Siempre te creí a ti Capítulo 1
3%
Siempre te creí a ti

Siempre te creí a ti

Por Claudia Mora Garcia

© inepub.com

Capítulo 1

Algo no encaja

Y durante mucho tiempo pensé que ser madre iba de cuidar, de querer, de educar, de levantarse por las noches, de preparar meriendas, de buscar chaquetas perdidas, de poner lavadoras y de aprender a vivir con el miedo normal que todas las madres tenemos alguna vez.

Pensé que ser madre era eso.

No sabía que también podía convertirse en aprender a leer informes, guardar correos, pedir reuniones, medir palabras, mirar marcas en el cuerpo de tu hijo intentando no perder los nervios y preguntarte cada noche si habías hecho suficiente.

Pero antes de todo eso estuvo Sergio.

Antes del colegio, antes de los papeles, antes de las llamadas, antes de las reuniones en despachos donde una sale más cansada de lo que entra, estuvo mi hijo.

Y por eso esta historia no puede empezar en una puerta de colegio.

Tiene que empezar con él.

Con Sergio.

Con el día en que Sergio llegó a mi vida de madrugada y me cambió hasta la manera de mirar el mundo .

Cuando supe que estaba embarazada, sentí una ilusión que no se puede explicar del todo sin que parezca que una exagera.

Pero no exagero. Hay momentos que se quedan guardados en el cuerpo para siempre.

Yo recuerdo aquella sensación de saber que dentro de mí estaba creciendo alguien que todavía no conocía y, a la vez, sentir que ya era parte de mi vida de una forma enorme.

Sergio se movía muchísimo en la barriga.

Muchísimo. Yo decía que iba a salir bailando.

Me daba patadas, vueltas, golpecitos, como si ya estuviera ensayando su manera de estar en el mundo: intensa, propia, imposible de no notar.

Había noches en que yo me quedaba quieta, con la mano apoyada, esperando a que volviera a moverse.

Y cuando lo hacía, sonreía sin darme cuenta.

Él todavía no tenía cara para mí, pero yo ya lo quería con una certeza que no necesitaba explicaciones.

Cuando nació y lo tuve encima, lo primero que sentí fue una mezcla rara de cansancio, emoción y miedo.

Miedo del bueno y del otro. Del bueno porque de repente tienes delante a alguien que depende de ti para todo.

Del otro porque entiendes, en un segundo, que desde ese momento ya no vas a vivir igual. Que cada cosa

que le pase a ese niño te va a atravesar de alguna manera.

Sergio era pequeñísimo y, aun así, ocupó toda la habitación.

No porque llorara mucho. No porque hiciera ruido. Sino porque su presencia llenaba el aire. Yo lo miraba y pensaba: eres tú. Ya estás aquí .

Llegó de madrugada, como si hubiera elegido una hora en la que el mundo estuviera más callado para presentarse.

A mí esa idea siempre me ha gustado. Sergio llegó cuando casi todos dormían, y desde entonces muchas de las cosas más importantes entre nosotros han ocurrido también en horarios raros: conversaciones antes de dormir, preguntas en voz baja, frases soltadas cuando la casa ya estaba tranquila.

Desde bebé tuvo algo muy suyo.

No sé explicarlo mejor. Hay niños que parecen adaptarse al mundo desde el primer día. Sergio no era así.

Sergio parecía que venía con su propio manual, solo que nadie nos lo había dado. Había que ir descubriéndolo.

Mirarle mucho. Escucharle mucho. Entender qué le calmaba, qué le alteraba, qué le gustaba, qué le molestaba, qué le hacía reír.

Y reír, reía.

Tenía una risa de esas que te cambian el humor en dos segundos.

Una risa limpia, enorme, que le salía de golpe y que a mí me arreglaba el día aunque lo tuviera todo cuesta arriba.

De pequeño, si algo le hacía gracia, no se reía un poco.

Se reía entero. Con la cara, con el cuerpo, con las manos. Se le notaba por todas partes.

Su primera palabra fue mamá.

Bueno, palabra, palabra… no exactamente.

Fue una carrera entera .

—Mamamamamamama.

Así, todo seguido. Como si no pudiera decirlo una sola vez. Como si necesitara repetirlo muchas veces para que quedara claro. Y después se reía. Se reía como si hubiera descubierto el truco más divertido del mundo.

Yo me lo comía a besos. No hay otra manera de decirlo.

Aquella carrerilla de “mamás” se convirtió en una música de casa. A veces lo decía para llamarme. A veces porque sí. A veces porque estaba contento. Y yo, cada vez que lo escuchaba, sentía que ese niño me estaba dando una especie de regalo sin saberlo.

Antes de que empiece todo lo que vino después, necesito que quien lea esto conozca al Sergio de verdad.

No al Sergio de los informes.

No al Sergio de los correos.

No al Sergio que un día empezó a aparecer en conversaciones de adultos con palabras que ningún niño debería llevar encima.

No al Sergio descrito por otros desde fuera, muchas veces sin entenderlo.

Quiero hablar del Sergio de casa.

El Sergio que decía cosas que nadie más decía .

Desde pequeño tuvo su propio idioma. Una frase que repetía una y otra vez y que todavía hoy, a veces, aparece en casa como si viniera de otro tiempo: —«Cuan samana manama cuan sen cumple».

Así la decía. Con toda la seguridad del mundo.

Nadie sabía lo que significaba. Ni nosotros. Ni él, cuando intentábamos preguntarle. No era una frase que pudiera traducirse. Era suya.

Completamente suya. A mí me hacía mucha gracia y mucha ternura a la vez, porque la decía con una convicción absoluta, como si estuviera comunicando algo importantísimo y el problema fuera nuestro por no entenderlo.

Con los años aprendí que no siempre hace falta entender cada palabra para entender a una persona.

A Sergio había que observarlo.

Había que fijarse en cómo miraba, en cómo se acercaba, en cómo repetía algo, en cómo insistía, en cómo se quedaba quieto cuando el mundo iba demasiado rápido. Había que tener paciencia. Pero no una paciencia de

“qué remedio”, sino una paciencia de querer entrar en su forma de ver las cosas.

Eso no todo el mundo lo tuvo.

En casa sí .

En casa, aquella frase suya se quedó como se quedan las cosas importantes de una familia: sin explicación, pero con sitio propio.

Sergio también tuvo desde muy pequeño un amor enorme por Mario Bros.

De pequeño eran Mario y Luigi; después llegaron otros juegos de los que hablan muchos adolescentes: GTA, Counter Strike, Assault y esos mundos de pantalla donde todo parece tener una regla, una misión o una forma concreta de avanzar.

A Sergio siempre le han gustado las reglas claras.

Con Sergio aprendimos pronto que había cosas que para otros niños eran fáciles de distinguir y para él no tanto.

Cuando alguien hacía una broma, muchas veces no sabía si aquello era verdad o no.

No porque no entendiera, sino porque su manera de procesar las palabras era muy literal.

Si alguien decía algo, él tendía a creer que eso era lo que se estaba diciendo de verdad.

En aquel momento todavía no teníamos un diagnóstico. No sabíamos ponerle nombre a muchas cosas.

Solo sabíamos que Sergio necesitaba claridad.

Necesitaba que el mundo no le hablara siempre con dobles sentidos, con bromas raras o con frases que cambiaban de significado según el tono.

Así que, a medida que fue creciendo, fuimos creando nuestras propias palabras. Palabras nuestras.

Códigos pequeños de casa que solo él y yo entendíamos y que le ayudaban a situarse.

Una de esas palabras fue “pingüino” .

Sí, pingüino. Un animal. Así, sin más.

Cuando alguien decía algo de broma y no era verdad, yo podía decirle: —Sergio, pingüino.

Y él ya sabía que aquello no había que tomarlo como una verdad literal.

Que era una broma. Que no tenía que preocuparse. Que podía soltarlo.

Puede parecer una tontería, pero para nosotros no lo fue. Fue una de las mejores cosas que pude hacer por él. Porque a veces ayudar a un hijo no consiste en darle grandes discursos, sino en encontrar una palabra pequeña que le haga el mundo un poco más fácil.

Y ahora, mirando hacia atrás, entiendo muchas cosas.

Entiendo por qué se sentía tan bien en esos mundos donde cada acción tenía una respuesta previsible.

Entiendo por qué le calmaba repetir.

Entiendo por qué podía pasar tanto tiempo concentrado en lo mismo sin aburrirse. Entiendo por qué aquello le daba seguridad.

El mundo real no funciona así.

El mundo real muchas veces no te avisa. La gente dice una cosa y quiere decir otra. Los niños pueden ser crueles sin que un adulto lo vea. Los adultos pueden decir que van a mirar algo y después no mirarlo como deberían. En el mundo real, si haces lo correcto no siempre pasa lo correcto .

Eso Sergio lo aprendió demasiado pronto.

Aquellos juegos eran su manera de ordenar el mundo. Allí sabía qué esperar, podía fallar y volver a

intentarlo sin que nadie se riera de él.

Yo lo veía jugar y veía su cara.

Concentrado. Metido por completo. Feliz a su manera.

No hacía falta mucho más.

También aprendió el abecedario en inglés antes que en español. Yo le ponía dibujos en inglés desde pequeño, y él iba cogiendo palabras sin que nadie hiciera una clase de eso. Las repetía, las memorizaba, las colocaba en su cabeza con una facilidad que a mí me sorprendía.

Luego el colegio venía con sus ritmos, sus fichas, sus maneras de enseñar iguales para todos, como si todos los niños aprendieran igual y al mismo tiempo. Pero Sergio ya me había demostrado en casa que aprender, aprendía. Y mucho.

Solo necesitaba que algo conectara con él.

Cuando algo conectaba, su cabeza iba rápido.

Muy rápido. Podía tener una memoria impresionante para lo que le interesaba.

Podía fijarse en detalles pequeños. Podía recordar cosas que yo ya había olvidado.

Podía sorprenderte con una frase, con una asociación, con una manera de entender algo que no se parecía a la de los demás.

Durante mucho tiempo, yo no tuve un nombre para todo eso .

Solo sabía que Sergio era Sergio.

Especial.

Con su manera de hablar, de sentir, de aprender, de querer y de moverse por la vida.

Y querer, quería mucho.