Siempre cerca 13.
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13.

Nadya

El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho. Tenía miedo de verlo. Miedo de escucharlo. Miedo de tocarlo. Y ahora nuestros labios se han fundido en un beso, y todos mis temores se han hecho realidad.

Esto está mal. No debería estar pasando. Tal vez para él no sea más que un pasatiempo, pero, en este mismo instante, mi alma se hace pedazos y tendré que recoger sus mil fragmentos.

Un precio muy alto por descubrir que, pese a todo, sigo amándolo. Alto, pero justo.

Lo poco que me queda de sensatez me dice que debo detenerme.

El instinto de supervivencia me grita en la cabeza como una sirena, pero yo lo ignoro obstinadamente, aferrándome a…

¿a qué? Demian nunca estará conmigo. Ahora vivimos en mundos distintos, y el hecho de que nuestros caminos se hayan cruzado no es más que una coincidencia.

O el destino.

No. Tengo que ser fuerte. No puedo permitirme otro error. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que me quedan, recupero el control de mi cuerpo y empujo a Demian.

—¿Qué estás haciendo? —le espeto en voz baja para que Marko no me oiga—. ¿Es que no tienes vergüenza?

Me arden los labios como si me hubieran rozado con ortigas. Las mejillas me queman. Me avergüenza imaginar el aspecto que debo de tener ahora mismo.

—No, no tengo —responde con una sonrisa torpe—. La perdí por ahí.

—¡Pues búscala! O pídele a tu prometida que te ayude a encontrarla.

Demian mete las manos en los bolsillos y, tras suspirar profundamente, baja la cabeza.

—¿Te refieres a Svitlytska? Mira, lo mío con ella no es tan sencillo. No puedo explicártelo aquí, en el pasillo…

—Pues no me lo expliques. No me interesa. Guárdate las intrigas de tu vida privada para los programas de televisión.

Abro la puerta de nuevo.

—Lo siento, pero no te voy a invitar a tomar té. Tengo que acostar al niño.

—¿Entonces le darás mi regalo? —Me tiende ese maldito encendedor.

—No.

—¿Por qué?

—Porque un encendedor en manos de un niño de ocho años abre un mundo de posibilidades para meterse en problemas. Cuando tengas hijos, lo entenderás.

Parece que ese argumento lo convence.

—Entonces se me ocurrirá otra cosa.

—Lo mejor que puedes hacer es mantenerte alejado de nosotros —digo, refugiándome en el piso—. Adiós, Demian.

—Hasta mañana —responde él.

Solo cuando estoy dentro consigo soltar el aire que llevaba conteniendo. Aunque no estoy segura de que se haya marchado. Atranco la puerta con una silla, porque la cerradura todavía no funciona.

—¿Ese era Demian Levchenko? —exclama Marko justo detrás de mí—. ¿Era él?

Odio mentirle a mi hijo, pero no tengo otra opción.

—¿Y de dónde sacas eso?

—Porque he oído una voz parecida.

—Piénsalo bien. ¿Qué motivo tendría Levchenko para venir a nuestra casa?

—Es verdad… —suspira el pequeño—. Si viniera aquí, me moriría de felicidad.

Y yo casi me muero. Aunque no de felicidad, sino de desesperación, porque a su lado pierdo la razón. Y no puedo permitírmelo. Todos esos sentimientos son un lujo que no puedo pagar.

—¡Por Dios, si todavía te tiemblan las piernas por la excursión de esta mañana al set de rodaje! Menos mal que mañana pasarás el día con María Fiódorovna y tendrás ocasión de tranquilizarte. Dicen que la música clásica ayuda al sistema nervioso.

—Odio su música… —murmura Marko.

De verdad que lo compadezco, pero no hay alternativa. No voy a dejarlo solo en un piso cuya puerta ni siquiera cierra. Y, si vuelvo a llevármelo conmigo, corro el riesgo de perder el trabajo. Mi jefa se pondría furiosa si descubriera que Marko anda por el plató molestando a los empleados.

Además, a mí me resultará más fácil luchar contra mis emociones cuando vuelva a ver a Demian. Qué contradicción tan absurda… Por un lado, deseo que mañana no aparezca para recoger la comida, pero, por otro, quiero volver a verlo más que nada en el mundo.

No es normal.

—Te entiendo —digo, abrazando a mi hijo para aliviar un poco la culpa que siento.

Él, por supuesto, se resiste, porque los chicos de su edad consideran que estas muestras de cariño son una señal de debilidad. Mi pequeño erizo.

—Aguanta solo un día más. Cobraré y llamaré al cerrajero. Así podrás volver a quedarte solo en casa.

Qué panorama tan alentador.

—Ajá. Y además iremos al parque de atracciones… —añade el pillo, devolviéndome el abrazo con torpeza.

—Exacto. Iremos sin falta.

—Por eso estoy dispuesto a esperar.

Por eso yo también estoy dispuesta a esperar. El dinero no crece en los árboles. Tengo que alimentar a mi hijo y, por eso, no voy a dejarme arrastrar por mis sentimientos. Cumpliré con mi trabajo.

A partir de mañana seré fuerte. No dejaré que Demian me haga perder el equilibrio. Que busque otra distracción.

Por la mañana, me preparo para una nueva batalla. No contra Demian, no. Primero tengo que luchar contra mí misma y contra los sentimientos dolorosos que todavía albergo por él.

—En persona es aún más guapa —murmura el conductor que me está ayudando a montar la mesa.

—¿Quién? —pregunto.

—Hanna Svitlytska —responde, señalando a los actores con la cabeza.

Levanto la mirada y no consigo apartarla. Esa mujer es realmente deslumbrante. Alta, esbelta, con el cabello largo y oscuro y una voz ronca que pone la piel de gallina.

Es la pareja perfecta para Demian. Al menos, para la nueva versión de sí mismo en la que se ha convertido. Y, teniendo una prometida así, ¿cómo se le ocurre ir buscando aventuras por otra parte? Quiero creer que el beso de ayer no fue más que un impulso del que se arrepintió de inmediato.

—Puedo seguir sola, gracias —le digo al ayudante, que ya no hace más que estorbarme, embobado como está mirando a los actores.

Hoy se ha reunido más gente para desayunar.

Por lo que veo, el rodaje está a punto de comenzar, porque todos los protagonistas ya están aquí, paseándose por el plató con el guion en la mano.

Si la soledad no me estuviera devorando por dentro, estaría encantada de observar cómo se crea la magia del cine.

Demian está al final de la cola. Qué curioso que no esté junto a su prometida. En general, parecen bastante distantes: apenas hablan y casi nunca están juntos. Prefiero no pensar que yo pueda ser la causa de los problemas en su relación.

Svitlytska se sirve unas tostadas y las cubre generosamente de leche condensada. Unas gotas le manchan la ropa.

—¡Maldita sea! —pone los ojos en blanco—. ¿Por qué soy tan desastre?

Saco del bolsillo un paquete de toallitas húmedas.

—Tome, por favor.

Una sonrisa ilumina al instante su rostro.

—¡Gracias! Qué detalle tan bonito por su parte.

Me invade una punzada de culpabilidad. Si supiera lo que pasó ayer, no sonreiría así. Es repugnante… Incluso sin proponérmelo, me he convertido en la mujer que amenaza los planes de una futura familia.

—Por cierto, me llamo Anya —se presenta mientras limpia la mancha—. ¿Y usted?

—Nadya —respondo con cautela, temiendo que, al oír mi nombre, su expresión se transforme en una mueca de furia.

Pero no. No hay ni rastro de una reacción negativa.

—Encantada de conocerla —dice, guiñándome un ojo antes de sentarse en los escalones de su tráiler con el desayuno en la mano.

Maldición. Su prometida, además, es simpática. Todo sería mucho más fácil si resultara ser una víbora venenosa. Pero no…

La cola avanza despacio. Disimuladamente, cuento cuántas personas quedan delante de Demian. Él, como si lo hiciera a propósito, deja pasar a todo el mundo y se queda el último. ¿Para qué? Si no tiene hambre, podría haberse ahorrado venir.

Al final, solo quedan unas pocas raciones sobre la mesa.

Me preparo para servirle el desayuno lo más rápido posible y salir huyendo de allí. Hasta la hora de comer tendré tiempo de recomponerme. Quizá, con el tiempo, me acostumbre a su presencia y trabajar me resulte más llevadero.

—Buenos días.

Su voz me sobresalta. Se me eriza la piel de la espalda, aunque el calor ya aprieta.

—Buenos días. ¿Quiere tostadas o…?

—Solo café.

—De acuerdo.

Coloco un vaso de cartón delante de Demian.

Empiezo a recoger la vajilla usada. Tengo que llevarla al coche y después seré libre durante un par de horas. Estaré a salvo.

—Tenemos que hablar —dice, imitando mi gesto y empezando a apilar los platos sucios—. A solas.

—No creo que sea buena idea.

—Es una idea excelente.

Llevo los platos al coche. Demian hace lo mismo. La tensión entre nosotros es tan densa que me entran ganas de estrellar toda esa vajilla contra el asfalto.

—Demian… te lo ruego, déjame trabajar en paz.

—Yo no te he impedido trabajar. Y ahora, por lo que veo, tienes un descanso. Así que…

Me agarra de la mano y me arrastra hacia un coche cercano.

—Vendrás conmigo.

Miro alrededor. Busco a Svitlytska con la mirada. Por suerte, está absorta en el guion y ni siquiera nos presta atención.

—¿Quieres que me ponga a gritar? —me resisto, intentando soltarme, pero sus dedos se cierran con más fuerza alrededor de mi mano.

Su arrogancia me saca de quicio. Puede que Demian haya cambiado de profesión, pero su oscuro pasado sigue ahí. Antes no se habría permitido algo así. Aunque… entonces no era más que un crío.

—No lo hagas —me susurra al oído mientras abre la puerta del asiento del copiloto—. No voy a hacerte daño. Solo quiero hablar.

Me quedo inmóvil, dudando. Cuanto más tardo en decidirme, más miradas curiosas atraigo.

—¿Y después me dejarás en paz? —pregunto, intentando conseguir alguna garantía.

—Ya veremos —responde, encogiéndose de hombros.

Entonces veo que un hombre se acerca a nosotros. Si no me equivoco, se llama Maksym. Tengo que reunirme con él después de cenar para concretar el menú del día siguiente.

—Maldición… —Demian empieza a ponerse nervioso—. Perdona.

Me empuja suavemente hacia el asiento. Cuando por fin me siento, cierra la puerta de golpe, rodea el coche por delante, se deja caer en el asiento del conductor y arranca el motor.

—Si me despiden…

—No lo harán. No te preocupes por eso.

No tengo ni idea de adónde vamos. Por lo que parece, nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad. Y, curiosamente, no tengo miedo. Si no fuera por Marko, dejaría que me llevara lo más lejos posible de aquí.

La alarma del coche empieza a pitar porque ninguno de los dos lleva puesto el cinturón. Me inclino para coger el mío.

—Querías hablar —le recuerdo.

Los nervios me vuelven torpe y no consigo encajar la hebilla en la maldita ranura. Bah, da igual. Suelto el cinturón por miedo a romper algo. Al fin y al cabo, las piezas de este coche deben de costar más que mi vida.

—Ajá.

Demian gira hacia un camino de tierra que atraviesa un campo. Avanza un par de kilómetros más y se detiene en un descampado donde no hay ni un alma.

—Ahora sí podemos hablar.