79. Unos monos salvajes, un fantasma cuqui, un videoclub exclusivo y una oscuridad en vela
Unos monos salvajes, un fantasma cuqui, un videoclub exclusivo y una oscuridad en vela
Fabiola
—Sí, el problema eres tú.
A lo largo de los días que han pasado desde que Izan y yo nos conocimos caracterizados de personajes de cine hemos vivido varios silencios entre nosotros, pero esta es la primera vez que resulta bastante incómodo.
—¿Puedo hacer algo para dejar de serlo? —me pregunta, y creo que sería capaz de hacerlo si estuviese en su mano.
—No lo sé.
No quiero seguir con esto; tengo el cerebro a punto de explotar.
No estoy preparada psicológicamente para lidiar con mi madre e Izan a la vez.
Por eso abro una cerveza y me la llevo a la boca.
Pego un buen trago y luego cojo una bolsa de patatas.
Necesito tener las manos ocupadas y la boca llena.
Me estiro para coger mi móvil y, después de trastear un largo minuto, empieza la película.
No hay corazón resquebrajado que no se repare viendo Jumanji .
Me apasiona y me entristece a partes iguales.
Sé que sentiré lo mismo cuando toque ver Señora Doubtfire .
Izan lleva un buen rato atento a cada uno de mis movimientos sin abrir la boca de nuevo y dejándome mi espacio para evadirme de la situación.
Llega el momento de los monos y a mí me da la risa.
—Eres una mala pécora. ¿Te ríes de la desgracia de Peter? Seguro que tuvo un trauma infantil por culpa de rodar esta escena. —Es lo primero que dice desde que he admitido que el problema es él y agradezco que sea sobre algo relacionado con la película.
—Sabes que son de mentira, ¿no?
—También lo era Casper y no descarto que Christina Ricci se enamorase de él.
—Yo también me enamoré de Devon Sawa —y media humanidad, como para no hacerlo—; lo raro sería no haberlo hecho.
—Pues sí que es verdad que os van las películas antiguas a Cande y a ti.
—¿Antiguas? Por favor... Casper , por ejemplo, es del año noventa y cinco. Y veo que tú también las tienes todas fichadas.
—Pues de antes de que nosotros naciésemos. Y, sí, tienes razón.
—También lo son La guerra de las galaxias , Dirty Dancing , El resplandor , El padrino , Superdetective en Hollywood , Bitelchús , Los cazafantasmas ... ¿Y a que las has visto todas?
—Sí, claro.
—Pues ahí tienes la respuesta.
—Sabéis mucho de cine, con datos y todo eso.
—Tiene una fácil explicación.
—¿Que es...?
—Que mis tíos, los padres de Candela, son los dueños del último videoclub de la ciudad.
—Esta sí que no me la esperaba. Es más, pensaba que ya no quedaba ninguno con vida.
—Lo sabía.
Pasan unos segundos en los que Izan está divagando sobre algo que me huelo... y es que este momento tenía que llegar.
—Espera un segundo...
Yo ya me río porque sé que ha caído en la cuenta de que sé lo que va a preguntarme.
—¿Sí que sabías quién eran Beatrix Kiddo y la Mamba Negra?
—Pues claro, tonto. ¿Prefieres llamarme «la novia»?
—¡Eres mala! —grita Izan tirándose sobre mí para hacerme cosquillas.
—¡Para! ¡Para, por favor! Recuerda que soy la mujer más letal del mundo —chillo a su vez entre risas.
—Vale, vale, no quiero convertirme en Bill.
Nos quedamos quietos. Él, encima. Yo, debajo.
Miradas unidas como si una cuerda invisible las tuviese apresadas entre sí.
Manos de él en mi cintura y mis manos apoyadas en su pecho.
Respiraciones agitadas. Ambas. Unos ojos que bailan de los míos a mis labios.
Otros ojos que no pueden dejar de mirarle la cara.
—No quiero ser uno de tus problemas —susurra con un hilo de voz.
—¿Y qué pasa con lo que quiero yo?
—¿Quieres que lo sea?
Niego con la cabeza a pesar de lo que estoy a punto de decir.
—Quiero que lo dejemos fluir y que sea lo que el destino quiera que sea —pronuncio en un murmullo.
—¿Y si resulta que no es lo que esperamos?
—Seguiremos atesorando estos recuerdos como algo muy bonito.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
¿Después de esto? Sexo salvaje del bueno, porque si algo tengo que agradecerle a Izan es que me deja explorar poco a poco y a mi ritmo.
Hace que me sienta como una diosa deseada y especial, como nunca nadie me ha hecho sentir.
Creo que está derribando algunos de mis más firmes muros internos y me da miedo que al final, cuando ya no quede ninguno en pie, no le guste el lugar diáfano que encuentre en mi interior.
¿Tengo miedos? Muchos. El principal no es que yo sufra, sino ser quien lo haga sufrir a él.
No sé cómo van a reaccionar mi cerebro y mi corazón cuando volvamos a casa y esté de nuevo en la dinámica normal de mi vida.
No sé si lograré que tenga cabida en ella.
No sé si seré capaz de pasar de todos los prejuicios que me rodean y apostar por algo que puede llegar a buen puerto.
No sé nada, y eso es lo que hace que esta noche no pueda pegar ojo.