Capítulo 67
Hay personas que al perderlas pensarás: «mejor así». […]
Pero hay otras que, al perderlas, perderás parte de ti. […]
Quédate con las personas que quieran flotar tus charcos,
porque, con un mar en calma, cualquiera se sube al barco. […]
Hay palabras que se dicen con un beso en la mejilla.
Brock Ansiolítiko & Rafa Espino
Alexis se había ido de mi vida, pero unas semanas después descubrí que se dejó algo. Le llamé varias veces sin éxito e incluso le mandé varios mensajes SMS, sin respuesta. Tenía que hablar con él.
Una mañana cogí mi coche, una maleta y a Togo, lista para emprender un viaje a Barcelona y recorrerme todos sus barrios hasta dar con él, pero Gelo y Ainhoa me pararon los pies.
En su lugar, leímos una gran lista de barrios en Barcelona, esperando que alguno nos sonara y supiéramos dónde estaba Alexis.
Pero todos eran iguales y más después de la cuarta vez que los leímos.
Cuando nos dimos cuenta de que aquello no serviría de nada, cogí mi móvil con manos temblorosas y, con Ainhoa y Gelo a cada uno de mis lados, le escribí las dos palabras que cuando se marchó jamás pensé que le escribiría.
No supe cómo decírselo de otra manera. Sin un saludo, o un «qué tal».
Solo esas dos palabras que me costó teclear sin acobardarme de miedo.
Sabía que el mensaje no le llegaría pronto, pero tal vez algún día se arrepintiese, me desbloqueara y me leyera. Era lo que más deseaba.
Pasaron varios días sin que ese tic cambiara a ser azul. Días en que apenas comí y lo poco que dormí fue cuando mi cerebro estaba tan extenuado que se apagaba solo, dejándome descansar un poco.
—¿Aún nada? —preguntó Gelo y negué—. Voy a llamarle —gruñó—. Ya hemos probado a tu manera. Ahora toca a la mía.
—Llama desde donde sea, Gelo, pero habla con él. Yo me quedo contigo, Ari. —Ainhoa pasó un brazo por mis hombros y me acercó a su cuerpo, arropándome.
Asentí a Gelo sin ganas de negarme. No perdía nada.
Mi mejor amigo no tardó en volver refunfuñando por lo bajo.
El número de Alexis no existía. Una sensación de abandono y vacío lo colonizó todo dentro de mí y me dieron náuseas ante la verdad que se cernía sobre mí: él nunca más volvería a estar.
Nunca sabría lo que dejó atrás. Jamás se me pasó por la cabeza que me encontraría en esa situación sin Alexis a mi lado, siendo uno la prolongación del otro. Tomando decisiones juntos.
Estaba sola.
Observé mi móvil entre lágrimas y leí por millonésima vez el mensaje que envié días atrás. Miré ese único tic que se quedaría así para siempre. Ese mensaje que, de haberlo leído Alexis, nos habría cambiado la vida a ambos y no solo a mi familia y a mí.
Jueves, 12 de octubre. Nueve de la mañana.
Ádriel
Estoy embarazada.