SHIELD #3
—Silencio —ordené, colocándola hasta quedar entre sus piernas—. Estoy a punto de memorizar tu sabor.
Agarrándole las piernas, me lancé directo a la tierra prometida sin vacilar. Otra noche habría habido besos suaves y provocaciones prolongadas por sus piernas y la cara interna de los muslos, pero esta noche necesitaba su sabor en la lengua.
La lamí, separando sus dulces pliegues y gimiendo ante su delicioso sabor en mi lengua. Esta mujer podría convertirse rápidamente en mi adicción.
La provoqué, rodeándole el clítoris, probando distintas presiones y ritmos, descubriendo qué le arrancaba las respuestas más ardientes.
—¡Shield! —jadeó, meciéndose hacia arriba y volviendo a bajar mientras yo trazaba círculos a la derecha de su clítoris.
—Joder, Audrey. Estás empapada. No puedo esperar a saborearte cuando te corras. ¿Vas a correrte para mí, preciosa? ¿Vas a ser una buena chica para mí?
Asintió, los labios moviéndose sin que escapara palabra alguna.
Satisfecho como nunca, bajé la cabeza; mi lengua y mis labios, suaves pero exigentes, le arrancaban gemidos y quejidos del cuerpo ardiente.
—Más fuerte —susurró—. Por favor.
—Buena chica. —La alabé mientras renovaba mis esfuerzos, gratificado cuando su cuerpo se arqueó. Un latido más y sus piernas me apretaron la cabeza hasta cortarme la circulación.
¡Joder, sí!
—¡Shield!
Audrey estalló, gritando con la fuerza de su orgasmo.
Cambié la lengua por los dedos y subí por su cuerpo, presionando besos calientes y jadeantes sobre su piel acalorada. Nuestros labios se encontraron y la hice lamer su propio sabor de mi boca; me ardí por dentro cuando ronroneó al probarlo.
—Eso fue… —Suspiró, apoyando la cabeza en mi hombro—. Lo que esperaba.
Su confesión añadió combustible al fuego que ya ardía en mis entrañas. Quería estar dentro de ella. Necesitaba hundirme hasta el fondo en su coñito hambriento. Que yo estuviera completamente vestido mientras ella permanecía desnuda debajo de mí era una puta injusticia.
Como si leyera mis pensamientos, Audrey tiró de mi camisa.
—Todavía estás vestido.
—Así es. —Me eché hacia atrás—. Quítame la ropa.
Sus ojos brillaron en la penumbra. —¿Vamos a follar?
—Todavía no. —Le acaricié los pechos—. Pero voy a correrme encima de estas preciosas tetas.
Su boca se abrió en un «oh» de sorpresa, y aproveché para besarla profundamente.
—Quítamela —ordené entre besos.
Sus dedos tantearon el dobladillo, agarraron la tela y tiraron de ella hacia arriba, sacándomela por la cabeza. La arrojó a un lado y sus manos bajaron a mis vaqueros para forcejear con la bragueta.
Me bajó los vaqueros y mi polla —ya rígida y palpitante— cayó en su mano expectante.
—Oh. —Audrey interrumpió nuestro beso y se movió debajo de mí hasta que pudo ver mi polla—. Oh, vaya.
Contuve la risa. —¿Vaya?
Asintió y se lamió los labios. —Tu polla tiene un tamaño estadísticamente promedio en longitud. ¿Pero en grosor? —Alzó la vista hacia mí con la mirada ardiente—. Te situaría en el diez por ciento superior.
—¿Y eso es bueno?
—Mucho. —Su mano recorrió mi polla, firme y segura—.
El grosor es muy importante. Una vagina, cuando está excitada, solo mide unos diez centímetros de longitud, así que una polla más larga no es necesariamente preferible a una con una circunferencia que te llene, te estire y estimule todas tus zonas erógenas a la vez.
Me acarició la polla. —Y tú tienes la circunferencia perfecta.
Nunca pensé que me excitaría recibiendo una lección sobre órganos sexuales. Pero aquí estábamos. De alguna manera, Audrey conseguía que esto resultara jodidamente sexy.
Y que pareciera una profesora sensual tampoco venía mal.
—¿Eras profesora en el Antes? —pregunté, imaginándomela doblada sobre un escritorio.
—¿Cómo lo supiste?
Gemí y empujé contra su mano. —Joder, qué sexy. —La recogí en mis brazos y nos giré hasta que quedó encima, a horcajadas sobre mis caderas.
—Esto es lo que vamos a hacer. —Le agarré los muslos y mantuve su coño mojado contra mi estómago—.
Vas a darte la vuelta y sentar ese coño caliente en mi cara.
Voy a comértelo mientras tú me la meneas.
Me correré sobre tus tetas, te limpiaremos, luego dormiremos un poco y lo haremos todo de nuevo. ¿Entendido?
Un ligero rubor le tiñó las mejillas. —Sí.
—Bien. —Le di una palmada en el culo—. Ahora dame ese coño.
Ciertas cosas me volvían loco en la cama. La forma en que se arqueaba la espalda de una mujer al correrse. Los hoyuelos en la parte baja de su columna. El aroma de su excitación cuando la comía.
Y joder si Audrey no activaba todos y cada uno de ellos.
Se acomodó sobre mí, con su dulce coño en mi cara.
—Buena chica —gruñí mientras le enganchaba los brazos alrededor de los muslos y tiraba de ella hacia atrás—. Ahora meneámela.
Devoré su coño, lamiendo y chupando con la necesidad frenética de un lobo hambriento. Audrey gritó y sus caderas se flexionaron mientras empezaba a cabalgar mi lengua.
Le deslicé una mano por la espalda para animarla a tomar lo que quisiera. La oí escupir y luego su mano se apretó alrededor de mi polla, utilizando su saliva como lubricante.
Joder si eso no me volvió loco. Me moví y metí una mano entre nosotros para rodear su entrada con toques ligeros y fugaces. Sus caderas se quedaron quietas y su mano en mi polla perdió el ritmo.
Buena chica.
Deslicé un dedo en su coño y gemí contra ella, desesperado por sentir sus músculos apretados estrujándome la polla mientras gritaba de placer.
Aguanta.
Bombeé el dedo dentro y fuera mientras mi boca devoraba su clítoris, buscando el punto que la volvería loca.
Como si fuera una señal, Audrey jadeó y se balanceó hacia arriba y luego hacia atrás mientras su mano me apretaba la polla con fuerza.
Te encontré.
Trabajé su punto G mientras ella me trabajaba a mí, decidido a llevarla al límite antes de perder el control.
Gracias a Dios, Audrey estaba justo ahí conmigo.
Con un grito ahogado, se corrió, palpitando alrededor de mi dedo e inundándome la cara con sus flujos.
La guié durante el orgasmo y luego nos giré hasta que quedó debajo de mí, jadeante y saciada.
Deslicé una mano por su humedad y la recogí para masturbarme con movimientos bruscos y brutales. Contemplando a mi preciosa mujer, me bastaron absurdamente pocas caricias para llegar al límite. Sacudiéndomela, pinté sus hermosos pechos, deleitándome con mi marca en ella.
Finalmente agotado, me aparté de Audrey y me tumbé a su lado para recuperar el aliento mientras la atraía hacia mis brazos.
El silencio entre nosotros se extendió, cómodo y relajado. Finalmente, Audrey levantó la cabeza.
—¿Shield?
—¿Mm? —murmuré, demasiado agotado para articular palabra.
—¿Podemos repetirlo?
Con una risita, la atraje contra mi pecho. —Por supuesto.