Siempre cerca 16.
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16.

Quiero ver en qué condiciones viven Nadya y su hijo.

Durante mucho tiempo no encontré ningún pretexto para visitarlos, pero ahora, con la fiambrera del niño en mis manos, siento que tengo un as bajo la manga.

Al fin y al cabo, Nadya lo dejó bien claro en la nota: tenía que devolvérsela. No especificó ni cómo ni cuándo.

Después de beberme ya el segundo energético para no quedarme dormido, le pido a uno de los ayudantes que me lleve a la dirección que me han dado.

Le advierto de antemano que lo hago bajo mi responsabilidad, porque todos, incluso los que ocupan puestos de mayor rango, en el fondo tienen miedo de que Max les eche una bronca.

Y de los ayudantes, que prácticamente trabajan a cambio de comida, mejor ni hablamos.

Pasamos tranquilamente junto a los periodistas, junto a Anya e incluso junto al director, que últimamente no me quita los ojos de encima.

Me gustaría sentirme como un vencedor por haber conseguido escapar, pero lo que me invade es una sensación muy distinta…

¿Nervios? Ni siquiera recuerdo la última vez que estuve tan inquieto.

¿Y si no consigo llevarme bien con Marko? ¿Y si, al conocerme mejor, se da cuenta de que se equivocó conmigo? O, peor aún, ¿y si Nadya le cuenta que fui aquel imbécil que le suplicó que no tuviera al bebé? Dios, espero que nunca se entere.

—¡Para! —grito de repente, con tanta brusquedad que el chico al volante tiene que pisar el freno a fondo—. No puedo presentarme con las manos vacías. Mira, allí —señalo al otro lado de la calle— hay una pastelería. ¿Podrías comprar algo?

—Sí, claro —responde, encogiéndose de hombros mientras busca dónde aparcar—. ¿Qué compro exactamente?

—Pues… supongo que una tarta.

—De acuerdo.

—¡Pero que esté rica!

—¿Y cómo voy a saber cuál está rica? Ni siquiera me gustan los dulces.

Pongo los ojos en blanco.

—Pues compra la más cara —le tiendo mi tarjeta de crédito—. ¿Entendido?

—Entendido.

El chico entra en la pastelería y yo me hundo en el asiento para pasar desapercibido mientras lo veo alejarse.

Pasan cinco minutos, luego diez… Parece que se lo ha tragado la tierra.

Estoy a punto de salir a buscarlo cuando, por fin, se abre la puerta de la pastelería.

Camina hacia el coche cargando una caja del tamaño de un microondas.

—¿Qué es eso? —pregunto cuando la coloca en el asiento trasero. Para mayor seguridad, hasta hay que abrocharle el cinturón.

—Una tarta. Usted me dijo que comprara la más cara, y esta lo era.

—¡Pero tenía que ser cara porque estuviera rica, no porque fuera enorme!

—Supongo que nadie encargaría una tarta para un aniversario si estuviera mala…

—¿No me digas que le has quitado la tarta a alguien que celebraba su cumpleaños?

—Ajá. Tuve que pagar un suplemento —responde con un orgullo absurdo.

Solo quiero darme un cabezazo contra la pared. O dárselo a él. Una de dos.

—Está bien —suspiro—. Lo importante es que no vamos con las manos vacías.

Reanudamos la marcha. Ya solo faltan unas pocas manzanas para llegar a casa de Nadya.

—¿Es tuyo ese pase? —pregunto, señalando la acreditación colgada del retrovisor.

—Sí. Me lo dieron hoy.

—Me lo llevo prestado —digo, desenganchándolo y guardándomelo en el bolsillo.

El chico aprieta con fuerza el volante. Por Dios, como siga así, se va a echar a llorar.

—Pero… —balbucea, sin atreverse a contradecirme.

—Les dices que lo has perdido —le explico. Sé que debo compensarlo por mi descaro, así que saco unos billetes del bolsillo y los dejo en el salpicadero—. Se pondrán pesados, pero te darán otro.

—¿Y si me despiden?

Le doy una palmada en el hombro.

—Entonces encontrarás un trabajo donde te valoren más.

Aunque no le harán nada. Ni siquiera recuerdo la última vez que despidieron a alguien. En un rodaje, cada persona vale oro. Como mucho, lo asustarán y le echarán una bronca… Hasta le vendrá bien.

—Es aquí —le digo cuando veo el edificio destartalado.

—¿Quiere que lo espere?

Me lo pienso un instante. Todo depende de si me dejan entrar o no. Decido arriesgarme.

—No, no me esperes. Tu turno ya ha terminado, así que aprovecha el tiempo.

—Aquí no hay mucho que aprovechar —suspira—. Supongo que dormiré un rato.

—Una decisión sabia. Yo haría lo mismo.

—Entonces… ¿por qué no vuelve usted también? Nadie sabrá que ha incumplido las reglas…

Sonrío.

—Buen intento, pero aún te falta práctica. Cuando Max nos obliga a volver al plató, recurre a amenazas, chantajes… —cuento con los dedos— y humillaciones. Y ni siquiera así siempre consigue lo que quiere.

Me pongo la capucha y salgo del coche.

—Gracias por la ayuda —le digo mientras cojo la tarta. Maldita sea, ¡pesa de verdad!—. Nos vemos.

Con las piernas temblándome de los nervios, subo las escaleras. Un piso, luego otro… Ojalá vivieran más arriba. Así tendría más tiempo para reunir valor. Confío en que, al menos, mis dotes de actor me ayuden a aparentar seguridad.

Por fin, llego a su puerta. Con las cerraduras nuevas, la entrada parece mucho más segura. Al menos ya no tendré que temer que alguien eche la puerta abajo y se cuele en plena noche. Además, tengo la ventaja de contar con una copia de la llave… pero eso es un secreto.

Me doy una bofetada mental. ¡Concéntrate, cobarde, y llama de una vez al maldito timbre!

Aprieto la caja contra la pared para evitar que se caiga y consigo pulsar el timbre con el codo.

Una vez más, nadie abre enseguida. Está claro que la hospitalidad no abunda en esta familia. No me queda más remedio que esperar.

Al cabo de unos minutos, por fin oigo girar la cerradura. Espero encontrarme con Nadya, incluso estoy preparado para que me pida que me marche.

Pero quien aparece en el umbral es su hijo.

—¿¡Usted!? —abre los ojos como platos.

Qué gracioso resulta.

—¿Se ha perdido?

—En realidad, he venido a veros. ¿Está tu madre en casa?

—No. La han llamado del trabajo porque el cocinero se ha puesto enfermo.

—¿Trabaja todo el día?

—A veces pasa —responde Marko con indiferencia.

—Bueno… Ya que estoy aquí, he traído una tarta. ¿Me dejarías esperar a tu madre dentro?

El chico se pone serio. Es como si cambiara de máscara de un instante a otro. ¡Qué habilidad!

—No lo sé. En realidad, no debería dejar entrar a desconocidos.

—Pero nosotros ya nos conocemos.

—No tanto. No se ofenda, pero podría ser un maníaco.

Por un momento, me deja sin palabras.

—Si fuera un maníaco, ya te habría secuestrado cuando nos conocimos.

—Había demasiados testigos —improvisa enseguida—. Entiéndame bien: que un actor famoso venga solo y te pida entrar en casa… suena sospechoso.

—Tienes razón… —admito, porque es difícil llevarle la contraria—. ¿Y si llamas a tu madre y le preguntas si me deja pasar?

—No me dejará.

Y creo que tiene razón. Pero quiero confiar en que las cosas salgan bien.

—Inténtalo.

—Vale.

Vuelve a cerrar la puerta y me deja en el rellano. Pasan unos minutos que se me hacen eternos, como si estuviera esperando el veredicto de un juicio.

—De acuerdo —dice al abrir de nuevo—. Puede pasar. Mamá me ha dado permiso.

No me lo puedo creer. Respiro aliviado y, por fin, cruzo el umbral de su casa.

Apuesto a que en este piso vivía antes alguna abuela.

El papel pintado, de un color indefinido, parece tener siglos; los muebles son de la época soviética y el suelo de madera chirría sin piedad a cada paso.

Y, aun así, en medio de tanta pobreza se respira calidez.

La atmósfera me recuerda mucho a la casa donde creció Nadya.

Poco importa que falten las reformas: lo esencial es que entre estas paredes uno se siente…

¿seguro? Qué raro. Será un eco de mi infancia.

Al fin y al cabo, debo reconocer que soy una persona profundamente traumatizada. No hay escapatoria.

—He traído la tarta —digo, dejando la caja sobre la mesa. Con cierto temor, desato el lazo.

Marko se pone de puntillas para mirar dentro.

—«Sesenta años, Petró Ivánovich» —lee la inscripción de crema—. ¿Quién es Petró Ivánovich? ¿Un amigo suyo?

—No lo sé —respondo, desviando la mirada, porque mi autoridad ante este niño se está desmoronando a toda velocidad—. Algún abuelo.

—Algún abuelo disgustado, al ver que su tarta ha acabado en nuestra mesa.

No se me ocurre nada más inteligente que responder:

—A los mayores les sienta mal tanto dulce.

Marko se encoge de hombros.

—Como usted diga.

Coge del fogón una tetera con silbato —hacía siglos que no veía una— y la llena de agua.

—¿Quiere té verde o negro?

—Negro.

Observo fascinado cómo el niño pone la mesa con una destreza impecable. Cada movimiento suyo es tan seguro que no me cabe duda de que pasa mucho tiempo solo. Y eso me recuerda un poco a mí a su edad… Quizá por eso me cae tan bien.

—No me puedo creer que esté usted aquí —dice mientras me sirve un trozo de tarta. Se pone nervioso al no conseguir colocarlo en el plato con la pala al primer intento—. Es como si fuera mi cumpleaños. ¡El segundo de este año!

—En ese caso, no puede faltar un regalo.

Saco el pase.

—Con esto podrás entrar sin problemas en todas las localizaciones del rodaje y ver cómo grabamos la quinta temporada de Fragmentos.

—¿Y ese gorila, Maxim, no me amenazará con darme una paliza?

Si se atreve, yo mismo le arranco la cabeza.

—No —le aseguro—. Ni en sueños.

—¡Genial!

El chico se cuelga el pase al cuello de inmediato.

—¡Lo llevaré como si fuera una cruz! —anuncia—. ¡Gracias! Es el mejor regalo de toda mi vida.

Me alegra ver la sonrisa en su cara. Cuando sonríe, se parece a Nadya, y eso significa mucho para mí.

Mientras observo la velocidad con la que Marko devora la tarta, doy un sorbo al té.

De pronto, una bola de pelo blanco salta sobre mis rodillas.

Sobresaltado, casi me derramo la taza encima.

La dejo a un lado y cojo al animal en brazos.

Al principio me parece un conejo de peluche, pero enseguida descubro que es un gato.

—¿¡Alaska!? —exclamo, incapaz de creer lo que veo, y me la acerco a la cara—. ¿¡Todavía está viva!?

—¿Cómo sabe cómo se llama?

Siento que el corazón me va a estallar. Esa gata fue lo más valioso que tuve. Y Nadya la ha conservado. Maldita sea, soy un hombre adulto y, aun así, estoy a punto de echarme a llorar.

—Hace muchos años le regalé esta gata a tu madre —confieso, hundiendo los dedos en su denso pelaje.

—¿¡Conocía usted a mi madre!? —pregunta, con la expresión de quien acaba de descubrir que vengo de otro planeta—. ¿Por qué nunca me lo contó? ¿¡Por qué!?

—No la culpes. Tenía sus razones.

—¡Pero algo así no se oculta! —Se lleva las manos a la cabeza—. ¡Al menos podría haberme dado una pista!

—Éramos muy buenos amigos.

—Bueno, ahora al menos entiendo por qué ha venido…

—¿Y ya no piensas que soy un maniático?

—No.

Se agradece oírlo.

—¿Quiere que le enseñe mi habitación?

—Claro.

Me levanto de la mesa sin terminar el té. No suelto a Alaska; la mantengo en brazos. No imaginaba cuánto la había echado de menos.

—Aquí duerme mamá —dice, señalando la habitación contigua—. Y esta es la mía.

Al entrar, me parece estar en una casa completamente distinta. El cuarto de Marko tiene muebles de colores claros, una cama nueva, un escritorio con ordenador y una alfombra mullida que imita el césped.

Me entran ganas de pedirle perdón a Nadya. Fue injusto compararla con mi madre. Nadya sí es distinta: más fuerte, más entregada, más cariñosa… Dentro de sus posibilidades, hace todo lo que puede por su hijo, y aún más.

—Dios, ahora sí que debería preocuparme —digo al fijarme en la colección de pósteres con mi cara que cubre la pared—. Tú te pareces más a un maniático. ¿Cómo consigues dormir con todo el elenco de Fragmentos observándote?

—Eso mismo le decía yo.

La voz de Nadya me hace girarme. De pronto, me siento como si me hubieran pillado con las manos en la masa, aunque no haya hecho nada malo.

—Pero me temo que pedirá que me retiren la patria potestad si quito un solo póster. Ha montado aquí un altar a Horovyi.

Se la ve agotada. Tiene ojeras, los hombros caídos y el pelo recogido en un moño tirante. Yo tampoco he dormido desde las tres de la mañana, pero ahora no me atrevo a quejarme del trabajo: tengo delante una imagen viva de lo que significa estar realmente agotado.

—Hola… —es lo único que consigo decir.

Ella se limita a sonreír y asentir. Al menos no me echa. Eso ya es una victoria.

—Hijo, te he traído la cena.

—¡No tengo hambre! Demian Levchenko y yo nos hemos comido la tarta de Petró Ivánovich.

—¿De quién?

—De un abuelo —repite, usando mis propias palabras.

Nadya suspira.

—Prefiero no conocer los detalles. Demian, ¿qué querías? —me pregunta.

—Sí… Yo… He venido a devolverte la fiambrera.

—¿Y dónde está?

Entonces me doy cuenta de lo estúpida que va a sonar mi respuesta.

—La he olvidado en la caravana. Pero… ya que estoy aquí, quizá…

—¿Quizá qué? —pregunta, mirándome con aire desafiante.

—¿Quizá podríamos ver una película? —Marko vuelve a salvarme. Maldita sea, adoro a este crío—. ¡Voy a preparar palomitas!

Sin esperar nuestra respuesta, sale corriendo hacia la cocina.

—Ya has caído en su trampa —dice Nadya—. No te soltará tan fácilmente.

—Siempre puedo escapar por la ventana. Como antes.

—Me temo que ahora necesitarías un doble de riesgo.

—¿Insinúas que estoy viejo?

—No. Solo te recuerdo que vivimos en un quinto piso.