22. Una conversación ajena, un mosqueo, una guerra declarada y una llegada a Lyon
Una conversación ajena, un mosqueo, una guerra declarada y una llegada a Lyon
Izan
—¿Has meado ya? —me pregunta nada más verme llegar—. Tío, ¿qué pasa? Porque está claro que no estás en tu mejor momento.
—No, se me han quitado las ganas —contesto mientras me sale humo por las orejas—. Acabo de escuchar una conversación de lo más esclarecedora.
Me instalo de nuevo en mi asiento y miro a mi amigo.
—¿Dónde y de quién?
—En la puerta del baño y de tus nuevas mejores amigas.
—Vaya, vaya... Cuenta.
Cualquiera diría que está en el cine con un cubo de palomitas en la mano.
—Básicamente, que tú le pegas a la pija pero yo ni por asomo. ¿Cómo va a relacionarse con alguien como yo, con estas pintas? Y, para rematar, se avergüenza de los tres polvos que echamos.
—¿Follasteis tres veces?
—Es lo que confirman las pruebas. Supuestamente —digo intentando hacer memoria del momento de desenfreno.
—¿Y te jode todo lo que ha dicho? Ay, Izan... Te gusta esa chica.
—Sí, me jode porque no me conoce de nada y me está juzgando por la cara.
No entiendo cómo alguien puede ser tan superficial y tan clasista.
¿Su prima de la plebe es pasable pero el resto de los mortales sin aspecto de Cayetanos somos perroflautas?
¡Qué pena que no me guste la chica mariposa!
Está buena y me gusta su rollo, pero no me llama. ..
—Lo sé. A ti no te pone mi Effie Trinket, sino tu Mamba Negra. Lo dicho, te gusta.
Vuelvo a mirarlo y quiero que lo que salga a continuación de mi boca sea lo más claro posible.
—No podría gustarme nunca. Es guapa, mucho, pero es horrible por dentro.
Veo cómo salen del baño y se dirigen hacia nosotros.
—Te aviso, Marc: la guerra ha comenzado.
Que no lo pille por sorpresa.
—Ay, chico, me das mucha pereza. Ahora dices esto, pero eres tan consciente como yo de que mañana ya se te habrá pasado. Tú no tienes nada de malo ni rencoroso. Ni te sale, ni te pega.
—He dicho que la guerra ha comenzado.
—Ni se te ocurra —me advierte apuntándome con un dedo.
—Ya estamos aquí —dice Cande mientras se sienta junto a mi amigo.
Fabiola la mira mal —me da que ha querido un cambio de asiento que no le ha sido concedido— y se instala a mi lado a regañadientes. Incluso diría que me lanza un gruñido bajito.
No volvemos a dirigirnos la palabra en las tres horas siguientes. Yo vuelvo a sumirme en un estado de duermevela y ella se dedica a trastear con su teléfono.
—Queridos pasajeros, el tren AVE 9725, procedente de Barcelona-Sants, está a punto de efectuar su entrada en la estación Lyon Part-Dieu...
Hemos llegado a nuestro primer destino.