
Y el informe de Marta de aquella etapa encuentra indicadores clínicamente significativos de sintomatología depresiva, niveles elevados de inutilidad, ansiedad.
Entre los nueve y los catorce años, la depresión había subido.
La autoestima seguía destrozada. Eso es lo que cinco años más de lo mismo le habían hecho.
Y luego está el escrito de Sergio. El que él hizo con su letra de niño, en un papel, con bolígrafo azul.
No tiene sello ni firma. Es simplemente la letra de mi hijo describiendo lo que le pasó.
Con su letra de escolar, en un papel, documenta lo que le pasa y cómo reacciona. Sin dramatismo, sin adornos.
Al final escribe: no me mientas a mí ni a ellos.
Ese papel, con esa letra, con esas palabras, es quizás el documento más importante de todos los que tengo en mis carpetas.
Lo que todos estos papeles dicen juntos es lo que yo había dicho siempre. Lo que el colegio negó durante años. Lo que el inspector ignoró desde el otro lado de su mesa. Lo que los padres que reían desde la acera intentaban no ver.
Que a mi hijo le hacían daño. Que ese daño era real, medible, documentable. Que el sistema, en lugar de protegerle, siguió permitiendo que pasara durante años mientras archivaba los papeles que yo llevaba.
Los papeles siguen aquí. En mis carpetas. En este libro. Y la historia que cuentan no va a desaparecer porque a alguien le resulte incómoda.
Los papeles empezaron a hablar cuando demasiadas personas habían callado .