CAPÍTULO 9
Ivy
Lunes por la mañana. Mi primer día oficial.
Llego a las siete cuarenta y cinco, quince minutos antes. Mejor esperar que llegar tarde.
La planta ejecutiva está tranquila. La mayoría de las oficinas aún a oscuras. Solo unas pocas personas van y vienen por los pasillos con tazas de café y portátiles.
Patricia ya está en su escritorio. Por supuesto que sí.
—Buenos días, Srta. Cortez —dice sin levantar la vista del ordenador—. El Sr. Mikhailov llega a las ocho. Espera que su despacho esté preparado antes de que llegue.
—¿Preparado cómo?
Ahora sí levanta la vista. Su expresión sugiere que ya debería saberlo.
—Café. Solo, con dos de azúcar. Control de temperatura: prefiere dieciocho grados. Las plantas necesitan riego los lunes y jueves. Su agenda está en el calendario compartido. Revísala cada mañana para saber qué reuniones tiene, a quién va a ver, qué va a necesitar.
Asiento mientras tomo notas mentales.
—¿Alguna pregunta?
—¿Dónde está el café?
Señala hacia el pasillo.
—Sala de descanso. Segunda puerta a la izquierda. Cafetera, filtros, granos en el armario de arriba. No uses el barato: la mezcla del Sr. Mikhailov está en el recipiente negro.
Me dirijo a la sala de descanso. Es pequeña pero está bien equipada. Máquina de espresso, cafetera normal, una nevera con varias alternativas de leche.
Encuentro el recipiente negro. Lo abro. El intenso aroma de café caro me inunda la nariz.
Nunca he preparado café para un director ejecutivo. Nunca he sido la asistente de nadie. Pero he trabajado en suficientes empleos de hostelería como para conocer lo básico.
Mido el café molido. Añado agua. Pulso el botón de inicio.
Mientras se prepara, exploro el resto de la planta ejecutiva.
Camino despacio frente a las oficinas, echando vistazos a través de las paredes de cristal y las puertas abiertas.
Todo parece legítimo. Gente trabajando en ordenadores. Archivadores. Pizarras blancas con cronogramas de proyectos y cifras de ventas.
Si no supiera la verdad, si Donna no me hubiera mostrado las empresas fantasma y los rastros de dinero sospechosos, pensaría que esto es solo otra oficina corporativa más.
Importación-exportación. Bienes raíces. Inversiones.
Nada que huela a crimen organizado.
Que es exactamente el objetivo.
La Mafia ya no opera desde almacenes oscuros. Opera desde edificios como este. Detrás de fachadas de negocios legítimos. Donde todo parece limpio, legal y profesional.
El café termina de hacerse. Lo vierto en una taza de cerámica, mucho más bonita que las desportilladas de la sala de descanso. Añado dos de azúcar. Remuevo.
Compruebo la temperatura. Caliente pero sin quemar. Perfecto.
Lo llevo con cuidado al despacho de Andrei. Uso mi nueva tarjeta de acceso para abrir la puerta.
El espacio es exactamente como lo recuerdo del viernes. Escritorio enorme. Ventanales del suelo al techo. Estanterías llenas de volúmenes encuadernados en cuero.
Y plantas. Varias colocadas cerca de las ventanas.
Dejo el café en su escritorio. Luego me fijo en el termostato de la pared.
Dieciocho grados. Patricia dijo dieciocho.
Lo ajusto. Oigo el aire acondicionado encenderse con un suave zumbido.
Las plantas son lo siguiente. Compruebo la tierra con los dedos: seca. Necesitan agua.
Encuentro una regadera en el armario bajo la ventana. La lleno en el pequeño baño anexo al despacho de Andrei.
Mientras riego las plantas, estudio la habitación con más detenimiento.
Mis instintos de reportera se activan automáticamente. Busco detalles. Anomalías. Cualquier cosa que pueda ser útil.
Los libros en las estanterías: algunos en ruso, otros en inglés. Textos de negocios mezclados con literatura clásica. Nada sospechoso.
El arte en las paredes: piezas modernas que probablemente cuestan una fortuna. Formas abstractas en colores apagados. De buen gusto. Impersonal.
El escritorio en sí: ordenado. Organizado. Un portátil. Un teléfono. Una agenda encuadernada en cuero. Sin papeles sueltos. Sin archivos a la vista.
Y cámaras.
Localizo la primera en la esquina cerca del techo. Pequeña. Discreta. Apuntando hacia la puerta y el escritorio.
Luego otra junto a la estantería. Otra cerca de las ventanas.
Tres cámaras que cubren todo el despacho.
Por supuesto.
Un hombre como Andrei no deja su espacio privado sin vigilar.
Lo que significa que tengo que andarme con cuidado. Mucho cuidado.
Nada de registrar cajones. Nada de quedarme mirando algo demasiado tiempo. Ningún comportamiento que pueda parecer sospechoso.
Solo hacer el trabajo. Ser la asistente perfecta. Pasar desapercibida.
Termino de regar las plantas. Devuelvo la regadera a su sitio. Miro la hora: 7:58.
Salgo del despacho de Andrei. Vuelvo al mío. Enciendo el ordenador.
A las ocho en punto, oigo el timbre del ascensor.
Pasos en el pasillo.
La voz de Andrei, baja y profesional, hablando con alguien por teléfono.
Pasa frente a mi despacho. Nuestras miradas se cruzan a través de la pared de cristal.
Asiente. Una vez. A modo de saludo.
Luego está en su despacho. La puerta se cierra tras él.
Exhalo despacio.
Primera tarea completada. Café listo. Despacho preparado. Temperatura controlada.
Ahora empieza el trabajo de verdad.
***
Las primeras horas pasan en un torbellino de aprendizaje.
Patricia me enseña el sistema de archivo. Cómo le gusta a Andrei que esté organizada su correspondencia. Cómo filtrar llamadas. Cómo gestionar su agenda cuando alguien solicita una reunión.
—Es muy meticuloso —advierte—. Todo tiene un lugar. Un sistema. No intentes mejorar nada. Limítate a seguir los procedimientos establecidos.
—Entendido.
—Y la gata.
El gesto de Patricia se tuerce.
—Ahora es responsabilidad tuya. Completamente. Me niego a acercarme a esa criatura después de lo que pasó la última vez.
—¿Qué pasó la última vez?
Se sube la manga. Una cicatriz tenue le cruza el antebrazo.
—Doce puntos. La bestia es un peligro.
—Tendré cuidado.
—Vas a necesitar más que cuidado.
Se baja la manga.
—La comida de Katty está en el despacho del Sr. Mikhailov. En el armario bajo la ventana. Dale de comer al mediodía y a las cinco de la tarde. Limpia el arenero a diario; está en el cuartito de almacenaje junto a su baño. Y hagas lo que hagas, no intentes cogerla a menos que ella dé el primer paso.
—Entendido.
Patricia vuelve a su escritorio. Yo vuelvo al mío.
Y empiezo a observar.
Desde mi despacho acristalado, puedo ver casi toda la planta ejecutiva. Gente yendo y viniendo entre oficinas. Conversaciones en el pasillo. Reuniones en las salas de conferencias.
Observo cómo interactúa la gente. Quién cede ante quién. Quién evita a quién. Quién parece nervioso. Quién parece seguro de sí mismo.
Observo a Patricia filtrar llamadas. Cómo examina a ciertas personas. Cómo pasa otras directamente a Andrei.
Observo a los asistentes de otros departamentos traer archivos a la planta ejecutiva. Cómo manejan los documentos: unos con despreocupación, otros tratándolos como si contuvieran secretos de estado.
Información. Por todas partes.
Solo necesito averiguar cómo acceder a ella sin levantar sospechas.
A las 11:45, un suave maullido resuena desde el despacho de Andrei.
Katty.
Cojo la tarjeta de acceso. Me dirijo a su despacho. Llamo una vez.
—Adelante —dice Andrei.
Entro. Está en su escritorio, leyendo algo en el ordenador. No levanta la vista.
Katty está sentada en el alféizar, moviendo la cola. Cuando me ve, maúlla de nuevo. Más fuerte.
—Es exigente —digo.
—Está mimada.
Ahora Andrei levanta la vista.
—¿Hora de comer?
—Según Patricia, sí.
—Buena suerte. La comida está…
—En el armario bajo la ventana. Ya lo sé.
Me acerco al armario. Lo abro.
Dentro hay varias latas de lo que parece comida gourmet para gatos. Distintos sabores. Todas de marcas caras.
Elijo una. Salmón y atún.
Katty salta del alféizar. Se frota contra mis piernas, ronroneando.
—Le gustas —observa Andrei—. Nunca se comporta así con nadie.
—Quizá simplemente huelo bien.
Abro la lata. Encuentro un cuenco pequeño en el armario. Sirvo la comida con una cuchara.
Katty se enrosca alrededor de mis tobillos, cada vez más insistente.
—Paciencia —le digo—. Ya casi está.
Coloco el cuenco sobre una pequeña alfombrilla cerca de la ventana. Katty se abalanza sobre él de inmediato y come con absoluta concentración.
—Se te da bien —dice Andrei.
Lo miro. Me observa con esa mirada intensa que me hace arder la piel.
—Es fácil de complacer. Comida, atención, respeto por su espacio.
Me encojo de hombros.
—No tan distinta de la gente, en realidad.
—La mayoría de la gente es más difícil de leer que los gatos.
—¿Tú crees?
Cierro el armario.
—Yo creo que la gente es bastante transparente si sabes qué buscar.
—¿Y qué buscas tú?
La pregunta viene cargada. Como si me estuviera poniendo a prueba.
—Lenguaje corporal. Tono. Lo que no dicen tanto como lo que dicen.
Me apoyo en el alféizar.
—La gente miente con las palabras todo el tiempo. Pero el cuerpo suele decir la verdad.
—¿Qué te está diciendo mi cuerpo ahora mismo?
Siento un calor que se acumula en el bajo vientre.
Su postura es relajada. Segura. Pero sus ojos… sus ojos son depredadores. Concentrados.
—Que sientes curiosidad por mí —digo con cautela—. Que estás intentando averiguar si soy lo que aparento.
—¿Y lo eres?
—¿Tú qué crees?
Nos miramos fijamente. El aire entre nosotros se espesa.
Katty termina de comer. Se pone a limpiarse la cara con una pata.
—Debería volver al trabajo —digo al fin.
—¿Deberías?
—Me pagas para ayudarte. No para…
Hago una pausa.
—No para otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
Está jugando conmigo. Lo noto en su voz.
—Lo que sea que estés pensando ahora mismo —le digo.
Su sonrisa es leve. Peligrosa.
—No sabes lo que estoy pensando.
—¿No?
—No.
Se levanta. Rodea el escritorio. Se detiene frente a mí. Cerca.
—Si supieras lo que estoy pensando, ya te habrías ido.
El pulso me late desbocado en la garganta.
—Quizá no me asusto fácilmente.
—Quizás deberías.
Pero no se mueve. No me toca.
Solo se queda ahí, mirándome como si fuera un rompecabezas que está decidido a resolver.
Katty maúlla. Rompe el momento.
—Debería… —empiezo.