SERIES COMPLETAS. Hermanos Turner. Agencia Turner LIAM y AMELIA
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LIAM y AMELIA

Desenlace.

Avanzó hacia el balcón, con las dos copas en su mano, alcanzando a Amelia que lo esperaba semi recostada en un sillón amplio de dos cuerpos, embebida en la imagen de la noche estrellada que daba un marco espectacular al momento.

La contempló en silencio por un momento, con ternura y avidez, apreciando su bello rostro iluminado por una sonrisa en su rostro relajado.

Bajó su vista para apreciar el escotado vestido de tela suave y mórbida que transparentaba cada una de las curvas de esa silueta que lo enloquecía y ya conocía de memoria.

Trago grueso, emocionado al pensar que este instante representaba la perfección.

Ella en su casa, en su cama, en su vida. Él dueño de su tiempo y de su amor.

El camino que había elegido, que había abrazado con devoción, Amelia aceptándolo a su lado, eso era la felicidad.

¡Cuánto se había engañado todos esos años en los que creyó que vivir consistía en gobernar las empresas con mano firme y sostener un imperio económico!

Nada de eso lo había hecho realmente feliz o completo.

Lo podía reconocer ahora que tenía Amelia a su lado.

Agradeció haber tenido la suficiente entereza como para percatarse a tiempo del error que cometía.

Fue la fuerza y la convicción de Amelia la que lo hicieron despertar.

La ayuda invaluable de sus hermanos había logrado que, una vez que pudo verbalizar que la amaba y no quería perderla, la recuperara.

Había encontrado su perdón y su amor a manos llenas.

Ella se dio vuelta y le sonrió, extendiendo su brazo para tomar la copa.

—¿Por qué brindamos? Y no es que no crea que tenemos muchos motivos, amor.

—Por nosotros. Por este amor que crece cada día.

—No puedo dejar de reconocer que cada vez hablas más dulce—sonrió emocionada, haciendo un gesto para que él se sentara a su lado.

Él lo hizo, y la tomó con cuidado para sentarla en su falda.

—Despiertas mi modo más sensible, algo que no creí posible y que me expone constantemente ante Ryker.

—Ese hermano tuyo es bastante cínico, pero no me engaña—le guiñó un ojo—. Tuvo la suficiente sensibilidad para apoyarte cuando podría haber cuestionado tu elección.

—Nunca lo haría, ese no es él.

—Ninguno de tus hermanos lo harían, creo yo. Me falta conocer a Ethan, pero supongo que no será la excepción.

—Ethan es… Ethan. Pero no, tampoco le importan esas boberías clasistas. Ese es terreno exclusivo de mi madre—la abrazó y la atrajo para tomar su boca en un beso apasionado al que ella se sumó con gusto.

Cuando se separaron, murmuró sobre su boca.

—Ella nunca me va a aceptar, ¿no es así?

—No importa. En realidad, no importa la opinión de mi madre. No cuenta.

Amelia sabía que, aunque sonara duro y cruel, era así.

Él ya le había advertido que su madre no la aceptaría y que era algo que no influía.

Sí se preocupó porque conociera a Beatrice, la cálida mujer que lo había criado y con la que habían cenado en varias ocasiones.

Ella y Amelia habían simpatizado de inmediato y la mujer no había dejado de contarle anécdotas sobre su niñez y adolescencia.

Amelia entendió el cariño y la ternura que él y sus hermanos sentían por esa mujer.

El apoyo incondicional de Liam había permitido que la empresa de Amelia creciera paso a paso y él estaba a su lado para asesorarla, pero le daba la libertad y autonomía creativa que necesitaba para crecer y sentir que había logrado el éxito a pulso.

Habían transcurrido ocho meses desde la presentación formal de la empresa y desde que habían vuelto a disfrutar de la pasión y amor.

La situación económica de Amelia había mejorado sustancialmente y eso permitía que Tina estuviera holgada y con posibilidades de dedicar tiempo y esfuerzos ingentes a su propia carrera de Contabilidad, cosa que llenaba de alegría a Amelia.

Liam había reasumido su función como CEO de las empresas en una postura más relajada, más dispuesto a delegar tareas.

En el tiempo en el que había estado pendiente de Amelia e indeciso sobre su futuro había comprobado que sus hermanos asumían sus tareas a la perfección y le sustituían bien, podía confiar en que realizaban un excelente trabajo.

Liam se permitió disfrutar, de los tiempos y de la intimidad con Amelia.

Hacía dos meses que le había pedido que viviera junto a él y Amelia había aceptado, luego de sus pruritos iniciales.

El principal había sido el temor de dejar sola a Tina, pero ahí había sido Sharon la que la había obligado a que viera que su hermana ya era una mujer adulta que podía manejar su propio espacio y hacer sus propias decisiones.

Siempre la tendría como respaldo, la propia Sharon estaría para visitarla y llamarla, amiga como era de ambas.

Y Tina visitaba bastante seguido el departamento, cosa que encantaba a Liam porque era una jovencita amable y simpática, con sentido del humor, inteligente. Y hacía feliz a su mujer.

Este fin de semana en particular eran tan solo ellos en la casa de Santa Mónica. Liam estaba algo nervioso, la decisión que había tomado lo emocionaba. Había pedido Avery que lo ayudara a elegir el mejor anillo de compromiso para Amelia, estaba decidido a sellar su destino de manera inequívoca.

Quería que el mundo supiera sin sombra de duda que Amelia era su mujer. Avery le había guiado entendiendo ambos que Amelia no iba por la fastuosidad o el dinero, sino por lo sencillo y elegante. Así era el anillo que tenía en este momento en su bolsillo.

—Brindemos también por los años de pasión y amor que tenemos por delante.

Lado a lado. Amelia, me has hecho muy feliz.

Estos meses que llevamos juntos conviviendo me ha reafirmado que somos el uno para el otro.

No soy muy dado a los convencionalismos, espero hacerlo bien.

La puso a un lado en el sillón con cuidado y se arrodilló a su frente.

Amelia desorbitó sus ojos y llevó una mano a su boca:

—No me dirás qué…—su garganta seca y un nudo en ella.

El sacó una pequeña cajita de su bolsillo y la abrió. El anillo de oro blanco con incrustaciones de piedras preciosas destelló y Amelia sollozó.

—¿Quieres ser mi esposa?

—¿Estás seguro? —susurró.

—Amelia, por favor. Nunca he estado más seguro de algo—acarició su barbilla, mirándola con ternura.

—Sí, sí, sí, sí—decidida, dejando detrás sus temores, se abalanzó sobre él, haciendo que ambos cayeran sobre la gruesa alfombra de lana cruda, riendo y girando.

Él la abrazó por la cintura y luego ahuecó sus glúteos, elevándola para que quedara sobre él, a horcajadas. Acarició la parte baja de su espalda, para luego tomar su mano y colocar el anillo en su dedo. Luego, la atrajo contra sí, haciéndola yacer sobre su pecho, abrazándola con total cariño.

—Nunca pensé que esta historia terminaría de una manera tan bonita—murmuró Amelia—. Cuando me ofreciste ser mi amante.

—Ese no fue mi mejor momento. Pero en verdad me habías dejado mudo y te deseaba a morir. Me sentí atraído a ti desde el inicio.

—Yo acepté porque me pasó igual. Cuando tuve que alejarme, sentí que mi alma se partía. Y cuando volviste a mí y me confesaste que me amabas, mi corazón estalló. Hoy siento una paz y un amor que me sobrepasan.

—No podría haberlo dicho más bonito, hermosa mía.

Se sentó y la hizo incorporar, para luego hacer lo mismo y elevarla, ella tomándose de su cuello y enredada las piernas en sus caderas.

La condujo al dormitorio y la dejó caer con cuidado sobre el lecho, reptando para quedar sobre ella, sostenido en la fuerza de sus brazos.

Trazó besos por su clavícula, su cuello y su rostro, para luego hundirse en su escote.

Con dedos hábiles desató el vestido y expuso sus pechos.

—Hermosa.

Se inclinó, acariciando uno de los pezones que ya se erguían como timbres, mientras rozaba con su pulgar el otro, haciendo que todas las sensaciones vibraran en el centro del placer de Amelia, que gimió, cerrando sus ojos y gimiendo.

Liam deslizó una de sus manos para envolver su sexo y atravesó el canal de su coño, embebiéndose de la humedad de sus fluidos.

—Siempre tan húmeda para mí.

—Siempre—jadeó ella, atrayéndolo hacia sí, apurándose a desprender su pantalón y empujándolo hacia los tobillos con sus piernas flexionadas.

Sentir la dureza de su pene le hizo tragar saliva. El gesto abrupto y rápido de él rompiendo sus bragas la sobresaltó y un estremecimiento de anticipación la ganó.

—¡Fóllame, fóllame ya!

—Voy a hacerte el amor. Cada vez que te tomo, lento o duro, lo que hago contigo es por amor.

La corona de su pene se insertó en los pliegues del coño con exasperante lentitud, paladeando la sedosa sensación de bienvenida que ese espacio húmedo y cálido realizaba.

La ansiedad y la pasión fueron poniendo velocidad a lo que al comienzo fueron suaves estocadas, pero producto de los gemidos y jadeos de ella, de las caricias y besos, se transformaron en embestidas.

—No puedo ir lento contigo.

—Quiero toda tu polla en mí, quiero que me lleves al cielo—dio un grito de placer al sentir la profundidad que él alcanzaba en una nueva arremetida.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy llena de ti.

—Solo yo, el único—sentenció gruñendo de manera casi cavernícola.

—Solo tú, solo tú en mi coño y en mi corazón—jadeó, mientras sentía los espasmos recorriéndola, sacudiendo todo su ser hasta que pareció perder el sentido, montada en un placer ideal, llevando consigo a un enloquecido Liam, que empujó dos veces más para derramarse en lo profundo de su amante.

Sin separarse, todavía dentro de ella, dejó transcurrir unos instantes, gozando de la más pura intimidad, recuperando su aliento.

Luego, se acurrucó y la atrajo contra su pecho, recorriendo con sus besos su hombro y su cuello.

Estos momentos posteriores eran los que más atesoraba y sabía que Amelia adoraba que se quedara a su lado.

El sonido del móvil cortó la magia unos minutos después y aunque trató de permanecer indiferente, el que luego fuera el móvil de Amelia sonando le hizo incorporar.

Ambos tomaron sus dispositivos y vieron que tenían mensajes y llamadas de Ryker, quien había adoptado la costumbre de llamar a Amelia cuando Liam lo ignoraba.

Ian resopló y le llamó. Sabía que Ryker no le molestaría de no ser algo importante.

—¿Qué pasó? —Escuchó con atención y Amelia vio que su rostro se crispaba—.

Sabía que algo como esto iba a pasar tarde o temprano.

¿Cuán grave es? —Escuchó la respuesta y suspiró.

Amelia abrazó su cintura. Fuese lo que fuese, estaría ahí para él—.

Toma el avión y ve por él, Ryker. No aceptes un no por respuesta.

Ya ha sido suficiente de libertinaje sin compromisos.

Escuchó una vez más y luego cortó.

—¿Qué es que pasa, Liam?

—Ethan—bufó—. Ethan pasa.

Era el hermano pequeño y del que menos sabía. Liam le había dicho que era un amante del peligro y de los deportes de riesgo, un deportista de élite, que viajaba por el mundo y por el que siempre estaban preocupados.

—¿Qué ocurrió con él?

—Tuvo un accidente en una pista de esquí. Tiene varias quebraduras. Está estable, pero tiene para varios meses de inmovilidad. Pretende seguir por su cuenta, pero ya ha sido suficiente.

—¿Qué harás?

Amelia sabía que Liam tenía una veta sobreprotectora con sus hermanos y que Ethan no se la había hecho fácil.

—Está en Suiza. Ryker irá por él en nuestro avión privado y lo traerá.

—Wooow, no sabía que tenían su propio avión—dijo ella.

—Es que eres tan encantadoramente prescindente de mi patrimonio, hermosa, que no te ha interesado conocerlo. Es útil para los negocios. Y en este caso, ideal. Él vendrá a casa. No es su deseo y no son las mejores circunstancias.

—No se las va a poner fácil si es tan independiente y está imposibilitado.

—Es insoportable, tiene un mal genio de temer. No obstante, espero que se digne a reconocer que durante un tiempo nos necesitará a su lado. Ese del que tanto ha querido huir—reflexionó, con un dejo de dolor.

—Todo saldrá bien—lo abrazó, tratando de reforzar la postura de Liam.

—Eso espero. Afortunadamente tenemos los medios para cuidarlo bien. No hay nada inmediato que podamos hacer. Ryker se encargará de todo. Volvamos a la cama.

-Tú siempre me haces las mejores invitaciones—sonrió Amelia con intensidad.

La tomó en sus brazos mientras ella reía.

—Te amo. Ser tu amante es lo mejor que me pasó.

—Esto no va a durar, querida mía. He decidido promover tu estatus al de esposa. Eso está decidido.

—Acepto el ascenso. Siempre y cuando me ames de la misma forma que hasta ahora. Dicen que el matrimonio puede matar el romance.

—No hay fuerza humana que me impida amarte, Amelia. ¿Sientes lo mismo?

—¿Cómo no sentirlo? —lo besó—. Te metiste en mi corazón como un huracán.

—Futura señora Turner, ¿me permite follarla una vez más?

—Pensé que nunca lo pedirías—rio y lo abrazó, envolviéndolo con brazos y piernas, besándolo como si el mundo se acabara.

Ambos podían sentirlo: eran dos almas que se habían convertido en una, así como sus cuerpos lo hacían cada vez que se tocaban, encendiéndose y fusionándose. La historia de amor se afianzaba más y más.

Lo que había comenzado como un juego sexual había escalado hasta convertirse en una historia de amor completa. Bien había valido cada paso que habían dado juntos. Y los que les esperaban.

FIN