Capítulo 1 #2
Sergio siempre ha sido muy de acercarse.
Muy de contacto. Muy de buscarte. De pequeño venía hacia mí con todo el amor del mundo y se me pegaba como si necesitara comprobar que yo seguía ahí.
Me cogía la cara con sus manos, se acercaba mucho y me daba un beso de esos suyos, fuerte, sonoro, sin medida.
No lo hacía para invadir. No lo hacía para molestar. Lo hacía porque esa era su manera de expresar cariño.
En casa lo entendíamos, y somos así.
Yo sabía que cuando Sergio se acercaba así no estaba haciendo nada malo.
Estaba diciendo: estoy contigo. Te quiero. Me siento bien aquí. A veces lo decía con palabras y a veces
con el cuerpo, porque hay niños que no separan tanto una cosa de la otra.
El problema fue cuando esa manera suya de querer salió de casa.
Porque el mundo, muchas veces, no enseña a los demás a entender la diferencia. El mundo exige que el niño diferente se adapte a todos, pero no siempre enseña a todos a adaptarse un poco a él.
Y ahí empezaron algunas grietas en lo que yo creía que iba a ser la infancia de mi hijo.
Pero todavía no quiero llegar ahí.
Todavía quiero quedarme un poco más con el Sergio de antes.
El Sergio que llenaba la casa con sus rutinas, sus personajes y sus pequeñas obsesiones felices.
En casa había música, juegos, rutinas y pequeñas obsesiones felices. Todo eso formaba parte de Sergio.
No era una rareza: era su forma de sentirse seguro dentro de lo que le gustaba.
A mí me gustaba verlo así.
Concentrado.
Vivo.
Seguro dentro de sus cosas.
Antes de que el colegio lo cambiara todo, Sergio tenía una manera de estar en el mundo que era muy suya. Y yo no quería que nadie le quitara eso.
Luego estaba la comida.
En casa Sergio también puso nombres propios a algunas cosas. El estofado, por ejemplo, acabó siendo
“puré de pan”. Yo se lo hacía triturado cuando era pequeño, como un puré, y él utilizaba el pan como si fuera una cuchara. Mojaba, recogía, comía, y aquello para él quedó bautizado así: puré de pan.
—¿Qué hay para comer?
—Puré de pan.
Y ya está.
No hacía falta discutirlo.
Esas cosas pequeñas son las que hacen una familia. Las palabras inventadas. Las bromas que solo entienden los de casa. Las canciones repetidas. Los muñecos que se guardan aunque ya no se usen. Las frases que nadie sabe de dónde salieron pero que se quedan para siempre.
Por eso me cuesta tanto cuando alguien intenta reducir a un niño a un problema.
Sergio no era un problema.
Sergio era todo eso.
Era la frase que nadie entendía.
Era Mario Bros.
Era el inglés aprendido antes de tiempo.
Era el niño que se pegaba a mí para darme un beso enorme .
Era el que se reía con todo el cuerpo.
Era el que cambiaba el nombre de las comidas.
Era el que se movía con una canción como si el mundo, durante tres minutos, fuera un lugar sencillo.
Y también era un niño al que había que entender con calma.
Eso sí.
Desde pequeño había cosas que ahora, mirando hacia atrás, veo con más claridad.
En aquel momento no sabía ponerles nombre.
Yo veía que Sergio procesaba ciertas situaciones de otra manera.
Que algunas normas sociales que otros niños parecían pillar al vuelo, a él había que explicárselas de forma más clara.
Que cuando algo cambiaba de repente podía alterarse más.
Que necesitaba anticipar. Que algunas luces, ruidos, ambientes o grupos grandes le cansaban más que a otros.
Pero yo no lo vivía como algo malo.
Lo vivía como parte de él.
Cada niño tiene sus cosas, pensaba. Y es verdad. Cada niño las tiene. Lo que pasa es que algunas “cosas”
necesitan adultos preparados alrededor.
Adultos que no se limiten a decir “ya se adaptará”, sino que se pregunten cómo acompañar esa adaptación sin hacer daño.
Eso es lo que faltó muchas veces .
Adultos que entendieran.
No que miraran desde lejos. No que se quedaran en frases fáciles. No que pensaran que todo se arregla dejando pasar el tiempo.
Adultos que entendieran de verdad.
Cuando Sergio tenía casi tres años, llegó el primer gran paso fuera de casa: el colegio.
Regaliz de Clorofila.
Solo el nombre ya era divertido.
Sonaba a una tira de regaliz de esas que nos daban en los noventa, de las que íbamos comiendo por la calle con los dedos pegajosos y la boca dulce.
Aquella no era de clorofila, claro. Pero el nombre tenía algo perfecto para un niño que empieza el colegio: parecía una chuchería, algo pensado para gustarles a ellos, no para asustarles.
Yo pensé que un colegio con un nombre así tenía que ser un sitio amable. Un lugar donde un niño pequeño pudiera entrar sin miedo, con su mochila y sus cosas, como quien entra en un sitio hecho también para jugar, aprender y sentirse seguro.
Yo recuerdo la sensación de preparar sus cosas. La mochila pequeña. Su ropa. El nombre marcado. Esa mezcla de emoción y de nudo en el estómago que tiene cualquier madre cuando su hijo empieza el colegio.
Porque una parte de ti sabe que es lo normal, que tiene que pasar, que crecer también va de soltar un poco la mano. Pero otra parte de ti mira a ese niño tan pequeño y piensa: ¿y si no saben cuidarlo como necesita?
Luego te dices que sí.
Que claro que sí.
Que para eso está el colegio. Que hay profesionales. Que los niños aprenden, juegan, hacen amigos. Que tú también fuiste al colegio. Que todo el mundo pasa por eso.
Y confías.
Porque no puedes vivir sin confiar en nadie.
La primera mañana de colegio en Regaliz de Clorofila, Sergio iba con esa mezcla de emoción y despiste que tienen los niños pequeños. Para él todo era nuevo. La puerta, los otros niños, las voces, las mochilas, las profesoras, el ruido de las familias despidiéndose en la entrada.
Yo lo miraba y sentía que se me juntaban muchas cosas.
Orgullo, porque mi niño empezaba una etapa nueva.
Miedo, porque era muy pequeño.
Ilusión, porque pensaba que allí iba a crecer bien.
Y esa inquietud de madre que aparece incluso cuando todo parece estar correcto .
Le di un beso. Le dije alguna cosa bonita, de esas que dices intentando no emocionarte demasiado. Él entró.
Y yo me quedé un momento fuera.
Eso lo recuerdo muy bien.
La puerta se cerró y yo me quedé mirando como si pudiera ver a través.
Como si por quedarme allí unos segundos más pudiera asegurarme de que todo iba a ir bien.
Después me fui.
Porque eso es lo que hacen las madres el primer día de colegio: se van.
Aunque una parte de ellas se quede pegada a la puerta.
Durante los primeros días intenté observarlo todo sin parecer exagerada.
Eso lo hacemos mucho las madres: mirar sin que parezca que estamos mirando demasiado. Preguntar sin que parezca que estamos interrogando.
Preocuparnos sin que se note en exceso, para que nadie nos ponga enseguida la etiqueta de madre intensa.
Al salir, Sergio venía a mí .
Al principio yo pensé que era normal. Era pequeño. Había pasado muchas horas fuera. Quería a su madre.
Claro que se pegaba a mí. Claro que buscaba mi cara. Claro que salía cansado. Todos los niños salen cansados al principio.
Pero había días en los que no era solo cansancio.
Había algo más.
No sé cómo explicarlo sin que parezca que una madre se inventa señales donde no las hay.
Pero no era eso. Yo no estaba buscando problemas.
De verdad que no. Yo quería que todo fuera bien.
Quería ser una madre tranquila. Quería pensar que aquel sitio era bueno, que las profesoras sabían, que si pasaba algo me lo dirían.
Pero Sergio empezó a salir distinto algunos días.
Más serio.
Como si hubiera estado haciendo un esfuerzo enorme para aguantar hasta verme. Como si al cruzar la puerta y encontrarme pudiera, por fin, bajar la guardia.
A veces no decía nada.
Cuando Sergio entró en Regaliz de Clorofila, todavía no hablaba como otros niños de su edad.
Tenía palabras sueltas, expresiones propias y una forma muy suya de comunicarse, pero no podía contar una mañana entera con orden.
No podía decirme: “ha pasado esto, luego esto otro, me he sentido así y estaba esta persona delante” .
Eso fue muy importante, porque si algo le pasaba en el colegio, él no tenía todavía las palabras suficientes para explicarlo completo.
Yo tenía que entenderle de otra manera.
Mirar el cuerpo.
Mirar los ojos.
Mirar cómo comía.
Mirar cómo dormía.
Mirar si quería jugar o si se quedaba más apagado.
Eso no sale en ningún sitio explicado.
Eso no se apunta en una agenda escolar.
Pero una madre lo ve.
No siempre sabía qué estaba viendo, pero lo veía.
A veces me decía a mí misma que quizá era el periodo de adaptación. Que quizá le costaba separarse de mí. Que quizá el ruido del clase le agotaba. Que quizá había tenido una mañana intensa. Que quizá, quizá, quizá.
Una puede vivir mucho tiempo dentro de un “quizá”.
Sobre todo cuando todavía no tiene pruebas, ni palabras, ni nadie que te diga con claridad que esa inquietud merece ser escuchada.
Cuando una madre está en ese punto, todo se vuelve confuso. Por un lado está lo que ve en su hijo. Por otro, lo que le dicen desde fuera. Y entre una cosa y la otra aparece una especie de niebla que te hace caminar más despacio, como si cada paso tuviera que pedir permiso.
Yo no quería ser injusta.
No quería entrar al colegio señalando problemas donde quizá solo había adaptación. No quería pensar mal de nadie. No quería convertirme en esa madre a la que miran desde la otra punta del pasillo con cara de
“ya viene otra vez”. Así que muchas veces respiraba hondo, esperaba un poco más, observaba otro día, hacía otra pregunta suave.
Pero Sergio seguía saliendo distinto.