Siempre fuiste tú 29
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Charles se levantó antes de que amaneciera.

La luz apenas empezaba a colorear de gris los cristales de Londonderry cuando pidió a una doncella que escogiera para Emma un vestido de luto, sobrio y cómodo, de crepé negro, con cuello alto y mangas largas.

No quiso despertarla hasta tener claro qué iba a decirle; aun así, cuando por fin entró en la habitación, comprendió que ninguna frase sería lo bastante cuidadosa.

Emma ya estaba despierta.

Permanecía sentada entre las almohadas, con el camisón arrugado y una mano apoyada sobre el vientre. Había algo inmóvil en su mirada, como si una parte de ella hubiese sabido, antes de oír las palabras, que la mañana traía un golpe del que no se volvería igual.

Charles se detuvo junto a la cama.

—Emma.… ¿cuánto llevas despierta?

Ella no respondió. Solo lo miró. El fuego de la chimenea se había consumido durante la noche y el cuarto olía a ceniza fría, lavanda y lluvia vieja.

—Amor, sé que es doloroso, pero si puedo ayudarte en algo…

El silencio no se quebró de inmediato.

Emma parpadeó una vez. Luego otra. La frase pareció quedarse suspendida entre ambos, demasiado absurda para entrar en su cuerpo.

Mary no podía morir. Mary era la que conocía todos sus borradores antes que nadie; la que le pedía que leyera en voz alta los capítulos nuevos; la que se reía tapándose la boca cuando Emma decía algo inconveniente delante de una visita.

Mary era la única persona que sabía distinguir, solo por la forma en que Emma cerraba una puerta, cuándo estaba furiosa y cuándo estaba fingiendo estar bien.

—No —dijo por fin.

Charles inclinó la cabeza.

—Lo siento.

—No.

La palabra volvió a salir, pero esta vez no fue una negación. Fue un sonido vacío, una cosa pequeña que no alcanzaba a contener lo que se abría dentro de ella.

La doncella dejó el vestido sobre una silla y se retiró en silencio.

Emma bajó de la cama con una lentitud extraña.

Se miró en el espejo. Sus ojos verdes seguían allí, idénticos a los de siempre, pero no reconoció nada detrás de ellos.

Ni llanto. Ni ira. Ni siquiera miedo. Solo una quietud tan profunda que le dolió el pecho.

Se vistió sin pedir ayuda. Abrochó el corpiño de crepé, tomó los guantes negros y dejó que Charles le alcanzara el sombrero de ala corta y el velo. Cuando se colocó los aretes de diamantes, le temblaron tanto los dedos que uno estuvo a punto de caer al suelo.

Charles lo recogió antes de que tocara la alfombra.

—Déjame ir contigo —dijo—. No tienes que hacerlo sola.

Emma alzó la vista. En ese momento, él parecía sincero. Cansado, incluso asustado. Pero ella solo podía pensar en todas las veces que había necesitado que alguien la viera y había terminado haciéndose pequeña para no incomodar a nadie.

—Iré sola.

—Emma, por favor.

—He dicho que iré sola.

Pasó junto a él para buscar sus guantes. Charles se movió y le bloqueó el paso con cuidado, sin tocarla.

—No voy a obligarte a aceptar mi compañía. Pero odio verte así.

—¿Así cómo?

—Como si ya no estuvieras aquí.

Ella soltó una risa breve, desprovista de alegría.

—¿Cuándo has estado realmente conmigo, Charles? Siempre decías que no te necesitaba. Que podía resolverlo todo sola. Que era fuerte, independiente, incapaz de venirme abajo.

—Estaba equivocado.

—Lo estabas en muchas cosas.

Charles abrió la boca, pero Emma siguió hablando antes de que él pudiera decir algo que sonara a defensa.

—Mary se fue a Londres por mí. Se preocupó porque yo salí a buscarte, porque no sabía dónde estabas, porque yo no volvía, porque Sean estaba en peligro. Vivió angustiada por todo lo que tú y Clare hicieron. Y ahora está muerta.

El rostro de Charles perdió color.

—No voy a discutir con tu dolor —dijo, despacio—. No voy a decirte que no estés furiosa. Pero no puedo aceptar que su muerte sea culpa tuya.

—No he dicho que sea culpa mía.

—No. Has dicho que es culpa mía.

Emma apretó los labios. La respiración le empezó a temblar, por primera vez desde que él había pronunciado el nombre de Mary.

—Lo es.

—Sé que he hecho cosas que te hirieron. Sé que te dejé sola en momentos en que necesitabas una verdad, pero no uses esta pérdida para castigarte ni para cargar sobre ti lo que no pudiste controlar.

—No me digas qué hacer con mi hermana.

—No lo haré.

—No me pidas que me calme.

—No voy a pedírtelo.

Aquella respuesta la desarmó más que una contradicción. Emma se llevó una mano a la boca. Las lágrimas llegaron de golpe, calientes y violentas, como si hubieran estado esperando permiso.

—Me cansé —dijo, ahogada—. Me cansé de preguntarme si vas a engañarme, de vigilar cada puerta, de sentir que si sonríes a Clare tengo que adivinar qué significa. Me cansé de que todo el mundo me diga que te dé tiempo, que te crea, que te perdone. No quiero jugar más a esto.

Charles bajó la mirada. No intentó acercarse.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes. Tú nunca tienes que elegir entre el amor y la dignidad. Nadie te mira como si fueras la mujer ingenua que no vio venir lo obvio. Nadie espera que te sientes a cenar con la persona que ayudó a romperte y sonrías para que no haya escándalo.

—Tienes razón.

Emma lo señaló, como si la simple aceptación la enfureciera.

—Te odio.

La frase salió rota. Charles la recibió sin moverse.

—Lo sé.

—Y lo peor es que todavía te amo. Te amo porque eres el padre de mis hijos, porque fuiste mi amigo, porque una parte absurda de mí aún recuerda al niño que me defendía cuando alguien se burlaba de mis cuentos. Te amo y te odio al mismo tiempo. ¿Sabes lo agotador que es?

Charles cerró los ojos durante un segundo.

—Sí. Te amo y no hay nada que pueda hacer para obligarte a creerme.

Emma dio media vuelta y llamó a la doncella.

—Prepara mis cosas -ordenó cuando la joven apareció—. Las necesarias para una estancia en casa de los Sellers. Y las de Sean.

—Emma... —dijo Charles.

Ella se volvió hacia él.

—¿Vas a impedirme irme?

El silencio se alargó. Por un instante, el miedo le atravesó el cuerpo: el miedo a que él le recordara su título, sus derechos, el nombre Donovan, todo lo que el mundo concedía a un hombre cuando una esposa quería apartarse, pero Charles negó despacio.

—No. No voy a detenerte.

Emma no esperaba esa respuesta.

—¿Y Sean?

Charles miró hacia la puerta, justo cuando el niño apareció en el pasillo con una bota mal puesta, el cabello revuelto y una mancha de chocolate en la comisura de los labios. Venía hablando consigo mismo, hasta que vio las ropas negras de su madre y se detuvo.

—Mami... ¿pasa algo?

Emma se agachó. Lo abrazó tan fuerte que Sean soltó una protesta.

—Mi amor, hoy voy a despedirme de la tía Mary.

—¿Tita Mary está en Londres?

Emma tragó saliva.

—Sí. Mamá va a ir a verla... y a estar con la abuela.

El niño frunció la frente, intentando entender el tono de su voz más que sus palabras.

—¿Y papi?

Charles se acuclilló al otro lado de Sean.

—Papi se queda aquí unas horas. Tiene que hablar con el tío Gregory y la abuela Gertrudis.

—¿Luego viene?

Charles miró a Emma antes de contestar.

—Luego iremos a ver a mamá. Los dos.

Emma no corrigió aquella promesa. No tenía fuerzas para discutirla. Sean los miró a ambos, con la seriedad solemne de un niño pequeño que sabe que los adultos están tristes.

—Yo quiero ir con mami.

—Vendrás conmigo más tarde —dijo Emma, acariciándole la mejilla—. Ahora te quedarás un momento con papi.

—No quiero que mami se vaya.

Charles tomó la mano de su hijo.

—Nadie va a dejar a nadie, Sean. Tu mamá necesita estar con la abuela porque la tía Mary era muy querida. Tú y yo iremos cuando ella nos diga que está lista.

El niño bajó la vista. Después abrazó el cuello de su padre con una fuerza que parecía imposible en un cuerpo tan pequeño.

—Papi y mami.

Charles lo estrechó contra sí.

—Papi y mami —repitió—. Siempre.

Emma sintió que el corazón se le encogía. No era una promesa que pudiera aceptar todavía, pero tampoco quiso romperla delante de Sean. Se inclinó, besó la coronilla tibia de su hijo y tomó el sombrero de luto.

—Te quiero, cielo.

—Te quiero, mami.

La respuesta fue sencilla. Limpia. Sin condiciones.

Emma salió de la habitación antes de que el llanto volviera a vencerla.

No permitió que Charles la acompañara hasta la casa de los Sellers, pero aceptó la carroza, el cochero y el lacayo que aguardaría a distancia. Era lo máximo que podía conceder sin sentir que su dolor se convertía en una escena para otros.

El trayecto atravesó calles lavadas por la lluvia. Las chimeneas derramaban humo gris sobre los tejados; los caballos avanzaban con un ritmo apagado, y las ruedas de la carroza levantaban barro oscuro en los charcos. Emma se quedó mirando por la ventanilla, con las manos cerradas sobre el regazo.

Durante años había confundido no pedir ayuda con ser invencible. Le gustaba pensar que no debía nada a nadie: ni favores, ni explicaciones, ni gratitud. Era más sencillo sostenerse sola que arriesgarse a que alguien le fallara.

Pero ahora Mary no estaba. Mary, que había sido su refugio cuando la casa de los Sellers se quedaba demasiado estrecha y las cuentas demasiado largas.

Mary, que conocía el sonido de sus ataques de risa y el de sus silencios.

Mary, que nunca le pidió que fuera menos intensa, menos imprudente, menos Emma.

Las lágrimas se deslizaron por debajo del velo.

No podía recordar la última vez que había abrazado a su hermana sin prisa.

Ni la última tarde en que le había leído una historia hasta que Mary se quedara dormida.

Siempre había supuesto que habría otra visita, otra carta, otra conversación.

A la gente que se ama no debería acabársele el tiempo.

Pero se acababa. Se acababa sin aviso, con una carta retrasada y un vestido negro escogido por manos ajenas.

Cuando la carroza se detuvo frente a la casa de los Sellers, Emma tardó unos segundos en bajar.

El hogar de su infancia seguía en el mismo sitio, pero parecía otro. Las ventanas estaban limpias, los escalones recién fregados, y una cinta de luto colgaba junto a la aldaba. Todo estaba ordenado con una pulcritud dolorosa, como si la casa hubiera querido ponerse seria para recibir a la muerte.

La puerta se abrió antes de que Emma tocara.

Su madre apareció vestida de negro, con el cabello recogido en un moño sencillo. Intentó sonreír al verla, pero el gesto se quebró enseguida. Por un momento, ambas se miraron sin saber cómo atravesar la distancia que los años, los rencores y las ausencias habían dejado entre ellas.

Emma vio el parecido con Mary en la curva de su rostro.

Vio también la misma forma de inclinar un poco la cabeza cuando algo dolía demasiado.

Entonces dejó de ser la condesa de Longford.

Dejó de ser la esposa que dudaba, la madre que temía perder a sus hijos, la mujer que había aprendido a convertir la rabia en armadura.

Volvió a ser una hija. Corrió hacia su madre y se abrazó a ella con una desesperación infantil.

Su madre la sostuvo de inmediato. No le pidió explicaciones.

No mencionó a Charles, ni a la guerra, ni a la casa que Emma había dejado atrás.

Solo le acarició el cabello, una y otra vez, mientras ambas lloraban en el umbral.

—Mamá... —sollozó Emma—. Mary no está.

—Lo sé, mi vida. Lo sé.

Y por primera vez desde que recibió la noticia, Emma permitió que alguien compartiera el peso de su dolor.

No sabía qué haría con Charles. No sabía si podría perdonarlo, volver a Londonderry o aceptar que la distancia también podía ser una forma de amor. Todo eso podía esperar.

Ese día solo existía Mary.

Y la ausencia inmensa, feroz e imposible de su hermana.