Capítulo 40
Voy a mirar por mí, ya quemé tanto mi vida que no tengo gas.
Ya no quiero ser el niño que fui,
no me vale un C‘est la vie,
voy a cambiarlo cada segundo que viví para ser feliz.
Arce
—¿Por qué dejaste de estudiar? —pregunté mientras miraba a Alexis sentado en la jarapa unos días después de su última confesión.
—En casa de mi tío hacía falta dinero. No había alternativa. —Alexis se encogió de hombros—. Tampoco estaba muy motivado para estudiar, y no tenía más casas de familiares a las que acudir. Había quemado todos mis cartuchos. Solo me quedó hacer caso a mi tío, dejar el instituto y buscar trabajo.
—¿Por qué cambiaste tanto de casa? ¿Por qué no simplemente elegiste una y te quedaste allí? —pregunté mientras le empezaba a liar un cigarro que supe que necesitaría tras mi interrogatorio.
—Porque a cada palo que recibía me mudaba a otro sitio.
Algunos fueron traiciones, en muchos sitios me sentí juzgado por cosas que no hice, pero nadie me creyó porque decían que era conflictivo.
Así que me iba y probaba en otro sitio. Empezaba de cero.
Pero en la siguiente casa todo se volvía a repetir hasta que no me quedaron más conocidos a los que acudir y quedarme con mi tío fue el mal menor.
No tener el apoyo de mi abuela, tampoco ayudó.
—Pero volviste a casa de tu abuelo —rebatí.
—No estoy preparado para hablar de esa parte aún —dijo cortante.
Asentí. Algo pasó que le hizo pensar que sería mejor huir de casa de su tío y volver con su abuelo a pesar de todos los recuerdos dolorosos que volvieron a él. Algo gordo. ¿Qué fue?
—¿Alguna vez quisiste estudiar una carrera o algo parecido? —Le tendí el cigarro que acababa de hacerle.
—Trabajo Social, para poder ayudar a niños que hayan pasado por lo mismo que yo —dijo muy seguro de su respuesta.
Me dijo entre calada y calada que a veces le entraban ganas de volver a estudiar y comenzar la carrera. Pero no tenía ni el tiempo ni el dinero para hacerlo. Todo el dinero que no se gastaba se lo mandaba a su madre, y si no, a su hermano.
—¿Por qué no le pides dinero a tu padre, tu abuelo o tu tío?
El rostro de Alexis se ensombreció y se negó en redondo.
—Sé cómo funcionan, ¿sabes? —Apagó la colilla contra la suela de su deportiva—. Me echarán en cara que me dieron dinero. Me lo pedirán de vuelta para ayer cuando no tenga capacidad de hacerlo. No quiero deberles nada.
—Pero las familias de verdad no funcionan así.
—La mía sí.
—Entonces no son realmente familia.
La cagué. No me di cuenta de mis palabras hasta que salieron por mi boca y ya era demasiado tarde para retirarlas.
—No hables así de ellos —gruñó.
—Lo siento. Yo solo…
—No intentes arreglarlo —me interrumpió con voz áspera y seca—. ¡Es mi familia!, ¡joder!
Alexis se puso en pie de un brinco y marcó distancia entre los dos.
Negó con la cabeza varias veces y comenzó a hacerse un cigarro nuevo, aun cuando en la jarapa estaban los que le había preparado.
Le seguí con la mirada cuando empezó a fumar.
No tenía muy claro qué decirle o si era mejor dejarle a su bola.
Me aproximé a él, lista para el chaparrón o su indiferencia, lo que fuera, pero quería arreglar mi desastre.
—Lo siento, no lo he dicho con mala intención. No quería hacerte daño.
—Tienes que medir tus palabras, porque me lo has hecho. —Su voz sonó seca y contenida y mantuvo sus manos apretadas en puños y los labios fruncidos.
No supe qué decir o cómo actuar a su alrededor. Me sentí molesta conmigo misma por mi comentario. Y con Alexis por estar tan ciego, por tener en un pedestal a la gente que tanto le hizo sufrir en mayor o menor medida.
En vez de tratar de apaciguar a Alexis, cogí a Troya y aplaqué mi furia.
Cuando me bajé, Alexis estaba sentado en la jarapa con la mirada perdida, un cigarro en sus labios aún sin encender, otro en su mano.
Me acerqué con pies de plomo tras dejar a Troya junto a los demás, me senté a su lado y dejé sitio entre ambos por si lo necesitaba, a pesar de que yo lo que quería era sentirle cerca para que mi enfado y mi inseguridad desaparecieran.
—Lo siento. —Volví a disculparme.
—Lo sé —contestó sin mirarme—. Mi familia es sagrada. Nadie la toca. Nadie habla mal de ella.
—Lo sé —dije con voz quebrada.
¿No volvería a hablarme? ¿Me echaría de su vida?
¿Volveríamos a ser dos desconocidos como esas semanas que estuvo viviendo en la buhardilla hasta que nos conocimos?
Quería que no me dejara de lado, que no saltara tan rápido, que aprendiera a escuchar otro punto de vista, aunque doliera en el alma.
Que aprendiera a valorarse, porque valía mucho más de lo que él era consciente.
—Tú también eres mi familia. —Sus ojos buscaron los míos.
Deslizó una de sus manos por la jarapa hasta atrapar la mía con suavidad. Estallé en llanto sin poder contenerlo ante su gesto, por demasiadas emociones juntas, enredadas. Me permití ser débil unos minutos a pesar de que en ese momento Alexis me hubiera preferido fuerte.
—Y tú formas parte de la mía —susurré.
Alexis me abrazó y le devolví el gesto con cariño. No hicieron falta palabras. Solo un abrazo. Habló el idioma de los gestos como tantas veces pasó entre nosotros.
—Te quiero.
—Te quiero, vida —susurró contra sus labios antes de pegarlos a los míos en un delicado beso.
Se me erizó la piel al escuchar la última palabra. Se me antojaba muy íntimo y lleno de sentimiento, más que cualquier otro apodo que usara conmigo.