Siempre te creí a ti Capítulo 7
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Capítulo 7

Lo que una madre guarda para la noche

Las madres tenemos dos caras. No lo digo en el sentido de la hipocresía, ni con la intención de engañar a las personas que nos rodean en el día a día. Lo digo porque existe una cara que mostramos a plena luz, durante

las horas de sol, y otra cara completamente distinta que solo aparece cuando los demás ya han dejado de mirar.

La cara del día es la que funciona, la que ejecuta, la que resuelve los imprevistos sin margen de error.

Es el rostro de la madre que acude a las reuniones institucionales con el semblante firme, la que redacta los escritos oficiales, la que prepara las cenas, la que le pregunta a su hijo cómo ha ido la jornada escolar y la que soporta el impacto de la respuesta, sea cual sea, sin parpadear ni venirse abajo delante de él.

La cara de la noche es la otra. Es la que aflora cuando ya no hace falta fingir entereza porque no hay nadie observando en la penumbra de la casa.

Es el único espacio donde una madre puede, por fin, desmoronarse un poco en mitad del silencio.

Yo llevé una vida doble de esa manera durante diez años seguidos.

No fue algo que eligiera de forma consciente; nadie decide por gusto partirse en dos.

Fue simplemente lo que la situación fue exigiendo a cada paso y lo que yo tuve que ir entregando, porque cuando tienes un hijo que sufre una persecución constante dentro de las clases, ver que tú estás entera se convierte en su única prioridad, aunque por dentro sientas que te estás haciendo pedazos.

En honor a la verdad, por dentro no lo estaba.

Muchas noches, la gran mayoría de ellas, no estaba entera para nada .

Este capítulo está escrito para hablar de esa cara nocturna.

Es para desvelar lo que una madre guarda bajo llave para cuando se apagan las luces del pasillo.

Es el coste real que pagan el cuerpo y la mente de una persona que lleva años sosteniendo una situación durísima sobre sus hombros sin que nadie se detenga un segundo a preguntarle cómo se encuentra.

Nadie me preguntó cómo estaba en todo ese tramo. O casi nadie. Y

cuando alguna persona ajena lo hacía por mera cortesía, yo recurría a la respuesta automática: bien, gracias, estamos luchando.

Es la contestación de fábrica que inventamos para proteger a quien pregunta de la verdad descarnada, una realidad para la que el entorno social no siempre está preparado ni tiene la disposición de escuchar.

El insomnio se instaló en mi vida durante el primer año del segundo colegio y ya no se marchó del todo hasta mucho tiempo después.

No me refiero al insomnio común, ese de quien no puede conciliar el sueño porque tiene la mente demasiado activa y las ideas corriendo de un lado a otro; ese también lo sufrí, por supuesto, y en grandes dosis.

Me refiero a un tipo de insomnio mucho más traicionero y doloroso: el de quien se duerme rápido porque el agotamiento diario es tan descomunal que el cuerpo cae desplomado en el colchón, pero que a las tres o las cuatro de la madrugada se despierta de golpe, con los ojos abiertos de par en par, y ya no consigue volver a dormirse por más que lo intente.

Esas horas que transcurren entre las tres y las cinco de la mañana constituyen un territorio muy particular.

A esa hora de la madrugada no hay ruidos en la calle, no hay tareas domésticas pendientes, no hay llamadas que atender, ni reuniones que preparar, ni correos urgentes que enviar al centro escolar.

Solo queda la oscuridad del techo de la habitación y los pensamientos mudos, que aprovechan ese silencio absoluto para decir en voz alta todo lo que durante las horas del día no han tenido espacio para manifestarse.

En esas madrugadas en vela pensaba constantemente en Sergio.

Repasaba en mi cabeza lo que me había contado al salir de clase, o aquello que había preferido callarse pero que yo le había leído perfectamente en la expresión de su rostro, en sus gestos caídos o en la manera tan triste en que había dejado el plato de la cena prácticamente lleno.

Pensaba en las reuniones con un adulto del equipo del colegio con autoridad sobre Sergio, analizando cada palabra, cada desprecio del sistema y las diferencias entre los días en que las cosas salían un poco mejor y los días en que salían rematadamente mal.

Organizaba mentalmente la jornada siguiente: a quién tenía que escribir, qué reclamación debía presentar y cómo tenía que decir las cosas para que no archivaran de

golpe el sufrimiento de mi hijo.

Andando el tiempo, en medio de esa penumbra, también encontraba momentos para pensar en mí.

Recordaba a la persona que yo era antes de que todo este calvario empezara.

Pensaba en la mujer que había tenido sus propios proyectos, sus planes de futuro y una vida que no giraba las veinticuatro horas del día alrededor de una batalla que yo jamás pedí librar.

Me miraba por dentro en esas horas de vigilia y me preguntaba si esa mujer seguía existiendo debajo de todas las carpetas, las denuncias y las agresiones que se habían ido acumulando en mi espalda.

La respuesta, la mayoría de las veces, era que sí.

Que la mujer de antes seguía estando ahí, pero que estaba infinitamente cansada.

Y luego está la ansiedad. Tengo que hablar de ella de forma clara porque maquillarla o negarla sería mentir, y este libro no se está escribiendo para albergar mentiras de ningún tipo.

La ansiedad se me instaló en el cuerpo de una manera tan lenta y gradual que tardé mucho tiempo en ser consciente de que vivía con ella.

No llegó haciendo ruido ni anunciándose con un gran ataque.

Fue entrando despacio, ganando terreno día a día, hasta convertirse en el fondo constante sobre el que se desarrollaba todo lo demás en nuestra casa.

Era exactamente igual que el zumbido de un aparato eléctrico que está siempre encendido: al principio te molesta, luego te acostumbras a convivir con él y dejas de escucharlo, pero sabes que sigue ahí, consumiendo tu energía en silencio y desgastándote por dentro.

Vivir así significa que el cuerpo se habitúa a una rigidez permanente.

Me ponía tensa cuando el teléfono sonaba y aparecía un número desconocido en la pantalla, temiendo que fuera del colegio para comunicarme otra agresión.

Me ponía tensa cada mañana mientras caminaba hacia la entrada del centro escolar a dejar a mis hijos.

Me ponía tensa cada tarde mientras esperaba en la acera a que Sergio saliera por la puerta, aguzando la vista desde lejos para leer sus señales corporales antes de que llegara a mi altura, buscando saber en un segundo cómo de duro había sido el día en el patio.

Llegaba a las reuniones con una rigidez muscular que no guardaba proporción con lo que se supone que era una cita administrativa, aunque viendo la hostilidad del profesorado, quizás sí la tenía.

Hubo una época entera en la que me costaba incluso entrar a los supermercados.

Es difícil de explicar con palabras sencillas, pero el hecho de estar en un espacio cerrado, rodeada de mucha gente que caminaba de un lado a otro, me activaba un estado de alerta y de peligro que no podía controlar de forma voluntaria.

Duraba unos minutos, lo gestionaba respirando hondo, hacía la compra lo más rápido posible y salía.

Pero era la señal inequívoca de que mi cuerpo llevaba demasiado tiempo en una situación de alerta constante y estaba buscando vías de escape por donde soltar la presión acumulada.

En aquel momento no busqué ayuda profesional para mí.

Si me pregunto el porqué, la respuesta es clara: el foco de mi vida estaba tan completamente puesto en salvar a Sergio que dedicar tiempo, dinero o energía a mi propio estado emocional me parecía un lujo que no me podía permitir.

Además, admitir que yo también necesitaba que alguien me sostuviera habría significado aceptar que la situación me estaba superando, y eso era algo que no me podía consentir bajo ningún concepto.

Si yo me venía abajo, ¿quién se iba a encargar de pelear contra las injusticias del colegio, de cuidar de los niños y de sacar la casa adelante?

del que nadie habla porque la atención se centra, con toda la razón del mundo, en el menor que lo padece en primera persona.

Pero detrás de ese niño hay una madre que también está pagando un precio altísimo por la inacción de los demás, un coste que no sale gratis aunque durante mucho tiempo actúe como si no pasara nada.

Hubo una noche de aquella etapa en que Sergio vino a mi habitación a las doce de la noche.

Llamó a la puerta con esos golpecitos suyos tan característicos, los que daba siempre que necesitaba algo pero no quería importunar.

Lo llamé por su nombre y entró despacio, con el pelo completamente revuelto por el sueño y los ojos entreabiertos por la luz del pasillo.

Se quedó de pie en el marco de la puerta, completamente quieto y sin articular palabra.

Le pregunté con suavidad qué le ocurría. Me contestó que no podía dormir. Le pregunté si le dolía alguna parte del cuerpo. Me dijo que no .

Le pregunté si había sucedido algún problema dentro de clase.

Me respondió que no, que no era nada de eso, que simplemente no conseguía conciliar el sueño.

Le dije que se metiera en la cama conmigo.

Así lo hizo: se deslizó entre las sábanas con esa manera tan suya de ocupar el espacio, con los codos colocados en ángulos raros y los pies que, de forma inevitable, terminaban cruzándose con los míos en el fondo del colchón.

Estuvimos un buen rato completamente callados, en mitad de la oscuridad de la habitación. Y entonces me preguntó, en un susurro muy bajito, casi como si estuviera hablando para sí mismo en voz alta: —Mamá,

¿tú crees que algún día va a cambiar?