AUDREY
Esto es una estupidez.
Observé a Ava y Lottie abrazarse, dos hermanas que no podían ser más diferentes.
Ava, con su carácter áspero, su lengua afilada y su sarcasmo mordaz, contrastaba con su hermana, dulce y reconfortante.
Su cabello decía mucho de ellas: la melena de rizos revueltos de Lottie transmitía una imagen salvaje pero dulce, mientras que el pelo corto de Ava estaba recogido en una trenza tirante y práctica.
No deberían separarse.
En el Antes, Ava había sido comandante en el ejército, y esas habilidades le habían venido muy bien cuando la sociedad se desintegró en un desastre postapocalíptico.
Charlotte —o Lottie, como la llamábamos— no tanto. Era veterinaria, de trato delicado, y había visto cómo se le partía el corazón más de una vez desde que el mundo se había acabado.
—No te preocupes —oí que Ava tranquilizaba a Lottie—. Esos cabrones no son nada comparados conmigo.
—No son los cabrones los que me preocupan —replicó Lottie, aferrándose a su hermana—. Son los imbéciles con armas. Solo... ¿me prometes que volverás?
Ava la estrechó con fuerza.
—Te lo prometo. Ni siquiera notarás que me he ido.
Se me hizo un nudo en la garganta y sentí que el pecho se me encogía mientras observaba a las dos mujeres.
Por eso paso de tener familia.
Carraspeé, interrumpiendo su momento.
—Me voy.
Negué con la cabeza y mi pelo negro y liso me azotó la cara con la fuerte brisa. Me lo coloqué distraídamente detrás de la oreja y asentí hacia la mujer loca.
—Ava, buena suerte. No te dejes matar, o encontraré la forma de clonarte y matarte otra vez.
Sonrió.
—No lo dudo.
Se acercó y me sorprendió rodeándome con un brazo para abrazarme.
Ava no era de las que abrazan, ni yo tampoco, normalmente. Sus brazos resultaban cálidos y firmes, reconfortantes incluso cuando me puse rígida, incómoda ante aquella muestra de afecto tan poco propia de Ava.
Sin saber muy bien qué hacer, le devolví el abrazo con un apretón rápido.
¿Ahora nos abrazamos? ¿O busca que la tranquilice, que le confirme que ha tomado la decisión correcta?
Se apartó. Su mirada, normalmente severa, se había suavizado con un brillo de diversión.
—No te metas en líos mientras no estoy. Y sé amable con Pope, no puede evitar ser un imbécil.
Forcé una sonrisa.
—No prometo nada.
Observé a Ava despedirse de los demás miembros de nuestra pequeña tribu. Su expresión se cerró cuando se volvió hacia el vehículo que la esperaba.
Ya está. Volvemos a estar divididas.
Éramos trece cuando empezamos en la Facultad. Trece mujeres fuertes, resistentes e inteligentes, con el tipo de habilidades que hacían falta para sobrevivir.
Trece mujeres desarraigadas en busca de un lugar al que pertenecer.
Yo las había reclutado, las había acogido y había cultivado deliberadamente un sentido de familia e inclusión para mantenerlas en nuestra pequeña burbuja.
Nuestra seguridad había dependido de que todas trabajáramos juntas en armonía.
Había calculado los riesgos teniendo en cuenta numerosos factores —conexión, personalidad, habilidades— antes de invitar y aceptar a cada una.
No había previsto crear mis propios vínculos. Era tremendamente inconveniente darme cuenta de que estaba empezando a depender de estas mujeres para algo más que sus habilidades de supervivencia.
Los sentimientos no son más que respuestas químicas a estímulos. La conexión no es más que una sensación provocada por un cóctel de serotonina, dopamina y oxitocina. Ponte por encima de eso, Audrey. Es la única forma de sobrevivir.
Lottie me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia ella.
—¿Qué posibilidades tiene realmente de encontrar a Jules y Lilith con vida?
Sabía que quería que la tranquilizara, pero no tenía consuelo que ofrecerle.
—Bajas.
Tan bajas como sus posibilidades de regresar ilesa.
A pesar de sus habilidades, y de las del hombre con el que viajaba, no albergaba muchas esperanzas de que encontrara a Lilith y Jules, y mucho menos de que volviera de una pieza.
Para empezar, ella y Ghost se dirigían directamente hacia una zona muy poblada que sin duda estaba llena de gente hambrienta, desarraigada y desconfiada. Puede que ambos estuvieran entrenados para el combate, pero ¿dos personas contra todo un pueblo? Las probabilidades no eran buenas.
A eso había que añadirle que era mujer, y que de algún modo nos habían reducido a meras incubadoras desde que empezó toda esta mierda del fin del mundo. Y a eso súmale que Jules y Lilith llevaban semanas desaparecidas sin ninguna prueba de que siguieran con vida.
En fin, digamos que nada de eso contribuía a un pronóstico favorable.
Me costaba admitirlo porque en el Antes, Jules y Lilith habían sido de mis mejores amigas. Cuando ideé mi plan para el fin del mundo, Ellie, Jules y Lilith fueron las primeras a las que pedí que se unieran, y a partir de ahí encontramos al resto de nuestro variopinto grupo.
Y ahora míranos. Divididas, separadas, perdidas.
Me negaba a pensar en la posible muerte de mis amigas.
—Yo creo en ella —susurró Lottie mientras Ghost arrancaba el todoterreno; el motor rugió en la quietud del patio—. Creo que las encontrará y las traerá a casa.
¿Y dónde está exactamente ese hogar?
Asentí. Había aprendido lo suficiente en los últimos años para reconocer cuándo alguien quería que le mintieran.
—Te creo. Si alguien puede hacerlo, es Ava.
El todoterreno se alejó dando tumbos por el largo camino de tierra y grava hasta desaparecer entre la maleza que rodeaba la propiedad. Poco a poco, las puertas gigantes del muro fortificado que rodeaba la granja se cerraron y nos sellaron de nuevo dentro.
Lottie suspiró con pesadez y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Y entonces quedamos cinco.
Resoplé y nos giré hacia la casa.
—Somos muchas más que eso.
—¿No te da la sensación de que nos están eliminando poco a poco?
—No —mentí—. Es más como si estuviéramos haciendo misiones secundarias.
Le tocó a ella resoplar.
—¿Como si esto fuera una especie de partida de Dragones y Mazmorras?
—Algo así —hice una pausa al ver a Ella y Runner en el otro extremo. Estaban fundidos en un abrazo apasionado, la espalda de ella contra el enorme muro, las manos de él recorriéndola mientras se besaban, sin importarles la atención que pudieran atraer.
—Veo que están en eso otra vez.
Miré a mi izquierda y vi a Jo de pie junto a mí, con los brazos cruzados sobre el pecho. El pelo corto le rozaba las mejillas, y su rostro, normalmente serio, se suavizaba con una pequeña sonrisa divertida.
Era una mecánica con talento que había llegado a nosotras gracias a sus dos hermanas menores, a las que había mantenido durante la universidad.
Al principio dudé en invitarla a nuestra pequeña comunidad, preocupada de que su brusquedad y su sarcasmo causaran fricciones en nuestras filas.
Pero pronto descubrí que veía el mundo con pragmatismo, unido a una necesidad feroz de proteger a quienes consideraba cercanos.
En algún momento, al parecer, me había convertido en alguien a quien quería. Era extraño descubrir que su cariño me incluía a mí.
—Estoy celosa —admití—. Desde que dejé los vibradores en Adaminaby, ando bastante desesperada.
Jo apretó los labios y tragó saliva. A mi otro lado, Lottie echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que el viento se llevó.
Nunca había entendido por qué decir la verdad sobre tus sentimientos o necesidades provocaba tanta hilaridad en los demás.
—Un problema grave, sin duda —dijo Jo con los labios curvados—. ¿Los dedos no bastan?
Suspiré con pesadez.
—Nunca he podido hacérmelo yo sola.
Lottie volvió a estallar en risitas que Jo y yo ignoramos.
—¿No? —Inclinó la cabeza hacia un lado—. ¿Por qué?
Me di unos golpecitos en la sien con los nudillos.
—Demasiados pensamientos.
—Ah —Jo asintió con aire sabio—. Lo entiendo.
—¿Sí?
—Por supuesto. Un orgasmo tiene tanto que ver con el cerebro como con las terminaciones nerviosas.
Negué con la cabeza.
—No cuando uso el vibrador de rosa, no.
Lottie se dobló de la risa, lo que atrajo demasiada atención.
Supuse que se estaba riendo de mí, pero nunca terminaba de entender qué decía yo que provocaba esas reacciones. Sintiéndome como una pieza que no encajaba del todo, empecé a alejarme. Jo se puso a caminar a mi lado, con las manos metidas en un mono manchado de grasa y suciedad.
Al menos ella rara vez se ríe de mí.
—¿Qué vas a hacer al respecto?
—Encontrar un hombre.
Arqueó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? ¿Pope?
Me reí.
—No, claro que no. Ese putero podría estar plagado de enfermedades. No —decidí, mirando al cielo—. Cuando nos vayamos de aquí, le preguntaré al primer hombre que conozca por su historial sexual. Si es aceptable y me resulta atractivo, me acostaré con él.
Sentí la mirada de Jo sobre mí mientras nos dirigíamos al gran granero en el extremo opuesto de la propiedad.
—Hablas en serio, ¿verdad?
—Oh, sí —respondí alegremente—. Pienso mucho mejor después del sexo. Durante mi tesis doctoral, contraté a un escort —hice una mueca—. Era terrible. Tuve que enseñarle. Al final me devolvió parte del dinero.
Jo tropezó y recuperó el equilibrio.
—¿Un escort?
—Sí. Sin orgasmos, eso sí. Pero sé que algún día pasará.
Jo arqueó una ceja.
—¿Ningún orgasmo?
Negué con la cabeza.
—Era... —suspiré, cerrando los ojos al recordar el cuerpazo de Jared—. Fuerte. Grande. Entusiasta. Un amante muy físico, pero Dios mío, no distinguía un clítoris de un ombligo.
Jo resopló.
—Creo que ese es un mal que aqueja a la mayoría de los hombres.
Asentí con aire sabio.
—Estoy de acuerdo.
Caminamos en silencio un rato.
—¿Pero ningún orgasmo solo con él o...? —preguntó.
—En general —me encogí de hombros—. Un orgasmo con ayuda mecánica parece ser mi única opción. Pero el sexo en sí es muy placentero. Supongo que cuando suceda, si sucede, será muy satisfactorio.
—¿Porque los hombres son inútiles?
—En parte. Pero también por esto —me toqué la sien—. El esfuerzo físico me despeja la mente. Me resulta prácticamente imposible acallar mis pensamientos.
Jo asintió.
—Entonces, ¿por qué un escort y no un amigo con derechos o un novio?
Porque esperan cierto nivel de compromiso.
Tragué saliva.
—No necesito en mi vida a un hombre cuyo ego tenga que mimar. Los escorts son transaccionales. Y aunque Jared era guapísimo, hasta se afeitaba los genitales, resultaba fácil deshacerse de él.
Jo tosió, y volvió a toser antes de cambiar de tema.
—Y hablando de eso, ¿cuándo nos vamos?
Miré al cielo, observando las formaciones de nubes, el viento y las variaciones de temperatura.
—Mañana —decidí—. Cunnamulla nos espera.