EPILOGO
Matt maniobró la lancha para cubrir los últimos metros hasta el pequeño puerto de madera que era la única muestra de civilización en la isla. La arena blanca cubría todo y contrastaba con el verdor oscuro del bosque, distante unos cuantos cientos de metros, y el cielo más azul.
Atracó y miró a Cheryl, parada en el medio de la embarcación, extasiada con el paisaje, su hermoso rostro cubierto por gafas enormes y su cabello, más crecido, sujeto por una bandana.
Deliciosa en su pequeño traje de baño, su piel bronceada por la exposición al sol de este lugar del mundo donde estaban disfrutando de su luna de miel.
Las Maldivas. Un conjunto de islotes extraordinarios en el Océano Indico que eran una maravilla de la naturaleza y lugar perfecto para disfrutar del tiempo juntos y solos, para amarse y hacer decenas de actividades.
De hecho, hacía una semana que estaban aquí, y ya habían hecho snorkel, submarinismo, que les permitió ver los bellísimos arrecifes de coral, habían visitado varias de las islas y las comunidades autóctonas, habían disfrutado de los lujos del hotel.
Pero esencialmente, se habían amado, follando sin descanso y con hambre que parecía renovarse a diario. No tenían suficiente uno del otro.
—¡Esto es precioso! Cuando creo que ya tengo elegido mi sitio predilecto, encontramos uno nuevo—dijo Cheryl—. Si mi madre me viera ahora… Vamos a tomar fotos, Matt, sabes que muere por conocer el mundo.
—Lo haremos.
Ya habían enviado docenas de ella, y la mujercita, que era Cheryl con treinta años más, se extasiaba con cada una.
Matt planeaba invitar a sus suegros a un viaje a Hawái en unos meses.
El padre de Cheryl le había contado que era el sueño de su esposa, y él planeaba mimarlos.
Nada era suficiente para devolver a su esposa lo que le había dado: amor, esperanza, una familia.
—Pensé que habría alguien esperando, otros turistas—Cheryl miró a todos lados, mientras tomaba la mano de Matt para descender.
—Solo nosotros.
Colocó la canasta con los snacks que el organizador de esta escapada le había provisto. Era un servicio especial que el exclusivo hotel en el que se hospedaban ofrecía: un día en una isla desierta, disfrutando de un lugar hermoso, con comida y transporte, y soledad para hacer lo que deseaban.
—¿Mmm? ¿Y qué vamos a hacer aquí?
—Esto es… una fantasía—Saltó a la lancha una vez más y tomó la valija pequeña—. Esta isla está desierta. La tenemos para nosotros, para hacer lo que queramos por doce horas. Y se me ocurrió que podemos ser muy, muy osados.
Ella abrió la boca en sorpresa, pero de inmediato sonrió y los ojos se le iluminaron.
—¿Qué planificó esa cabecita traviesa?
—Por lo pronto, comeremos—señaló, y tomó las provisiones y se dirigió hacia una parte donde había una gran palmera, bajo la cual extendió un mantel.
Ayudado por su esposa, dispusieron las delicias, que eran una selección sofisticada de mariscos, trufas, sushi, además de agua y champagne.
—Mmm, delicioso—señaló ella degustando el trozo de sushi que él le acercó, alimentándola, y ella aprovechó a succionar uno de sus dedos.
—Cuidado, hermosa, o esta aventura va a terminar antes de lo previsto—advirtió él, besándola.
Ella eligió una trufa y devolvió la gentileza, y él lamió sus dedos sin pudor, haciendo que las cosquillas viajaran por su brazo y hasta sus pezones.
No le costaba nada excitarla, eso ya lo sabía, como también sabía que era mutuo.
Masticó con lentitud, recostándose contra el pecho desnudo de Matt, moviéndose suavemente contra él para acomodarse.
Habían sido semanas de vértigo las que precedieron a su boda, incluso a pesar de que esta había sido tan íntima como deseaba.
No habían sido más de cincuenta personas, pero pensar y orquestar el cáterin, la ambientación del lugar, la música, su vestido, había sido cansador.
No habría tenido que hacerlo todo, lo sabía, podía contratar a alguien, pero no estaba en ella quedarse fuera de la organización y puesta en escena del día más feliz de su vida.
El sitio elegido había sido un hermoso rancho que le recordó sus orígenes, con comida sencilla y una torta divina que Sofía había preparado para ella.
Amelia y Sharon la habían asesorado con su vestido y zapatos, como no podía ser de otra manera, Tina había sido su madrina, y Avery, Brianna y Shirley sus damas de honor.
No necesitaba más. La gente que la quería a su lado.
Matt había elegido a Joe como su padrino, y había estado tan atractivo, serio y nervioso leyendo sus votos, prometiéndole una vida para hacerla feliz.
La fiesta posterior había sido pura alegría, y por una vez Hawk no tuvo reparos en salir de su mutismo y cantar un aleluya que los había dejado a todos de boca abierta.
No dudaba que los empujones de Brianna hacia el escenario y la bebida habían tenido que ver con eso, pero había sido un punto alto de la noche.
Finalmente habían dejado atrás el festejo y habían escapado para su nueva casa, una preciosa de dos plantas y con un jardín fabuloso, que ella planeaba amueblar y decorar a conciencia cuando regresaran. El día siguiente muy temprano habían partido para su luna de miel, regalo de Liam y Amelia.
Los Turner no recortaban gastos en lo que a regalos se refería: Tina y Alden les habían obsequiado un hermoso cuadro de un pintor contemporáneo que Cheryl adoraba.
Ethan y Sharon un completo sistema de audio e imagen que colocarían en una futura habitación de entretenimientos.
Ryker y Sofía electrodomésticos para la cocina, y algo a Matt que había quedado sin abrir, misteriosamente.
Avery y Aidan les habían enviado un cheque para gastar en una lujosa casa de decoración.
Los chicos de la Agencia habían aportado dinero y Jeff lo había invertido en comprar un costoso sistema de seguridad que ahora protegía la nueva casa. Shirley había elegido unas lámparas bellísimas que adornaban e iluminaban su dormitorio.
Pero lo más importante de todo había sido la felicidad que habían expresado por ellos, que entibiaron el alma de los dos, porque les reafirmaron que, si bien ambos habían sido bastante solitarios, a su modo, habían logrado forjarse amistades hermosas.
Ahora estaban aquí, solos, en medio de la nada, dueños del paisaje, sin prisas.
—Bebe, mi amor.
Él acercó la copa y ella sorbió el delicioso líquido, frío a pesar de que la temperatura era más que cálida.
Esto era el Paraíso, decidió, mientras comía un poco más y enredaba alimentos con caricias y besos.
La perspectiva de la soledad era alucinante, y de pronto se sintió con deseos de exponerse toda ante Matt, y no perdió tiempo, desprendiéndose la parte superior de su bañador.
—Alguien está ansioso—dijo él, riendo entre dientes, mientras la enderezaba y se incorporaba para alejarse, no sin antes poner su boca en un pezón y succionar con fuerza, provocando un estremecimiento.
—¿Adónde vas?—se quejó, pero cuando vio que él abría la pequeña maleta y sacaba algo que parecía ropa, inclinó la cabeza, curiosa—. ¿Qué es eso?
—Una isla desierta no es nada sin un tesoro, y un pirata.
Él hizo un rápido movimiento con sus cejas, y quitó las protecciones de lo que vio que era ropa… No ropa, ¡disfraces!
—Se me ocurrió que puedo alimentar tu fantasía, que es la mía, con algo de diversión. Ponte esto, preciosa.
Lo que le extendió no era más que una argolla para el pie y un vestido que eran harapos. Frunció el ceño y lo miró.
—Esto será muy realista. Tengo muchas chucherías y juguetes, regalo de Ryker. Considérate mi prisionera. Soy el Capitán… Mala Pata, lo que no va mal con mi herida—sonrió.
Él se quitó el bañador mientras hablaba y quedó desnudo ante ella, y se le hizo literalmente la boca agua.
En toda su gloriosa musculosidad, por ridícula e inexistente que la palabra pareciera, con su polla erguida y pidiendo cancha, era la imagen de la lujuria.
Se humedeció toda, sin control, y cuando él se colocó el disfraz de pirata, su excitación creció.
—Soy una prisionera que escapa de ti, y tú me persigues. Caigo, me atrapas, y ….
—Te obligo a satisfacer mis más oscuros deseos y te follo sin piedad por tu atrevimiento—sus ojos brillaron con fiereza.
Cheryl se apuró a quitarse el bañador y el gruñido de él no ayudó, y tropezó una vez al intentar ponerse la argolla en el pie y luego el vestido.
Cuando estuvo lista, miró atrás y corrió.
No tuvo que disimular que era difícil, porque sus pies se hundían en la arena blanquísima, pero la línea de árboles se veía cerca.
Cuando estaba a unos cien metros, un brazo como hierro la atrapó y la elevó, y ella fingió debatirse, inútilmente.
Él la giró entre sus brazos y luego la obligó a caer sobre sus rodillas, y empujó su cabeza contra su entrepierna, haciéndola sentir el bulto enorme que parecía latir.
—Tu escape merece el castigo que te impondré. Ya no eres la dama dueña de plantaciones. Eres mi prisionera, me perteneces, y como tal me satisfacerás. Succiona mi polla.
Ella cerró sus ojos, transida de deseo por la situación y el hombre en sí, y no dudó un segundo en desprender las telas de su pantalón, que no tenía cierre y si botones, y cuando tuvo frente a sí la polla gorda y larga, ligeramente curvada a la izquierda, no dudó.
La tomó por la base y la enderezó para devorarla de un solo bocado, aunque su intento murió a la mitad, porque el miembro era enorme.
Se enderezó un poco más sobre sus rodillas, sin prestar atención a la molestia que la arena imponía en su piel, y con una mano tomó sus testículos, acariciándolos, y la otra rodeó su base y masturbó lo que la boca no alcanzaba.
La mano de Matt en su cabeza la empujó un poco más, y ella trató de controlar su reflejo de vómito. Luego se concentró en el glande, que rodeó y lamió una y otra vez, instruida por los gruñidos y jadeos de aprobación de su esposo.
Emergió por aire un segundo y luego acometió otra vez, sintiendo que su boca se inundaba por los jugos masculinos previos a la eyaculación. La satisfacción la llenó al notar la progresiva pérdida de su discurso, que al comienzo la conducía con un murmullo.
Lo miró sin dejar de succionar, y lo notó perdido, sus ojos entornados y fuera de foco, su garganta dejando salir quejidos, que en un instante se convirtieron en bramido cuando se corrió en su boca, sin advertencia previa.
Sorbió y tragó sin mayor preocupación más que mirarlo y hacerle ver que lo había disfrutado casi tanto como él. Casi, pensó.
—Cheryl… Cheryl…
—Soy tuya, mi señor. Puedo esperar unos segundos a que se recupere, pero luego voy a pedir mi castigo. Amenazó con follarme sin piedad, y ningún pirata que se precie deja una promesa así sin cumplir.
—Traviesa prisionera que eres, no podía ser de otro modo, mi Cheryl. Y que me lo digas con esa voz ronca producto de llevarme al límite… No hay promesa que me interese más cumplir.
La elevó, y sin dejar de mirarla, desgarró su ya precario vestido y la dejó desnuda, y entonces sus ojos vagaron por cada resquicio de su cuerpo, y Cheryl pudo sentir el peso de su mirada en cada célula.
—Quien diría que el tesoro de mi vida tendría forma de mujer tan bella.
—Quien diría que lograría un esposo tan atractivo y fuerte. Quiero que me folles como si se te fuera la vida en ello, Matt. Hazme tuya y comencemos a trabajar para agrandar nuestra familia.
Habían hablado con seriedad al respecto, y de mutuo acuerdo ella había hecho las gestiones para remover su dispositivo intrauterino, precisamente unos días antes de la boda.
Probablemente tomaría tiempo para su sistema reacomodarse, pero no había prisa.
Lo que importaba era la disposición y ejercitar mucho, y en ese campo no tenían inconveniente.
En eso estaban, justamente. Matt la elevó y sin hablar más, la colocó sobre sus caderas, y con un movimiento justo la penetró.
Con fuerza, pero sin rudeza, se hizo sitio en su centro mismo.
Ella gritó de placer, y pareció que el tiempo se detenía, pero ella rompió el momento al comenzar a restregarse sobre él, movimiento que le dio la necesaria fricción.
A la vez que la polla entraba en ella una y otra vez, su clítoris era acariciado por los vellos que rodeaban el grueso pene.
Así, en pie, en un frenesí de lujuria y besos sin control, creció y creció la tensión hasta hacerse gigante, burbuja que estalló en un orgasmo que la convulsionó, uno que fue de una fiereza asombrosa.
Ella gritó el nombre de su amado en un alarido de éxtasis que se elevó al cielo y alarmó algunas aves, que aletearon para volar lejos, y el jadeo masculino que siguió no fue menor.
Terminaron abrazados y vueltos uno, ella con su cabeza recostada en su hombro, él fundiéndola y acariciando su cabello mientras le murmuraba su amor en susurros.
—Te amo… Infinitas veces… Sin medida… Con todas mis fuerzas…
—Ay, mi Matt—le dijo ella, conmovida—. Te amo igual. Pirata malo, me hiciste caminar por la tabla y estar al borde de caer al mar, pero te arrepentiste y me salvaste de los tiburones.
—El único predador que te rodeará siempre soy yo, Cheryl. Nadie más, solo yo.
No le asustó su posesividad; él la amaba con la fuerza necesaria para protegerla y sostenerla, pero no le asustaba su libertad. Ella podía volar sabiendo que tenía un lugar al que volver, uno que no era jaula, sino hogar, donde era amada. No podía ser más feliz.
FIN